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Bogotá y el TLC
por Gustavo Petro
Saturday, Jun. 12, 2004 at 9:57 PM
Hasta el momento Bogotá ha sido protegida por unos aranceles aún altos a pesar de la apertura de Gaviria y fundamentalmente por los elevados costos de transporte para ingresar mercancías a la ciudad. Gracias a eso, somos la única ciudad que se ha industrializado en Colombia en la última década, y de una manera especial: tenemos una industria democrática.
A diferencia de Medellín, existen más de cien mil empresas industriales y comerciales que son en realidad talleres ubicados en casas de empresarios que convierten a su familia y algunos trabajadores en una unidad laboral que resiste hasta ahora las veleidades neoliberales de unos gobiernos que siempre han desconocido la estructura productiva de la ciudad. En Bogotá el 80% del empleo formal se genera en esas empresas familiares que constituyen “barrios-talleres” dispersos y que son el verdadero capitalismo de la ciudad; la producción generada de esa manera se vende en un 96% en la ciudad misma. No exportamos ni a Zipaquirá.
En Medellín, en cambio, los paisas han concentrado la propiedad de su producción en unas cuantas personas, por eso son mejores exportadores que los bogotanos, pero por eso la violencia es mayor y es mayor el grado de autoritarismo con que se ha gobernado la ciudad. Violencia y autoritarismo que también se exportan al conjunto del país.
Es claro que la estructura democrática de la industria y el comercio bogotano han permitido construir un modelo político propio de ciudad, que a pesar de todo y desde hace una década ha producido alguna prosperidad, el mejoramiento de la ciudad y una vida más democrática e igualitaria que en el resto del país. Nuestra estructura productiva de empresarios de clase media es la que financia con sus impuestos, no sólo el empuje de la ciudad, sino una parte importante del funcionamiento del país.
Pero nuestra industria protegida se dedica básicamente a la metalmecánica, la farmacéutica, los muebles, las artes gráficas, los plásticos, la química, el ensamblaje de vehículos, los alimentos, las prendas de vestir completas, los zapatos y el cuero, y otras cosas por el estilo. Si se eliminan los aranceles para importar los mismos productos gracias al TLC, simplemente serán, en su mayoría, industrias barridas por la producción mucho más barata por su tecnología de los Estados Unidos. Con la quiebra de esas empresas bogotanas de tipo familiar, se irán a la caneca de la basura sus trabajadores, y los restaurantes donde almuerzan y las tiendas donde compran y se irán a la caneca los impuestos que pagan, y se esfumarán con ella el modelo de ciudad que construimos en la última década. Eso dice el estudio de Planeación Distrital que ordenó Mockus y que nunca publicó.
Sin embargo los jóvenes neoliberales de los últimos gobiernos distritales propusieron una solución: ¡podemos cambiar las industrias por servicios! Bogotá puede especializarse con éxito en biotecnología, en software, en servicios médicos complejos, en servicios educativos. Sólo que existe un problema: todos esos servicios no se pueden desarrollar sin un régimen de derechos de propiedad intelectual y patentes, soberano y autónomo para el país, algo que con los subsidios a los productores agrarios, los gringos no piensan ni de lejos en consentir. A menos que las nuevas ramas económicas la desarrollen los estadounidenses bajo su propiedad en Bogotá. El TLC puede ser una verdadera trampa para la ciudad. Podemos vislumbrar una pérdida de centenares de miles de empleos como ya sucedió en ciudad de México, a menos que sepamos defender nuestra propia realidad, que no es como la de Urabá ni como la de las haciendas de Córdoba.
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