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Demanda monetaria y demanda efectiva
por Eduardo Sarmiento P.
Sunday, Mar. 27, 2005 at 12:04 AM
En forma reiterada se plantea la pregunta del lento crecimiento de la economía. ¿Por qué, luego de la crisis de 1999, el producto nacional avanza por debajo del de otros países de América Latina y no ha recuperado el dinamismo histórico?
Las condiciones recientes han generado un estado paradójico. Las utilidades de las empresas, los títulos financieros, los ingresos tributarios, las exportaciones y las importaciones crecen por encima del 20%. Al mismo tiempo, el empleo y el consumo masivo crecen por debajo de la población. El crédito disminuye en términos del PIB, el valor agregado industrial, que resulta de sustraerle a la producción las importaciones, aumenta 1%, y el PIB avanza cerca del 3,8%.
La interpretación de esta información ha llevado a una gran confusión. En el mismo Gobierno hay quienes sostienen que la economía no crece por la falta de demanda y los que dicen que ésta viene disparada. Al parecer, ambos grupos tienen la razón, pero no saben por qué.
La economía pasa por la típica discrepancia entre la demanda monetaria y la demanda efectiva, que infortunadamente no ha logrado racionalizarse en los libros de texto. A lo largo de su célebre obra, Keynes distingue entre la demanda monetaria originada en los ahorros y la demanda efectiva proveniente de los salarios y el empleo. Es perfectamente posible que el dinamismo de los sectores empresariales se manifieste en una gran expansión de los ahorros y que la capacidad de compra originada por los ingresos de las grandes mayorías evolucione lentamente. De esta manera, se configura una reducida cúpula que obtiene todos los beneficios y una amplia mayoría que no tiene ingresos ni para los alimentos.
Esta situación se viene presentando desde 1999. En los últimos cuatro años el crédito bancario cayó más del 30%, el producto nacional creció a menos de la mitad del promedio histórico y la pobreza se disparó. No obstante la modesta reactivación de la economía, la falencia persiste. Debido a la falta de coordinación macroeconómica, la proliferación de ahorros no se convierte en inversiones ni en consumo masivo. Así, en la actualidad los títulos financieros crecen 20% y el crédito al sector privado y al público no llega a 9%. La diferencia se congela o queda dando vueltas en grandes fondos especulativos. La ilustración más crítica se presenta en la vivienda, donde el crédito hipotecario de tiempo atrás desciende en términos reales.
El otro drama es el del empleo. El predominio de las multinacionales, bien por la adquisición de las empresas nacionales o por las fusiones, ha llevado a una estructura industrial altamente dependiente de las importaciones, que tiende a acentuarse por la revaluación.
Es claro que el modesto crecimiento de la economía es el producto de un perfil de bajo consumo, e incluso de baja inversión, y de baja generación de empleo. Los ahorros generados por la euforia de unos pocos sectores no llegan a la inversión, el consumo y el empleo. Se ha configurado un círculo vicioso en el que el desempleo limita el consumo y éste impide el empleo.
No es un estado del cual pueda culparse a los empresarios. Al fin y al cabo, sus ahorros se encuentran en los balances de las empresas, en los títulos financieros y en los recaudos tributarios. Lo que no existe es una organización con capacidad de movilizarlos hacia donde están las necesidades. Así, la obsesión por el déficit fiscal no permite que los recaudos tributarios se conviertan en gasto, y las elevadas tasas de interés de la titulación y los TES, al igual que los fondos especulativos, impiden que los recursos financieros fluyan a la financiación de vivienda, y en general, a la inversión productiva.
A la luz de estas consideraciones no es difícil concretar la receta para elevar el crecimiento. Lo primero es movilizar los excedentes de ahorro mediante el crédito y el déficit fiscal y lo segundo, orientarlos para aumentar la capacidad de compra y ampliar el empleo. El medio no puede ser distinto al de un gran programa financiero, en coordinación con las administraciones de las grandes ciudades, para ampliar los programas de asistencia social y crear empleos en forma directa en las obras públicas, la vivienda de interés social, la pequeña y la mediana empresa y la retención de los estudiantes en las escuelas y el Sena.
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