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La Plaza de Bolívar fue ayer una plaza de mercado campesino
por Germán Gélvez M.
Thursday, Nov. 04, 2004 at 6:48 PM
gergel@eltiempo.com.co
Campesinos llevaron el campo a la urbe. Por un día, alpargatas ruanas y sombreros desplazaron a loas acostumbradas pintas urbanas de los bogotanos en la Plaza de Bolívar, que luego de 50 años vivió una jornada de mercado campesino. foto de Carlos Julio Martínez / El Tiempo
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En vez de palomas, fotógrafos o manifestaciones, fue tomado por 200 campesinos que reclamaron al Gobierno mejores oportunidades.
"La papa, la papa", "llévese cuatro panelas por solo mil pesos", "le tengo el kumis sabanero", "arepa de chócolo fresquita, a 700", "tómese el masato fresco", "gallinita criolla del campo a su casa", "cuchara de palo para darle sabor al sancocho".
Estos pregones podrían sonar como algo normal, de no ser porque se trataba de las voces de más de 200 campesinos que ayer se tomaron la Plaza de Bolívar dejando como 'desplazados' a los lustrabotas, las palomas que bajan desde la Catedral y el Capitolio, los fotógrafos que viven de las palomas y los turistas que les reparten maíz.
Después de 50 años, este sitio volvió a vestirse con viandas y frutos del campo, entre señoras que iban con monedero en mano, buscando rebajas, curiosos que se acercaban a pedir degustación de arequipe de freijoa, de masato, de arepita campesina y chicharrón reventado. Vendedoras de aquellas que se guardan el fajo de billetes en el seno y provincianos de ruana, sombrero, alpargatas, cachetes colorados y uno que otro diente de oro en la sonrisa.
A las 8 a.m. la Plaza estaba envuelta en bruma y casi desierta. Ese ambiente salpicado de señores recién bañados rumbo a la oficina y de universitarios que cruzaban de afán, parecían indicar el comienzo de otra rutina, como las de siempre en las últimas décadas. Sin embargo, desde el centro, ese Bolívar casi siempre yerto empezó a ser testigo de la manera en que empezaban a llegar puñados de campesinos.
Venían con canastos, bultos y guacales. Algunos vestidos de 'civil' pero con las manos marcadas por el trabajo con la tierra y el azadón, y otros, hombres de campo, incluido su vestuario, de esos que al preguntarles el nombre responden con acento recio: "Me llamo Arcenio Guamán y estoy para servirle, sumercé".
Bajo carpas, por si asomaban las lluvias frecuentes de los últimos días, acomodaron sus 'corotos' y productos en el piso o sobre mesas de madera astillada. "Venga madre, cómpreme el saúco para la tos, el marrubio que la baja de peso, la sanguinaria para regular el período, la caléndula que cura heridas, o las guascas para el ajiaco", decía una de las campesinas, proveniente de Duitama (Boyacá), muy contenta por las ventas de esta jornada.
En total, 53 municipios de los departamentos de Cundinamarca, Boyacá, Tolima y Meta dieron una muestra de alimentos típicos de sus regiones y, a la vez, hicieron gala de su oferta agroalimentaria ante el Gobierno Distrital, como una propuesta seria con el fin de ayudar a resolver el problema de hambre en Bogotá.
"No existe una iniciativa concreta para que los campesinos vendan directamente a los consumidores -dijo Julio Cifuentes, organizador de la muestra y miembro de la Confederación Nacional de Acción Comunal, una de las 11 organizaciones campesinas que buscan reducir eslabones en la cadena de intermediarios-. Queremos estar involucrados en las iniciativas del alcalde Lucho Garzón y su programa 'Bogotá sin hambre".
"Hambre es la que me da viendo toda esa cantidad de comida", afirmó 'El Chato', un habitante de la calle que se sintió entre sueños cuando llegó a la Plaza de Bolívar y la vio así como se la había imaginado desde niño, cuando su padre le contaba que allí todos los domingos había mercado por cantidades.
"En un comienzo este sitio cumplía varias funciones. Servía de plaza de mercado pero allí también se desplegaba el estandarte del rey, se oficiaba la gran misa, se ahorcaban rebeldes o tenían lugar las grandes fiestas y corridas de toros", recuerda el historiador Fabio Zambrano.
Al final de la jornada, entre guabinas y bambucos, de regreso a sus veredas, los campesinos salieron alegres, con los costales vacíos y con la ilusión de volver.
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