|
Reforma tributaria estructural
por Eduardo Sarmiento P.
Saturday, May. 21, 2005 at 11:57 PM
En medio de un candente debate sobre la pobreza, el ministro de Hacienda salió a proponer una reforma tributaria estructural.
La propuesta no es novedosa ni estructural. Se presentó en la comisión de Acuerdo Político y en el último proyecto de reforma tributaria, y en ambos eventos fue rechazada. Ahora, cualquiera pensaría que una reforma tributaria llamada estructural se orientaría a elevar los gravámenes a los sectores altos. Curiosamente, se trata del mismo esquema trillado de ampliar el IVA y reducir el impuesto a la renta para bajar los impuestos a los ricos y subirlos a los pobres.
En los cursos más elementales de economía, la tributación progresiva se presenta como uno de los caminos para reducir las desigualdades. La reducción de los precios de los bienes necesarios y la transferencia de ingresos de los sectores altos a los bajos contribuye a aumentar la felicidad de los grupos desfavorecidos en un mayor grado de lo que reduce la de los ricos y, por lo tanto, ocasiona una elevación del bienestar general de la población. Infortunadamente, la prescripción se ve dificultada en las economías desreguladas. Los altos gravámenes del capital y a los bienes suntuarios generan efectos compensatorios que reducen su eficacia tributaria. El impase se ha tratado de superar sustituyendo los gravámenes al capital y a los bienes suntuarios por los gravámenes al trabajo a los bienes necesarios. En aras de la mayor recaudación, se sigue en una política claramente inequitativa.
La prescripción se siguió en Colombia al pie de la letra. Luego de haber avanzado durante medio siglo en la conformación de una estructura tributaria progresiva, el país revirtió el proceso en 1986, cuando César Gaviria se desempeñaba como ministro de Hacienda. En ese entonces se adoptó una reforma tributaria drástica, fundamentada en el principio de la igual tributación al capital y al trabajo. El resto vino por añadidura. En las sucesivas reformas tributarias se procedió a sustituir los impuestos a la renta y el patrimonio y los aranceles por la elevación del IVA y su extensión a bienes de primera necesidad.
Recientemente, se ha buscado reivindicar la tributación progresiva. Algunos de los personajes que contribuyeron a su desmonte en los diferentes gobiernos, la presentan ahora como la formula mágica para corregir la concentración. Están exagerando. Después de cierto punto, el dispositivo introduce grandes ineficiencias en las economías desreguladas, toda vez que coloca a las empresas nacionales en desventaja con las externas, propicia salidas de capitales, facilita el contrabando y aumenta los gastos en divisas.
En las circunstancias actuales de la economía, no tiene ningún sentido elevar los recaudos fiscales. Luego del colapso de 1999, la economía no ha logrado salir del estancamiento, y la elevación del IVA o de cualquier otro gravamen acentuaría la anomalía. En unos casos comprimiría la inversión, en otros el consumo, y en cualquiera de ellos contribuiría a reducir el crecimiento y el empleo. Lo que hay que hacer es reducir las erogaciones de la deuda externa mediante el prepago con las reservas internacionales y apropiar recursos de emisión. Los dos dispositivos contribuirían a elevar el crecimiento del producto y generarían mayores recaudos que cualquier reforma tributaria.
Dentro de un marco de prioridad de la pobreza es indispensable acudir a la tributación progresiva. Sin embargo, no se puede esperar que los daños ocasionados por el mercado salvaje se puedan compensar con este dispositivo. Por lo demás, el libre mercado constituye una limitación para aplicarlo. En este sentido, la tributación progresiva es una condición necesaria para la equidad, pero de ninguna manera suficiente. Su eficacia está supeditada a la adopción de un mercado más regulado. De nuevo se demuestra que la solución de fondo a la pobreza y la concentración sólo podrá encontrarse dentro de un modelo que en conjunto actúe en la raíz de sus causas estructurales.
El ministro Carrasquilla viene realizando una política que es totalmente contraria a sus convicciones. El sumo se dio en las decisiones recientes para adoptar el régimen de tipo de cambio fijo. Luego de haber sido el promotor de la dolarización para evitar la emisión monetaria, el ministro acogió un régimen cambiario en el cual el Banco de la República se compromete a emitir indefinidamente para mantener el tipo de cambio por encima de un determinado nivel. En lugar de reconocer que sus concepciones económicas fracasaron y comprometerse con el cambio de cartilla anunciado por el presidente Uribe, se ha especializado en lanzar globos que no tienen ninguna viabilidad práctica y causan incertidumbre. Lo peor que se puede anunciar en este momento de desaceleración de la actividad productiva es una reforma tributaria fiscalista y regresiva.
COPYRIGHT © 2005 elespectador.com
|