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De regreso a Faluyah
por Imán Ahmad Jamas Wednesday, Mar. 30, 2005 at 9:04 AM

El "terremoto" desencadenado por Estados Unidos. Tiendas de campaña sobre los escombros. A la búsqueda de los desaparecidos.

De regreso a Faluyah...
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Al contemplar Faluyah, comprendo por qué los estadounidenses denominaron Conmoción y Dolor a la operación desatada contra la ciudad. No es sólo que el terremoto estadounidense destrozara la ciudad, las casas, los colegios, los hospitales, los mercados, las tiendas, las calles, los vehículos, todo completamente deshecho; no son sólo las paredes quemadas, las montañas de basura; no es sólo la vida rota; es mucho más, son los sentimientos que se pueden leer en las caras de sus ciudadanos. No podría encontrar otra descripción más expresiva que conmoción y dolor. Es el silencio tras el que se esconde la rabia, el aturdimiento, la fatiga, el desamparo, la sospecha de todo y de todos Es la tristeza

-"¿Eres del Comité?", me preguntó al ver mi cámara un anciano que recogía materiales estropeados de entre los escombros.

-"¿Qué Comité?", le pregunté. Intercambió miradas con su joven hijo.

-"¡Si sabes algo que pueda sernos útil, dínoslo, si no, por favor, hermana, vete y esconde la cámara en tu bolsillo!"

-"¿Por qué?"

-"¡Mira por detrás de mí!"

Detrás de él aparecían las guaridas, como las llamaba un amigo estadounidense, de cuatro soldados [estadounidenses] que se parapetaban en las azoteas de las casas.

-"Si quieres moverte por los alrededores, di tan sólo que eres del Comité", me aconsejó.

Se refería al Comité para indemnizaciones que estaba visitando Faluya para estimar los daños y las compensaciones.

No dije nada sobre ello.

Al farmacéutico que se encontraba reparando la clínica pública situada en el distrito de Jolán, le conté que estaba buscando familias, especialmente niños y mujeres que estuvieran en situación muy precaria y necesitaran ayuda, para intentar socorrerles en todo lo que pudiera. Entonces pidió a uno de los albañiles que estaban con él que nos ayudara a hacer el recorrido.

En el Centro de Atención Sanitaria

El Dr. Najm, el director del centro sanitario de Jolán, nos contó que el centro recibe por lo menos 1.000 pacientes al día, debido a que el centro más cercano, en Hay al-Jomhuria, fue arrasado por los bombardeos. En su centro, que funciona 24 horas sobre 24, sólo hay ahora cuatro ó cinco doctores para atender todo el trabajo, ya que es demasiado complicado para las doctoras llegar desde Bagdad. Tienen insuficiencia de todo, incluso de estetoscopios y manómetros. El doctor Najm le dio a mi compañera, la Dra. Intisar, una larga lista con todas las medicinas que necesitaban. Incluyó todo tipo de medicinas básicas, como antibióticos y analgésicos. Hacía tan sólo una semana que habían conseguido generadores eléctricos, tres meses después del ataque de octubre sobre Faluyah.

-"¿Tienen vacunas para los niños?", preguntó la Dra. Intisar.

-"No hay vacunas", fue la respuesta del Dr. Najm.

El Dr. Thamir, director de los hospitales del área de Faluyah, se quejó de que el ministerio de Sanidad desconoce los problemas que él tiene que enfrentar en su zona. La carencia de medicinas en general, de abastecimientos, de medicinas específicas para enfermedades crónicas, de electricidad, no son los únicos problemas. Supone hasta un problema poder llegar al hospital cada día:

"Algunas veces tienes que esperar durante horas en la cola que se forma en los controles. Ese es nuestro problema principal. Una carretera por la que tardas en llegar normalmente unos diez minutos, te puede llevar ahora una hora y media o más. No nos importan ni los registros ni las humillaciones, pero necesitamos poder pasar sin problemas. Las ambulancias son atacadas. La última vez habíamos conseguido medicinas pero no nos dejaron traerlas, tuvimos que colocarlas en paquetes más pequeños y hacerlas llegar poco a poco. Ahora la carretera a Ramadi [capital de la provincia de al-Anbar] está cortada. Ramadi lleva bajo estado de sitio varios días."

A la familia del Dr. Najm no le permiten venir.

-"Pero es aún más complicado llegar hasta el hospital central de Faluya".

-"Necesitamos ir hasta allí; ¿cree que podremos ir ahora?", pregunté.

-"Pueden intentarlo". Llamó al Dr. Ayad, el director del hospital central de Faluya, quien prometió que nos esperaría sin importar cuánto tiempo tardásemos.

El Hospital Central

Cuando llegamos al Hospital Central, pudimos entender mejor la situación. Está situado al otro lado del Puente Viejo [sobre el Eúfrates], fuera de la ciudad. Las tropas estadounidenses utilizan el río como una barrera natural para entrar en Faluyah. El puente está cerrado. Los enfermos tienen que atravesar tres controles para llegar hasta el puente. Tienen que ir a pie. Tuvimos que dejar el coche junto al destruido mercado (zoco al-Shuhada), que estaba lejos del primer control iraquí y empezar a caminar. Los soldados iraquíes no creían que siendo mujeres pudiéramos pasar, pero nos permitieron intentarlo y llegar hasta el control estadounidense.

"No, señora, las enfermas tienen que ir por el otro puente", me confirmó el soldado estadounidense, que tenía rasgos asiáticos, en el siguiente control, señalando por detrás de él hacia otro puente que quedaba lejos. El otro puente está a más de dos kilómetros de distancia. Tuvimos que caminar hasta allí, cruzar el Puente Nuevo y llegar hasta el hospital haciendo el camino de nuevo por el otro lado del río, y por supuestos tuvimos que hacer el mismo camino al regresar.

-"Pero, ¿por qué las mujeres?", pregunté.

-"No lo sé, señora".

-"Pero no somos pacientes", dijo la Dra. Intisar, "queremos reunirnos con el Dr. Ayad durante media hora, eso es todo, nos está esperando".

El soldado llamó a su oficial, que se nos acercó. Le explicamos el problema de nuevo y nos permitió acercarnos al hospital si permanecíamos allí sólo durante treinta minutos.

Tuvimos que correr por el puente. "¿Por qué no permiten a las mujeres llegar a través de este puente? ¿Qué ocurre si una mujer tiene que trabajar o está sangrando?", fue la primera pregunta que le hice al Dr. Ayad.

"No tienen mujeres-soldado para registrar a las mujeres, esto es todo. Es un gran problema para todos nuestros pacientes, no sólo para las mujeres. Los inválidos, los ancianos, las urgencias, imaginen que todas esas personas tienen que caminar todo el camino hasta llegar al hospital, especialmente en medio de la noche. Las mujeres tienen normalmente tareas que hacer por la noche, lo que lo hace más difícil y peligroso". No hay excepciones ni prioridades, explicó el Dr. Ayad, ni para las ambulancias, ni para las urgencias ni para los doctores

-"¿Por qué sencillamente no ponen el control detrás del hospital, para que los pacientes no tengan que superar todas esas dificultades?", pregunté de nuevo.

-"Hemos estado negociando ese tema desde hace meses con los oficiales estadounidenses, algunos de los cuales son mujeres. Lo entendieron y estuvieron de acuerdo en abrir el puente, pero aún no lo han hecho".

El Dr. Ayad se sentía muy agradecido de que hubiéramos intentado llegar hasta él para preguntarle qué necesitaba. Una vez más, le dio a la Dra. Intisar un larga lista con las medicinas y abastecimientos necesarios.

-"¿Cree que podrá proporcionarnos sillas de ruedas, especialmente para los niños?"

-"¿Cuántas?", pregunté.

-"Oh, todas las que pueda".

-"¿Diez?".

-"Cien, si pudiera conseguirlas".

Le expliqué que hay organizaciones internacionales humanitarias que están deseando ayudar a los niños heridos en el bombardeo. Prometió darme los informes médicos de esos niños.

Tuvimos que correr de nuevo al regresar, el Dr. Ayad fue registrado. "¿No le conocen ya?".

-"Desde luego que sí, pero son procedimientos normales. Estamos acostumbrados".

El enfadado 'sheik'

Algunos hombres que estaban en el lugar del mercado estaban muy contentos de ver que habíamos podido entrar en el hospital. "¿Quiere ver el cementerio? Hay al menos 2.500 tumbas nuevas". Uno de los hombres se ofreció con entusiasmo para llevarnos hasta allí.

-"Realmente no, estamos tratando de ayudar a los heridos".

-"¿Quieren ir a la casa de Fawzi?", dijo otro.

-"¿Qué le ocurre?", pregunté.

-"Sus tres hijas, que son estudiantes de la escuela de medicina, están muertas bajo los escombros".

-"Tenemos que abandonar Faluyah antes de las 16:00 horas, de otra forma no podremos regresar a Bagdad", le contesté.

-"Pueden quedarse con mi familia", insistió.

-"Gracias, quizá la próxima vez", le dije con sinceridad. "¿Puede llevarnos hasta Gebeil y encontrar a alguien que pueda ayudarnos?". Le expliqué que intentábamos ayudar a los niños heridos.

Nos llevó ante un sheik, que recelaba en ayudarnos.

-"Mucha gente viene hasta aquí y nos piden los informes médicos de la gente que necesita ayuda, hacemos todo lo que podemos para proporcionárselos y entonces se van y nunca más oímos hablar de ellos y yo me veo en un aprieto porque no sé qué decirles a las familias", explicó el sheik.

Comprendí muy bien su situación. No insistí. Estaba muy enfadado por muchas cosas: las promesas de indemnizaciones que nunca llegan, la carencia de servicios, los engaños desplegados por algunos partidos políticos durante las elecciones, la quema de bibliotecas, su impotencia ante las familias que llegaban ante él para pedirle ayuda.

Nos llevó a ver dos familias vecinas. La primera era una viuda con dos niñas. La viuda, Wichriya Alwan, de 50 años, había perdido a su marido, de 51 años, y a un hijo de 18, en los bombardeos. Habían sido quemados vivos bajo los escombros. Su casa estaba totalmente destruida. Su hija Shelma, de 12 años, es discapacitada mental y paralítica. La familia vive de las donaciones de familiares.

-"¿Qué vas a hacer ahora?".

-"Esperar la misericordia de Dios y las indemnizaciones", contestó.

La segunda familia era la de Jalaf Abid Jalaf, el conductor de ambulancia que fue asesinado durante los combates cuando intentaba ayudar a los heridos. Deja una viuda y seis niños, el mayor de 12 años.

¡Colegios!

-"Sí, vayan a Gebeil, y entonces entenderán de lo que hablo", sugirió el sheik con amargura.

En el camino a Gebeil, hice que el conductor se detuviera frente a un colegio. Había dos colegios de niñas en el mismo edificio de acuerdo con la información de los carteles, Faloya y Sokeina. Parte del techo se había derrumbado sobre el suelo, un agujero de 10 metros aparecía en el patio, las ventanas y puertas estaban rotas. Tomé algunas fotos y me estaba marchando cuando una voz de mujer me llamó. "Por favor, venga, tome algunas fotos de las clases, vea en qué condiciones están estudiando las niñas".

-"¿Está diciendo que hay estudiantes aquí?".

-"Desde luego", dijo Ijlass, la ayudante del director, quien me había visto desde la ventana y vino a mi encuentro. "No imaginaba que pudiera haber gente dentro."

Las atestadas clases estaban heladas. Un viento muy frío entraba por los grandes agujeros y las ventanas rotas. El despacho del director, los baños, el patio, todo estaba destruido.

-"¿No es peligroso para las niñas estar aquí?"

-"Sí, lo es, desde luego, ¿qué otra cosa podemos hacer?" dijo Ijlass. Me sugirió que visitara el instituto vecino para muchachos, al-Jahid. No había nadie en el colegio, excepto el vigilante y su familia. El instituto había sido mucho más dañado. Había un gran agujero en el laboratorio de biología con todo el techo de cemento y hierro caído en el suelo. Las clases, los despachos de la administración y de los profesores estaban calcinados.

-"¿Qué es lo que está vigilando aquí?", pregunté con sarcasmo.

-"¿Dónde puedo ir? Este es mi hogar", fue la respuesta del vigilante. Era tan amargo escuchar la misma frase en labios de todos los iraquíes

Gebeil fue lo peor

-"¿Están seguras de que quieren ir a Gebeil?", preguntó el conductor.

-"Sí, ¿por qué no?". Yo sentía una curiosidad pueril.

-"Bien, vayamos, sólo tiene que esconder su cámara", contestó.

Parece que el terremoto estadounidense había herido Gebeil con mayor crueldad. Gran parte de las casas estaban destruidas en un ciento por cien. Había alrededor lagos de agua estancada, montañas de basura, carreteras llenas de polvo. Pocas familias permanecían allí. Colas de mujeres aguardaban en las proximidades de tres grandes tanques de agua, intentando conseguir agua para sus familias. El Dr. Thamir nos había explicado ya que ese agua no era buena para beber. Había tomado seis muestras, dos de ellas tenían bacterias y las otras cuatro no alcanzaban el mínimo de cloro necesario.

-"¡Necesito tomar algunas fotos!", dije al conductor.

-"¡Ahora no!, fue su abrupta respuesta. Movió el coche unos metros hacia atrás y dijo "ahora, hazlas muy rápido".

No llegó a parar el coche. Tomé dos fotos de un colegio y una mezquita y él se alejó conduciendo rápidamente.

Había 4 ó 5 francotiradores estadounidenses por los alrededores, como explicó después. Había muchos vehículos estadounidenses circulando por una de las carreteras. El conductor decidió coger una carretera secundaria.

-"No tienes por qué ir por aquí", objeté. "No estamos haciendo nada malo". No contestó, sólo sonrió.

En la carretera secundaria, un viejo Toyota rojo nos detuvo. Cuatro hombres saltaron fuera del coche y se acercaron. "¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué esta hermana está tomando fotos?", etc.. fueron sus preguntas. Nos presentamos y explicamos lo que estábamos haciendo. Todavía se mostraban recelosos. Nosotras estábamos aún más.

-"Está haciéndose tarde, venid con nosotros ahora y permaneced con nuestras familias, o regresad mañana, podremos ayudaros en algo". Les dimos las gracias y les prometimos volver en unos días.

De regreso a Bagdad, nos detuvieron en tres controles de guardias nacionales iraquíes. Les sorprendía que fuéramos tan tarde por la autopista. Registraron el coche, examinaron los papeles, hicieron algunas bromas, soltaron alguna indirecta y nos dejaron ir".

De regreso a Faluyah

Teníamos que asistir a una reunión muy importante sobre la reconstrucción de Faluyah. Mohammad, de la Organización de Derechos Humanos en esa ciudad (ODHF), nos había dicho que teníamos que estar a las 8:00 de la mañana en la fábrica de cemento de Faluya, lugar donde se iba a celebrar la reunión. Hicimos todo lo que pudimos para llegar a tiempo, pero habían cerrado la autopista justo un poco antes de llegar a la fábrica, por lo que tuvimos que hacer el camino de vuelta para tomar una carretera secundaria. Cuando conseguimos llegar, la reunión había terminado y el presidente del Comité para la Reconstrucción de Faluyah, el Sr. Fawzi, estaba marchándose.

El Sr. Samir, uno de los directores de la fábrica, se ofreció gustoso para hablar con nosotros:

"Cerrar las carreteras origina graves problemas. Los soldados [de EEUU] cierran las carreteras en cualquier momento, no ponen avisos y la gente no sabe nunca qué carretera es la que está abierta y cuál está cerrada. Tienen que tener mucha precaución. Perdimos un empleado de la fábrica debido a este problema. Hadi Saleh Hantush salió de la fábrica y no sabía que la carretera por la que había venido por la mañana estaba cerrada en ese momento. Los soldados estadounidenses le dispararon. También dispararon a un conductor de ambulancia que se dirigía a atender una emergencia, y tampoco él sabía que la carretera acababa de cerrarse."

30.000 casas completamente destruidas

El Sr. Samir nos informó que, durante el ataque de octubre, 30.000 casas habían sido totalmente destruidas. Las estimaciones de fondos para reconstruirlas parten de un mínimo de 500 millones de dólares. Se prometió al Comité el 20% de esa suma, es decir, 100 millones de dólares.

-"¿Cuántas familias han recibido el dinero hasta ahora?", le preguntamos.

-"Ninguna", contesta Samir, "se suponía que empezaban hoy a entregar las indemnizaciones a la gente". Estábamos a 14 de marzo, más de cinco meses después del ataque de octubre.

-"¿Qué pasa con los colegios, los hospitales, las calles y los edificios públicos?"

-"Necesitan proyectos especiales, la suma de la que hablamos es sólo para las casas."

-"¿Y con los servicios de agua, electricidad, teléfono, recogida de basuras, etc..?".

-"No se permitió entrar en la ciudad al Dr. Ni'ma al-Yaser, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ni tampoco al Sr. Elia Tambori, de Naciones Unidas", contestó Mohammad, de la ODHF.

En el interior de la ciudad, la vida comenzaba a seguir su curso. Se abrían algunas tiendas aunque estuvieran destruidas. La gente se ponía a vivir sobre los escombros. Algunas familias trabajaban intentando quitarlos. Otras colocaban sus tiendas de campaña en medio de ellos.

Abu Qeis

Abu Qeis es una de esas personas. Un hombre jubilado de sesenta y tantos años cuida de una familia de 25 miembros en el distrito de Gebeil. Tiene 10 hijos, tres hijas (una de ellas viuda con cuatro huérfanos, a cuyo marido mataron en la guerra en los ataques de marzo de 2003), su mujer, sus nueras (una de ellas también viuda con tres huérfanos). En octubre, cuando empezó el ataque estadounidense sobre Faluyah, toda la familia se marchó a Halabsa, una ciudad situada en el oeste de Iraq, teniendo que vivir en la escuela Iben Roshd con otras 14 familias.

Cuando Abu Qeis se fue de Faluyah, cerró con llave la puerta del aseo de su casa. Se vio obligado a volver a la ciudad después de cuatro meses. El director de la escuela Iben Roshed les dijo a las familias que tenían que marcharse porque se suponía que tenía que volver a abrir el colegio y porque la guerra se había detenido.

Cuando volvió a Faluyah, encontró su casa completamente dañada, pero la puerta del aseo todavía permanecía cerrada: "Obviamente no había nadie viviendo en la casa, no había combatientes escondidos, entonces ¿por qué la destruyeron?".

El distrito de Gebeil es una de las zonas de Faluyah que fue totalmente destruida. Parece como si un terremoto hubiera arrasado el lugar y lo hubiera aplanado completamente. Se asienta en medio de una de las vías de entrada en la ciudad elegidas por las tropas estadounidenses.

Abu Qeis cree que su casa fue destruida por un tanque, no por los bombardeos. "No hay señales de explosión, todos los muebles están aplastados y los estamos utilizando como madera para hacer fuego. Hemos oído hablar algo de indemnizaciones y estamos esperándolas". Abu Qeis colocó una tienda de campaña cerca de los escombros de su casa y está viviendo allí con su familia. La tienda le fue donada por el Creciente Rojo.

La pensión de jubilación de Abu Qeis es de 100.000 dínares iraquíes (75 dólares). Recibe la pensión cada tres meses. "Me llaman el responsable de las viudas", exclama mostrando sus dientes rotos al sonreír. Había demasiadas viudas en la tienda, y también primos y sobrinas. Todos y cada uno anhelaban hablarnos, todos y cada uno con una historia y un problema. La necesidad más importante era un techo bajo el que vivir, así como las medicinas.

El complejo de Amiriyah

En el complejo de Amiriyah, a 25 kilómetros al oeste de Faluyah, nos hablaron de problemas similares. En el vestíbulo del consejo local del complejo había cinco familias viviendo en tiendas diferentes. Dos bebés acababan de nacer en el campamento. Se había dicho a las familias que o abandonaban el vestíbulo o serían detenidas.

-"¿Qué vais a hacer ahora?", pregunté a los hombres.

-"Escapar, no podemos hacer otra cosa. No tenemos dinero para reconstruir nuestras casas, que están totalmente destruidas, no se puede vivir en ellas de ninguna manera y no queremos ser arrestados", dijo Nadim, que había pasado nueve años en Irán como prisionero de guerra.

En el mismo complejo, en el colegio para chicos Ibn Al-Nadim, 40 familias ocupaban aún las clases. Una organización humanitaria británica había levantado tiendas de campaña en el patio para que los chicos asistieran a clase. Vimos un gran letrero en inglés que aludía a la organización caritativa. Por lo menos había una docena de tiendas albergando las aulas. La Sra. Mariam, la ayudante del director, estaba furiosa:

"No podemos continuar así, el mundo tiene que enterarse de esta tragedia, nos estamos ahogando aquí en medio del polvo, los niños están enfermando, no hacemos recreo porque no es saludable jugar con todo este polvo, y tenemos también que acabar pronto porque hay clases para niñas después de las de los chicos, y no sé por qué han colocado ese cartel en inglés, nuestra lengua es la árabe, ¿quieren humillarnos o darse importancia?"

El hijo de Mariam tampoco asiste al colegio. Estudiaba en otro, en el instituto al-Faris al-Arabi, situado en el mismo complejo. Pero el colegio fue ocupado por las tropas estadounidenses, quienes lo invadieron una noche y por la mañana ya lo habían convertido en base militar.

Laboriosos como abejas

Un sheij en la mezquita Jolan nos dijo que los faluyanos estaban trabajando como abejas, reconstruyendo sus casas, sin esperar las prometidas indemnizaciones.

Al principio rechazaron vivir en Faluyah, cuando contemplaron toda la destrucción. Su mujer se dio de bofetadas y lloró amargamente la primera vez que vio su casa destruida. Ahora está viviendo en medio de los escombros. Pero el sheij insiste en que antes de hablar de reconstrucción, quieren preguntar ¿por qué? ¿Por qué se separó a los niños, por qué se expuso a las mujeres a la muerte y a las humillaciones?:

"Ahora somos nosotros los que preguntamos por al-Zarqawi? ¿Dónde está? Toda nuestra ciudad, nuestra historia, nuestros documentos, nuestras bibliotecas, han sido borrados del mapa; queremos conocer el motivo de esa destrucción. Les dijimos que al-Zarqawi no estaba aquí, que no somos responsables del terrorismo y que no abrimos las fronteras. Ellos son los responsables de todo eso, ¿cómo es que los estadounidenses no pueden controlar las fronteras?"

Casa ocupada

Ismael, un amigo del sheij, estaba más enfadado aún. Su casa había sido ocupada por los soldados estadounidenses, que la habían destrozado. Pero esa no era la razón de que él estuviera tan enfadado. "Pusieron heces humanas sobre el sagrado Corán. Hice todo lo que pude por limpiarlo, pero no pude, era demasiado tarde".

Es habitual que las tropas estadounidenses hayan ocupado casas en Faluya para utilizarlas como oficinas, alojamientos o para uso temporal. Abu Mohammad, que tiene una gran casa nueva que da al río, nos contó su historia:

"Llegaron [las tropas estadounidenses] una noche a las dos de la madrugada, me dijeron que me fuera con mi familia. Les pregunté dónde podía ir a esa hora; y me contestaron que era mi problema. Estuvieron en la casa durante tres días. Una vez que se fueron tuvimos que utilizar cajas y cajas de detergente para limpiar. Utilizaron las cortinas para limpiar sus botas, pusieron heces humanas en las ollas y había huellas de botas por todas las paredes recién pintadas. Se llevaron una vieja pistola que había heredado de mi abuelo. Fui a su base cuatro veces para reclamarla, sin resultado. Cuando llegaron en la siguiente ocasión no nos dijeron que nos marchásemos. Nos dijeron que nos quedáramos ocupando una sola habitación. Era muy complicado. Nos daban quince minutos para hacer pan, cuando normalmente se necesita por lo menos una hora. Ir al aseo era lo más difícil, no se lo puede imaginar con tantas mujeres y niños."

En busca de los desaparecidos

El mes pasado, cuando visitamos el campamento de refugiados situado en la mezquita al-Mustafa, en la universidad de Bagdad (donde estaban viviendo 175 familias), el sheij nos dijo que los refugiados organizaron una manifestación para protestar por las condiciones inhumanas de vida y para pedir indemnizaciones y solicitar de los organismos internacionales que visitaran Faluyah y vieran por ellos mismos lo que había sucedido. No tuvieron respuesta alguna.

Pero muchas familias tuvieron que volver a la ciudad para buscar a los desaparecidos. Um Ahmad, de 35 años, estaba buscando a su hijo Ahmad, que decidió quedarse con sus amigos cuando la familia se marchó. Les estuvo telefoneando a diario, algunas veces para preguntar cómo se cocinaba un determinado plato hasta que desapareció. Habían buscado en todos los lugares posibles, en las morgues, pero no había ni rastro de él.

Um Omar, de 51 años, estaba buscando a su hijo, Iziddin, que desapareció en el mes de noviembre. Ahmad Ramzi, de 10 años, pregunta por su padre, del que se supone que fue arrestado dos días antes [de la fiesta musulmana] del Eid (a mediados de octubre pasado), pero no hay ni rastro de él en ninguna prisión ni base militar cercanas a Faluya.

En el campamento de refugiados del complejo de Amiriyah, Abdul Rahman preguntaba por su hermano Jidr Ali Abdulla, deficiente mental, de 25 años, que lleva desaparecido cinco meses.

El problema para todas estas familias y para muchas otras más es que no saben qué hacer, dónde ir, a quién preguntar por los desaparecidos. Les sugerí que miraran las listas de cadáveres que fueron evacuados un mes después de los ataques a Faluyah. Algunos de esos cuerpos estaban tan descompuestos que se hacía imposible la labor de identificación, pero es una referencia donde poder buscar a sus seres queridos.


Traducción para IraqSolidaridad de Sinfo Fernández

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Estudiantes de Faluya recibiendo clase en una tienda de campaña

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