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Lamento Borincano
por Aurelio Suárez Montoya
Tuesday, Sep. 28, 2004 at 1:36 PM
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“Sale loco de contento con su cargamento para la ciudad, lleva en su pensamiento todo un mundo lleno de felicidad…”
(Rafael Hernández)
Como mal augurio, la cuarta ronda de negociaciones del Tratado de Libre Comercio de los países andinos con Estados Unidos se adelantó en Puerto Rico. Allí se dio el primer experimento de libre comercio de la era imperialista estadounidense. Puerto Rico, junto a Filipinas y a Guam, entró en el negocio por 20 millones de dólares que puso fin a la guerra con España. En 1900, la Ley Foraker decretó el estado libre asociado de Puerto Rico que prescribió que la isla “abría plenamente sus mercados a las mercancías norteamericanas…”. Se fue fraguando así el proyecto expansionista de gente como Theodore Roosevelt quien bendecía dicha cruzada en nombre de Dios y la defendía en aras del mercado. Después vino lo del Canal de Panamá y mucho más.
En idéntico tono imperial, en el de “hablar bajito y llevar consigo un gran garrote”, se cumplieron las negociaciones en la isla. Al notificar que el comodoro comercial, Robert Zoellick, dejaría su cargo el 20 de enero de 2005, se advirtió que el ritmo de la negociación se aceleraría y ya se habla sólo de siete rondas, anticipándose la de Guayaquil, y restando dos, en Norteamérica, en medio de Navidad y Año Nuevo. Se gesta así el zarpazo fatal en el contexto de secretismo, casi militar, como se inició.
Los negociadores gringos desechan los mecanismos de protección del sector agropecuario nacional pero insisten en los subsidios que soportan sus ventas externas a precios por debajo de costo, desean legitimar el “dumping”. No acatan los criterios para países pobres respecto al sometimiento del sistema de patentes a las exigencias en salud pública. No quieren soltar la Propiedad Intelectual que les ocasiona rentas de monopolio socavando el bienestar y la nutrición de ciudadanos, agricultores y gentes del común mientras consideran “privados” los recursos genéticos de la biodiversidad. Insisten en capturar para sus inversionistas los “servicios”, incluyendo salud, educación, seguridad social, agua, sistemas de telecomunicaciones y bancarios, siendo estos dos últimos los más codiciados. No transigen en la existencia de un sistema autónomo de normas sanitarias y fitosanitarias e impelen a acogerse al de su imparcial Food and Drug Administration ( FDA). En materia laboral y ambiental, mediante fondos de cooperación, quieren mantener sus criterios por los cuales no ha ratificado convenios en libertad sindical y negociación colectiva, igualdad de pago y eliminación de discriminación en el trabajo o en edad mínima. Razones de sobra tuvo la Iglesia Católica para prevenir sobre la preservación de la salud, la seguridad alimenticia y los efectos del TLC en la ya desbordada pobreza rural.
En Puerto Rico los lamentos no fueron sólo por los dictados imperiales. En un acto de humillación sin precedentes, los negociadores colombianos estuvieron en la mesa en las peores condiciones logísticas. Sin luz, sin traducción simultánea, sin las delegaciones completas, casi aislados del mundo exterior por el colapso del sistema de comunicación, sin mínimas garantías de confort, pese a los costos altísimos, la negociación fue “una desgracia”. No hubo voz digna alguna que exigiera a Estados Unidos, responsable de la estadía, un ambiente propicio. Para colmo, la jefe de negociaciones, Regina Vargo, no sin antes “ilusionar” a gremios y a ministros sobre la debida atención que hará en Ecuador a las peticiones de “acceso al mercado” que los desvela, en un acto del peor humor y arrogancia rememoró que su nombre familiar es “JEANNE”, igual al de la tormenta que tornó en chiquero la sede de las negociaciones.
Tanto el tiempo como el margen técnico de la negociación se estrechan. Se continúa sin norte hacia la entrega total a las pretensiones estadounidenses. Se está iniciando la llamada “economía política” del acuerdo, al decir del ministro Botero, que recae en Uribe, quien comenzó mal al someterse a la exigencia gringa de analizar, para el sector rural, producto por producto, con lo que descarta una posición en bloque en defensa de todas las ramas agrícolas. Ahora se dependerá de “los arreglos” por fuera de la mesa, favoreciendo a pocos y perjudicando a muchos, las rondas serán una pantomima. Con ello se desvanecen paulatinamente las esperanzas de algunos de “negociar bien”, para lo cual también cabe el último verso de la canción de Hernández:
“Y triste el jibarito va, diciendo así, cantando así por el camino, ¿Qué será de Borinquen, mi Dios querido, qué será de mis hijos y de mi hogar?”
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