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Los Viajeros(I)
por Gustavo Hincapié
Saturday, May. 10, 2003 at 8:03 PM
ghincapie98@yahoo.com
Una reunión de campesinos, afrocolombianos e indígenas, que tuvo lugar en pleno corazón de la capital colombiana, nos permite destejer el complejo drama por el que atraviesan nuestros campos y las personas que en ellos habitan.
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Los Viajeros(I) Gustavo Hincapié*
Doble viaje Don Mario Arroyave apareció entre la bruma y el poco sol de las nueve mañana del pasado 8 de abril. Acababa de llegar de Medellín, ciudad en la que vive desde que fue desplazado del oriente antioqueño hace siete años. Camina despacio, con precaución, nada parece escapársele a sus diminutos e inquietos ojos, es la segunda vez que visita Bogotá. Hace cuarenta años conoció la capital del país, en aquella ocasión viajo para acompañar a Don Ismael, quién se vino desde San Carlos a morirse del corazón en un frío hospital bogotano. Su padre le dejó al cuidado de sus dos hermanos menores y de su madre Leonor, quién dos años después se murió de pena en una acalorada tarde decembrina, recostada contra la puerta del solar de su finca ubicada en la vereda Copalito. Don Mario cuenta de sus habilidades para cultivar la tierra, describe perfectamente la forma de la piedra en que se sentaba a descansar todas las tardes, poco antes de que se muriera el sol. Confiesa sentir tristeza al concluir, que hoy en día, es imposible trabajar la tierra: "No, es que no nos dejan" Se le embolata la memoria por instantes, sus sesenta años pueden ser perceptibles, ante todo, en la lentitud de sus pasos y de sus palabras. La timidez de sus ojos resulta misteriosa, parecen haber visto lo suficiente, reflejan demasiado cansancio. Don Mario terminó de "criar" a sus dos hermanos menores e inmediatamente después se dio a la tarea de tener sus propios hijos, a ellos también los alcanzó a "criar" antes que la violencia le llegara. Lucila fue la segunda mujer que conoció en su vida y de la cual dice estar enamorado aún, recuerda que la tarde en que ellos llegaron, ella estaba en la cocina terminando de preparar el almuerzo y unas panelitas de coco, no era para menos, habían programado ir de visita donde Doña Mercedes, una vecina de la vereda. Don Mario tuvo que cumplir 53 años para lograr comprender que era eso de la violencia y del desplazamiento; estaba en la huerta, terminando de recoger la herramienta para disponerse a almorzar, de repente, sintió la voz de unos hombres extraños que conversaban con Lucila y que preguntaban por "Mario". Se marcharon dejando una orden bastante explicita: "Dígale a su marido que no los queremos volver a ver por aquí". Era una sentencia de muerte, así lo entendieron Lucila y Don Mario, quienes empacaron lo que les cupo en dos maletas y salieron corriendo hasta el casco urbano de San Luis: "...porque para San Carlos no se podía coger, eso estaba muy bravo". A los quince días partieron para Medellín, la amenaza había surtido su efecto: "Nos pudo el miedo", confiesa Don Mario. Desubicado y totalmente desorientado, se dedicó a tocar las puertas de las organizaciones de ayuda humanitaria, consiguió mercados por tres meses, tiempo en el cual logró instalarse, junto a su familia, en el barrio "el picacho" en la casa de unos familiares lejanos. Al poco tiempo se enteró de unos terrenos que estaban siendo ocupados por desplazados de la violencia en el extremo nororiental de la ciudad, concretamente el barrio El Pinal, allí construyó un rancho de madera, el techo lo hizo con unas láminas de zinc que le regalaron, pudo arreglar una pequeña "cocinita" y acomodar dos colchones encima de varias cajas vacías de gaseosa. Las palabras de Don Mario se tornan más pausadas cuando se detiene en los recuerdos que le han deparado los siete largos años en los que ha estado deambulando por la ciudad : "Al desplazado lo tienen de oficina en oficina, venga dentro de un mes, dos meses o quince días. Y que es lo que pasa? pues que este personaje no tiene para los pasajes, no tiene apoyo y lo acecha el hambre; entonces, sencillamente, este personaje se queda sin fuerzas para tocar las puertas y se cansa". Doña Lucila sale dos veces por semana a recorrer algunos barrios, acompañada de sus hijos toca las enormes puertas de los antiguos caserones del barrio Prado en el centro de la ciudad, cuenta su historia a la espera de panela, arroz, ropa: "o por lo menos alguna pasta que calme los dolores de cabeza que provoca el recorrido". Don Mario la recuerda y la extraña, ella se quedó en Medellín cuidando de sus dos hijos: "Debe estar sentada en la cocina, pensando en cómo me habría ido en el viaje y esperando a que llegué para que le cuente cómo es Bogotá; porque han pasado cuarenta años y ya ni yo recordaba cómo era". A Don Mario parece pesarle bastante la memoria, se escapa de los recuerdos y retorna, de imprevisto, al presente. Mueve fuertemente su pequeña cabeza, es como si se sacudiera para espantar algo que le molesta demasiado. De repente, abre sus esquivos ojos, se siente en una ciudad extraña que no le gusta y que no comprende; sin embargo, la mira atónito, con la paciencia de quién ha esperado sesenta años de su vida para visitar la capital del país y poder dejar constancia, con su testimonio y su implacable presencia, de la situación que viven y padecen los campesinos en Colombia.
El motivo del viaje En la plaza se encuentran reunidas varias delegaciones venidas desde distintos lugares del país, son campesinos, indígenas y comunidades afro colombianas, asistentes al Congreso Nacional Agrario, realizado en Bogotá entre el 7 y el 8 de Abril del presente año. Al ritmo de distintas danzas folklóricas y representaciones culturales de cada región se lee, desde una tarima, el texto final del Congreso, documento bautizado por sus organizadores con el nombre de Mandato Nacional Agrario. La gorra amarilla que cubre la cabeza de Don Mario, irrumpe entre la concentración y se destaca fácilmente, sus 1.78 de estatura permiten distinguirle cuando intenta ubicarse entre los cientos de campesinos, indígenas y negros que se reparten por la plaza para ocupar un lugar y escuchar atentamente. Entre el ruido que generan las tamboras que suenan los negros desplazados de Bojayá, quienes también se han hecho presentes en el evento con sus canciones, Héctor Mondragón, reconocido economista y analista colombiano y ex asesor del Consejo Nacional Indígena y del Consejo Nacional Campesino de Colombia, concluye que el campo atraviesa por una severa crisis prolongada, producto de las adopción de políticas económicas anti-agrarias. Sostiene que hoy en día se siembran 800 mil hectáreas menos que hace doce años y se importan cinco veces mayor cantidad de alimentos. Los campesinos son víctimas de una competencia inequitativa; Estados Unidos y la Unión Europea, dan altos subsidios a sus productos agropecuarios e incluso no respetan los derechos laborales, ni los derechos de tierra de algunos países con el fin de lograr vender productos a precios inferiores de lo que puede venderlo un pequeño o mediano campesino colombiano. Las cifras de desempleo rural, que según Mondragón, llegaban a niveles del 2 - 4 % como tope, actualmente se encuentran en el 12%. Y agrega: "La tierra ya no importa desde el punto de vista de la producción agropecuaria, se ha convertido en un objeto de especulación, es una mercancía que puede subir de precio si hay proyectos de inversión, como lo son las petroleras, las explotaciones mineras, las represas y los grandes megaproyectos. Esa es la dinámica que ha fomentado en Colombia el latifundio especulativo y que ha disparado las cifras de violencia, que es lo que hoy en día estimula el desplazamiento forzado, nuevamente, de más de dos millones de campesinos en el país. Fenómeno que antes había ocurrido en torno a las tierras agrícolas, en la violencia de 1946-1958 y que hoy se repite; ya no por la producción y la agricultura, sino entorno a los megaproyectos de inversión".
El Congreso Nacional Agrario ha sido un espacio pensado y convocado por distintas organizaciones sociales, sindicales, no gubernamentales y de derechos humanos; tales como: el Consejo Nacional Campesino, la Federación Nacional Sindical Unitaria Agropecuaria (FENSUAGRO), Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, la Acción Campesina Colombiana, la Organización Nacional Indígena de Colombia, la Conferencia Nacional Afrocolombiana, el Sindicato de Trabajadores del Instituto Colombiano para la Reforma Agraria (INCORA), la Mesa Agraria de la Universidad Nacional y la Plataforma de Derechos Humanos de la Conferencia Episcopal Colombiana, entre otras. "Este es el resultado de un trabajo mancomunado, en el cual las Organizaciones de Derechos humanos y las Organizaciones No Gubernamentales sirvieron en la tarea de acompañamiento; ya que fueron las comunidades de campesinos, indígenas y afro colombianos las que trabajaron en los eventos que se vienen desarrollando desde octubre, en aras a la elaboración de un documento que contenga las demandas y señale los pronunciamientos de las comunidades. El congreso se preparó en cada región, en cada localidad, en cada organización. Hubo 17 eventos regionales y departamentales que discutieron las tesis del Congreso y que sentaron las bases del texto final del Mandato Agrario, él cual se le entregará al Gobierno y servirá, a su vez, para trazar el camino que deben seguir las comunidades para defender sus derechos humanos y sus tierras, es una carta de navegación de los movimientos indígenas, campesinos y afro colombianos con un criterio unitario y programático". Una fuerte voz, que se proyecta desde un megáfono, irrumpe entre la concentración, dice que: "...por favor los campesinos que vienen del Nariño se dispongan a organizarse para la movilización que partirá en pocos minutos...". Las comunidades negras del pacífico, vestidas de una manera alegre y al ritmo de las tamboras, comienzan a entonar cantos y consignas. Al fondo, en el centro de la tarima una fuerte voz resume las demandas que los campesinos, los indios y los negros cantarán mientras recorren las frías calles bogotanas. El texto del Mandato Nacional Agrario será entregado al Gobierno, más concretamente a funcionarios de Planeación Nacional en el trascurso de la movilización, en él se recogen demandas que hablan del derecho a la vida, de las libertades democráticas, de los derechos humanos, del medio ambiente, de la identidad, del derecho a la territorialidad y de la soberanía alimentaría. La multitud comienza a recogerse en el centro de la plaza, dos jóvenes campesinas venidas desde Boyacá se cubren sus trajes negros con un plástico y se quitan sus viejos sombreros para observar, preocupadas, las nubes oscuras que se posan sobre el cielo de Bogotá. De inmediato, se abren varias sombrillas, las gotas de lluvia comienzan a instalarse en los rostros de los campesinos quienes pretenden hacerle caso omiso, con tal de poder recorrer las calles de la gran capital y repetir una y otra vez el porqué de su presencia.
Algo de fuerza Don Mario se siente recogido en las demandas que escucha, una pequeña sonrisa en su rostro, tal vez la primera del día, así parece demostrarlo. Para las oficinas que atienden a la población desplazada, él debe significar sólo un dato más entre los dos millones de colombianos que huyen de sus tierras bajo la presión de las armas o del hambre. Su historia no se encuentra en las estadísticas pero compone una imagen diciente de la situación actual del campo colombiano. Se muestra atento cuando convocan a la delegación de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, regional Antioquia, de la cual hace parte, se apresura mientras cuenta acerca de sus impresiones en el evento y de la importancia de su presencia: "Lo que estamos es reclamando nuestros derechos, para eso es importante tener una guía, tocar las problemáticas que nos están afectando y unirnos para debatirlas y hacer escuchar lo que nosotros los campesinos tenemos que decir sobre ellas. Estos eventos son importantes porque yo con la edad que tengo le puedo asegurar que uno, un simplemente campesino no es nada y que lo que podamos hacer lo tenemos que hacer entre todos, entre los del Chocó, los del Meta, los del interior, entre todos. Ese documento que leyeron hoy es como tener el arado, ya podemos hacer los surcos y después tendrán que venir las siembras." Don Mario cuenta que partirá hoy de nuevo para Medellín: "Tal vez a eso de las nueve de la noche para poder llegar mañana temprano, uno no puede subirse para esos barrios a media noche"; dice no cansarle el doble viaje y espera continuar, siempre que la vida se lo permita, asistiendo a eventos en donde se discuta y se mencione a los desplazados y a los campesinos. Piensa en Lucila, le hubiera gustado que ella viniera y que también pudiera sentirse acompañada en lo que él mismo llama "la lucha diaria", se sonríe cuando observa a su alrededor y advierte la cantidad de personas que lo acompañan y que se identifican con su historia.
"Lo mejor de venir a estos eventos es sentirse uno útil, sentir que es todo un país el que tiene algo por decir y que, como viejo, valoro la vida y tengo derecho a que me escuchen y conozcan mi historia. Dígame usted, quién mejor para hablar de una cosa que quién la vive. Es de hace mucho que se viene exigiendo el derecho a la vida, yo llevó siete años y hay gente que lleva muchos más; y vea que no se nos ha dado posible, tendrán que seguir los que se vienen levantando porque nosotros ya nos estamos acabando. Aunque a mí todavía me queda algo de fuerza".
*Jóven estudiante de Periodismo. Espera La segunda entrega de esta crónica: Los Viajeros(II)
Congreso Nacional Agrario
por Gustavo Hincapié
Saturday, May. 10, 2003 at 8:03 PM
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Héctor Mondragón -Economista
por Gustavo Hincapié
Saturday, May. 10, 2003 at 8:03 PM
ghincapie98@yahoo.com
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