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Estados Unidos quiere obligar al mundo a usar transgénicos; gobierno de colombia lo apoya
por Silvia Ribeiro
Sunday, Jun. 01, 2003 at 10:06 AM
Utilizando a la Organización Mundial de Comercio, Estados Unidos pretende obligar la mundo a aceptar los transgénicos. Ha anunciado una demanda, con el apoyo del gobiernosde Colombia y otros 11 países. En esta demanda los mayores beneficiarios serán las transnacionales Syngenta y Monsanto (que además de transgénicos, produce el glifosato del Plan Colombia).
El 14 de mayo pasado, Estados Unidos anunció que iniciaba una demanda contra la Unión Europea, en el marco de la Organización Mundial de Comercio (OMC), para forzarla a aceptar la importación de productos transgénicos. La demanda fue presentada en conjunto con Canadá, Argentina y Egipto (juntos responden por 96 por ciento de la producción mundial de transgénicos), con el apoyo de México, Chile, Colombia, El Salvador, Honduras, Perú, Uruguay, Australia y Nueva Zelanda.
La Unión Europea declaró en octubre de 1998 una moratoria de facto a la liberación de transgénicos al ambiente, debido a la falta de regulación adecuada y de suficientes evidencias científicas de inocuidad en el ambiente y la salud. Se suspendieron las importaciones de cultivos de países que no tuvieran políticas de segregación y etiquetado de transgénicos, con pocas excepciones. La medida, que respondió a las protestas masivas de organizaciones de consumidores y otras de la sociedad civil, se guió por el principio de precaución, y se aplicó igualmente al mercado interno, por lo que no puede ser considerada como "discriminatoria" del comercio, tal como plantea Estados Unidos.
El anuncio de la demanda, a cargo de la secretaria de Agricultura de Estados Unidos, Ann Venneman, y el representante de Comercio, Robert B. Zoellick, contó con la presencia de invitados especiales, encabezados por el doctor C.S. Prakash, conocido defensor de los transgénicos que se presenta como científico, con amistades demasiado estrechas en la industria biotecnológica. Junto con él, un selecto grupo de personas afines a la política agrícola de Estados Unidos y a esta peculiar forma de ciencia, entre los cuales estuvo presente el doctor Ariel Alvarez-Morales del Cinvestav Irapuato.
Como ayuda de memoria, Prakash fue quien encabezó la campaña internacional negando que hubiera contaminación transgénica de maíz campesino en México y contra Chapela y Quist, los investigadores de la UC Berkeley que publicaron en Nature los datos iniciales que así lo indicaban. El doctor Alvarez-Morales fue comisionado por la Sagarpa, a pedido a su vez de la comisión de bioseguridad, Cibiogem, para tomar pruebas y estudios sobre la contaminación del maíz en México. El estudio, finalizado hace meses, no ha sido dado a conocer al público mexicano, pese a reiterados pedidos de organizaciones civiles. Si este estudio confirma otra vez la contaminación denunciada, sería uno más de los muchos argumentos para parar las importaciones de maíz transgénico. Sin embargo, de espaldas al público y los campesinos mexicanos, Alvarez-Morales no encontró mayor dificultad en acompañar amablemente a las autoridades estadunidenses para apoyar la demanda de que los ciudadanos europeos también deben dejarse contaminar.
Según datos de la Unión Europea, la baja de importaciones de maíz estadunidense fue compensada en estos cinco años por compras a... ¡Argentina!, que siguiendo el cínico estilo político de sus gobiernos acompaña la demanda de todos modos. Seguramente tienen demasiadas ventajas comparativas frente a Estados Unidos y como no las necesitan, les dio pena. ¿Alguien podría explicar las causas por las que gobiernos de países que son importadores netos como México, Honduras, Salvador y otros, también la apoyan? En esta demanda, el mayor beneficiario será la multinacional Monsanto, que vende 90 por ciento de las semillas transgénicas comerciales en el mundo.
Venneman argumentó que la demanda es para "defender la agricultura americana", pero George Naylor, presidente de la coalición de agricultores familiares de Estados Unidos (NFCC), declaró que "ella estará defendiendo la agenda corporativa de los agronegocios, porque definitivamente no está luchando por los intereses de los agricultores familiares". Venneman agregó que permitirá "el pleno desarrollo de una tecnología que tiene enormes beneficios potenciales para los consumidores y productores del mundo entero (...) para combatir el hambre y la desnutrición que afectan a cientos de millones de personas en el mundo en desarrollo". Hambrientos que se podrán alimentar con herbicidas, ya que más de 75 por ciento de los transgénicos son producidos para tolerar agrotóxicos de la misma empresa que vende la semilla. Ignoró convenientemente que gobiernos de Africa no aceptaron dichos productos ni siquiera como donación, ya que pensaron que serían una amenaza a sus propias variedades campesinas y a su salud.
Las negociaciones agrícolas en la OMC ya estaban trabadas, en una guerra de múltiples aristas, donde Estados Unidos quiere conservar sus propios subsidios y eliminar los de la Unión Europea y el resto del mundo. Como zanahoria frente a los burros de los países del tercer mundo, presenta esta demanda como democratizadora del acceso a mercados. Zanahoria envenenada, porque la producción agrícola de los países del sur siempre perderá en esa competencia, y la única alternativa es proteger y aumentar la producción agrícola interna basada en los principios de la soberanía alimentaria y en la satisfacción de las necesidades de la propia población.
La demanda muestra además el carácter de imposición que se quiere afirmar en la OMC, contra las elecciones de salud y medioambiente de los ciudadanos -en este caso los europeos. Esta demanda no va a cambiar la posición de los ciudadanos frente a los transgénicos. Al contrario, a punto con la resistencia global campesina y civil que se prepara frente a la próxima reunión de la OMC en Cancún, esto unirá aún más a los activistas ambientales y en temas comerciales con los campesinos, los consumidores, y el movimiento global por la paz y contra el despotismo del gobierno de Estados Unidos.
Silvia Ribeiro , investigadora del Grupo ETC
alainet.org/docs/1293.html
Bush, la UE y la polémica de los alimentos
por Jeremy Rifkin
Wednesday, Jun. 04, 2003 at 9:32 AM
Si pensaban que la desavenencia de la Administración de Bush con sus aliados europeos concluyó con la campaña militar en Irak, piénsenlo mejor. Ahora la Casa Blanca apunta a algo mucho más personal y explosivo en potencia: la clase de alimentos que los europeos deben comer. La semana pasada, el presidente George W. Bush denunció que la prohibición de la Unión Europea sobre los alimentos transgénicos estaba impidiendo que los países en vías de desarrollo cultivaran cereales modificados genéticamente para su posterior exportación, lo que tenía como resultado un aumento del hambre y de la pobreza en las naciones más pobres del mundo. Estos comentarios, realizados pocos días antes del encuentro de los líderes del G-7 en Evian, Francia, enfriarán probablemente aún más las relaciones entre Estados Unidos y Europa.
En este mismo mes, el Gobierno de Estados Unidos desafió legalmente a la Organización Mundial del Comercio para que forzara a la Unión Europea a levantar el moratorium de facto establecido sobre la venta de alimentos y semillas modificados genéticamente. La Unión Europea respondió que no existe moratoria y señaló que en el último año ha aprobado dos solicitudes para importar semillas modificadas genéticamente. A pesar de todo ello, la nueva ofensiva del presidente Bush implicará posiblemente otro enfrentamiento entre las dos superpotencias, enfrentamiento cuyo impacto a largo plazo podría ser aún más serio que la fisura producida por la invasión de Irak.
En primer lugar, hay que entender que para la mayoría de los europeos los alimentos transgénicos son un anatema, y se oponen a ellos tan firmemente como a la pena de muerte. Aunque los europeos se preocupan por las consecuencias nocivas para el medio ambiente y la salud que podrían derivarse de los alimentos transgénicos, también les afectan las consecuencias culturales. Los estadounidenses aceptaron hace mucho tiempo una cultura basada en la comida rápida, pero en Europa los alimentos y la cultura están íntimamente unidos. Cada región se enorgullece de sus propias tradiciones culinarias y ofrece sus productos locales, desde el vinagre balsámico de Módena, Italia, hasta el excelente vino francés de Burdeos. En un mundo dominado por las fuerzas globalizadoras, cada vez más controlado por los gigantes corporativos, organismos de gobierno impersonales y regímenes reguladores burocráticos, los europeos sienten que el último vestigio de identidad cultural que todavía pueden controlar es la elección de sus alimentos. Ésa es la razón por la que todas las encuestas de opinión pública realizadas en Europa, incluidas las que se han llevado a cabo en los países de Europa del Este y Europa central candidatos al ingreso en la Unión Europea, muestran una aplastante desaprobación pública de los alimentos transgénicos.
Las empresas alimenticias mundiales que ejercen su actividad en Europa han respondido a esta aversión del público con una promesa de mantener sus productos libres de cualquier rasgo modificado genéticamente. McDonald's, Burger King, Campbell, Coca-Cola, Heinz, Pillsbury, Nestlé y Unilever han acordado que sus alimentos y bebidas no contendrán organismos transgénicos. Al forzar el asunto de los alimentos modificados genéticamente, la Administración de Bush está provocando indignación y resentimiento en la opinión pública, sentimientos que pueden llegar a ser mucho más perjudiciales para la alianza atlántica de lo que la mayoría de los americanos creen. La Casa Blanca ha empeorado la situación al insinuar que la oposición europea a los alimentos transgénicos equivale a imponer una sentencia de muerte a millones de personas hambrientas del Tercer Mundo. Negar a los granjeros con pocos recursos de los países en desarrollo un mercado europeo de alimentos modificados genéticamente, señala la Casa Blanca, sólo les permite cultivar alimentos no transgénicos, lo que se traduce en la pérdida de muchas ventajas comerciales que trae aparejadas el cultivo de cereales modificados genéticamente. Los comentarios del presidente Bush sobre los muchos beneficios de los alimentos transgénicos, más que un argumento político razonado parecen un informe de relaciones públicas escrito a toda prisa por Monsanto y BIO, la asociación comercial de biotecnología de Estados Unidos.
Para que quede claro, el hambre del Tercer Mundo es un fenómeno complejo que no podrá ser anulado con la introducción de cultivos transgénicos. Primeramente, hay que reconocer que el 80% de los niños desnutridos de las zonas en desarrollo viven en países con excedente de alimentos; el problema del hambre tiene más relación con la manera de emplear la tierra cultivable. Hoy en día, el 21% de los cultivos de los países en desarrollo se destina al consumo animal. En muchos de estos países, más de una tercera parte de los cereales se cultivan para alimentar el ganado. A su vez, estos animales serán ingeridos por los consumidores más acaudalados de los países industriales del norte. La consecuencia es que estos consumidores siguen una dieta rica en proteínas animales, mientras que a la población más pobre sólo le queda una pequeña parte de tierra en la que cultivar cereales para sus propias familias. E incluso la tierra que tienen a su disposición, pertenece con frecuencia a empresas agrícolas mundiales, lo cual agrava la difícil situación de los campesinos pobres. La introducción de cereales modificados genéticamente no va a cambiar esta realidad básica.
En segundo lugar, el presidente Bush habla de los grandes ahorros que se producirán al sembrar cereales transgénicos; lo que ignora convenientemente es que las semillas modificadas genéticamente son mucho más caras que las convencionales y, al estar patentadas, los granjeros no podrán reservarlas para sembrarlas en la próxima cosecha, ya que pertenecen a las empresas de biotecnología. Al controlar la propiedad intelectual de los rasgos genéticos de los principales cultivos del mundo, las empresas como Monsanto se preparan para amasar beneficios fabulosos mientras los agricultoresmás pobres del mundo quedan cada vez más marginados.
En tercer lugar, la Casa Blanca señala que la nueva generación de cereales contendrá genes cuyas proteínas producirán vacunas, medicamentos e, incluso, productos químicos. La Administración de Bush cita el ejemplo del "arroz dorado", una nueva variedad de arroz modificada genéticamente con un gen que produce beta-caroteno. Tras observar que medio millón de niños pobres en todo el mundo tienen deficiencia de vitamina A y quedan ciegos, el representante de Comercio de Estados Unidos, Robert B. Zoellick, señala que sería inmoral negarles esa valiosa fuente alimenticia. Durante años, la industria biotecnológica ha estado cantando las alabanzas de lo que llaman el arroz "milagroso", a pesar de los artículos publicados en revistas científicas en los que se afirma que no funciona. El beta-caroteno no es vitamina A. Para convertirlo en esa vitamina se requiere que el cuerpo humano tenga suficiente proteína orgánica y grasa, pero como estos niños están desnutridos, carecen de las proteínas orgánicas necesarias para llevar a cabo la conversión.
Por último, está la cuestión medio ambiental planteada a raíz de la introducción en masa de cereales que contienen genes capaces de crear de todo, desde anticuerpos contra el herpes genital y medicamentos para tratar la fibrosis quística, la hepatitis B, la enfermedad de Hodgkin, el sida, el Alzheimer y otras enfermedades, hasta productos químicos para uso industrial. ¿Qué les ocurre a los insectos, a los pájaros y a otros animales que ingieren materias vegetales que contienen estas sustancias químicas? ¿Y cuáles son las consecuencias para la salud humana? El pasado mes de diciembre el ministerio de Agricultura de Estados Unidos ordenó incinerar unas 18.000 toneladas de semilla de soja que se empleaban en la preparación de todo tipo de productos, desde helados hasta comida para bebés; se almacenó por error en un silo que ya contenía maíz modificado genéticamente para producir una vacuna contra la diarrea porcina.
Lo que también mortifica a los europeos es el estilo moralizante del presidente Bush cuando se trata de fomentar un programa de productos transgénicos para Europa. Cuando en un discurso pronunciado la semana pasada, el presidente dijo que "los gobiernos europeos, en vez de obstaculizar esta gran causa, deberían unirse a ella para acabar con el hambre en África" y otros lugares del mundo, muchos líderes europeos se indignaron. Señalan que los países de la Unión Europea destinan a la ayuda de estos países un porcentaje de sus ingresos nacionales brutos mucho más alto que el de Estados Unidos. Actualmente, EE UU ocupa el puesto número 22 en lo que se refiere al porcentaje de los ingresos nacionales brutos destinado a esta ayuda, el más bajo de las naciones industrializadas. Lo más probable es que el torpe plan de Bush para forzar a los europeos a que acepten los alimentos transgénicos se vuelva contra él. De hecho, podría ser la gota que colma el vaso en lo que se refiere a las relaciones entre europeos y estadounidenses. Como ocurrió con la crisis de Irak, la batalla de los alimentos modificados genéticamente contribuye a unir a la opinión pública europea y otorga un nuevo sentido a su identidad común europea, a la vez que la distancia todavía más de su antiguo aliado al otro lado del Atlántico.
Esta disputa también puede rebajar la ya debilitada categoría de la Organización Mundial del Comercio. Incluso si esta Organización finalmente apoya al Gobierno de Estados Unidos y obliga a la Unión Europea a aceptar los alimentos transgénicos, la victoria será probablemente pírrica. Eso se debe a que cualquier orden de la Organización Mundial del Comercio para aceptar estos alimentos no va a surtir probablemente el menor efecto en los granjeros europeos, los consumidores o la industria alimenticia que los abastece. Todos los métodos represivos de Estados Unidos juntos no podrán lograr que los europeos consuman alimentos transgénicos. Lo único que va a conseguir el gran boicot europeo contra los productos modificados genéticamente es poner en evidencia la debilidad subyacente tras la globalización y los actuales protocolos comerciales que la acompañan. En la lucha desatada entre el poder comercial mundial y la resistencia cultural local, la polémica de los alimentos transgénicos podría ser el botón de muestra que nos obligue a replantearnos las bases mismas del proceso de globalización.
Jeremy Rifkin Presidente de la Fundación sobre Tendencias Económicas, de Washington D.C.
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