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Los 400 años del Quijote.
por EL MILITANTE
Tuesday, Aug. 09, 2005 at 8:27 PM
| EL MILITANTE -
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| 400 aniversario de Don Quijote |
| España en la época
de Cervantes |
Autor : Alan Woods Fecha :
( 09-Agosto-2005 ) Categoria : Crítica de Libros
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Dondequiera
que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las
relaciones feudales, patriarcales, idílicas; ha desgarrado sin
piedad las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus
‘seres superiores’, para no dejar subsistir otro vínculo entre los
hombres que el frío interés, el cruel ‘pago al contado’”. (Marx y
Engels. El Manifiesto Comunista. Madrid. Fundación Federico Engels.
1996. p. 41).
“España conoció períodos muy
florecientes, períodos de superioridad sobre el resto de Europa y de
dominio sobre América del Sur. El poderoso desarrollo del comercio
interior y mundial iba venciendo el aislamiento feudal de las
provincias y el particularismo de las regiones. La fuerza e
importancia crecientes de la monarquía española estaban entonces
ligadas estrechamente al papel centralizador del capital comercial y
a la gradual formación de una ‘nación española’”. (Trotsky. La
revolución española y las tareas de los comunistas. 24 de enero de
1931)
Este año se celebra el 400 aniversario de la
primera publicación de Don Quijote, la mayor obra maestra de la
literatura española. La clase obrera, la clase que tiene el mayor
interés en la defensa de la cultura, debería celebrar
entusiastamente este aniversario. Fue la primera gran novela
moderna, escrita en un lenguaje que los hombres y mujeres corrientes
podían entender. Era uno de los libros favoritos de Marx y que
frecuentemente leía en voz alta a sus hijos. La lucha por el
socialismo es inseparable de la lucha por las ideas y la cultura. En
un gesto generoso el presidente Chávez ha ordenado la publicación de
una edición especial de dos millones de copias de la obra maestra de
Cervantes para distribuirlas gratuitamente. Por nuestra parte,
celebramos el aniversario analizando Don Quijote desde el punto de
vista del materialismo histórico.
La vida de
Cervantes
Miguel de Cervantes (1547-1616) es la
figura más famosa de la literatura española. Novelista, dramaturgo y
poeta con una considerable producción literaria, es recordado hoy
casi totalmente como el creador de Don Quijote. Cervantes nació en
Alcalá de Henares, una ciudad próxima a Madrid, en el seno de una
familia de la nobleza inferior. Su padre, Rodrigo de Cervantes, fue
cirujano y la mayor parte de su infancia Cervantes la pasó de ciudad
en ciudad mientras su padre buscaba trabajo. Su padre era bien
conocido en Valladolid, Toledo, Segovia y Madrid, por sus deudas.
Éstas le llevaron en más de una ocasión a la cárcel, un destino que
en aquella época era demasiado común. A primera vista la vida de
Cervantes era meramente una larga lista de fracasos: fracasó como
soldado, fracasó como poeta y dramaturgo. Más tarde encontró un
empleo como recaudador de impuestos, pero incluso esto fue un
desastre. Fue acusado de corrupción y terminó en prisión. Pero esta
amplia experiencia le permitió obtener de primera mano un
conocimiento de una gran variedad de tipos humanos y conocer desde
dentro la sociedad de la época. El interés por la escritura de
Cervantes se produce en 1568, cuando escribió algunos versos en
homenaje a Isabel de Valois, la tercera esposa de Felipe II, sin
duda con la intención de obtener dinero y favores. Pero su carrera
literaria fue interrumpida por el servicio militar. Después de
estudiar en Madrid (1568-1569), con el humanista Juan López de
Hoyos, en 1570 se unió al ejército español en Italia. Participó en
la batalla naval de Lepanto (1571), a bordo del barco de guerra
Marquesa. Herido en el brazo por un arcabuz, su mano izquierda quedó
inútil para el resto de su vida. Pero esto no le impidió unirse de
nuevo a la milicia otros cuatro años. Cansado de la guerra,
regresó a España en 1575, junto con su hermano Rodrigo en la galera
El Sol. Pero el barco fue capturado por los turcos y él junto a su
hermano fueron llevados como esclavos a Argel. Cervantes pasó cinco
años como esclavo hasta que su familia pudo conseguir el dinero
suficiente para pagar su rescate. Fue liberado en 1580. Después
de regresar a Madrid tuvo varios puestos administrativos temporales,
sólo regresó a la escritura relativamente al final de su vida.
Escribió obras como La Galatea y Las tratas de Argel, que trataba de
la vida de los esclavos cristianos en Argel y consiguió cierto
éxito. Aparte de sus obras, su trabajo más ambicioso en verso fue el
Viaje al Parnaso (1614). También escribió muchas obras de teatro,
sólo dos han sobrevivido, y novelas cortas. Pero ninguna de sus
obras le daban para vivir. Finalmente se casó. Cervantes se dio
cuenta de que una carrera literaria no le daba suficientes recursos
para mantener una familia. Así que se trasladó a Sevilla donde
consiguió trabajo como comisario de abastos de la marina. Sus
aventuras no se detuvieron aquí. Consiguió éxito pero también muchos
enemigos, como resultado sufrió largos períodos de prisión. En uno
de estos períodos de inactividad forzosa comenzó a trabar en el
libro que le daría fama eterna. La primera edición de Don Quijote
apareció en 1605. Según cuenta la tradición, fue escrito en la
prisión de Argamasilla en La Mancha. La segunda parte de Don Quijote
apareció en 1615. El libro fue un éxito y le granjeó a su autor
fama internacional, pero siguió siendo pobre. Entre los años 1596 y
1600 vivió principalmente en Sevilla. En 1606 Cervantes se asentó de
manera permanente en Madrid, donde permaneció el resto de su vida.
El 23 de abril de 1616 ¾ la
fecha en la que murió Shakespeare
¾ Cervantes murió en la pobreza en la calle de Madrid que
ahora lleva su nombre, sólo un año después de que apareciera la
segunda edición de Don Quijote. La obra maestra de Cervantes
parece haber comenzado su vida como una caricatura cómica de los
libros de caballería que eran populares en la época, pero era un
amplio reflejo calidoscópico de la época en la que vivió Cervantes.
Está lleno de vida porque refleja fielmente la vida de ese período
¾ un rico mosaico de un
mundo en transición ¾ , un
fermento de ideas y costumbres en conflicto y una variedad sin fin
de caracteres. La mayoría de sus personajes proceden de las clases
más bajas. Don Quijote fue un nuevo punto de partida en la
literatura: un dibujo de la vida real y las maneras escrito en un
lenguaje claro y cotidiano. Los lectores aclamaron la invasión del
lenguaje cotidiano en una obra literaria. A diferencia de muchos
de sus contemporáneos, Cervantes no tenía un patrón adinerado.
Dependía exclusivamente de sus lectores. Esta era una relación
totalmente nuevo entre el escritor y su público. Cervantes sólo
podía comer vendiendo sus libros y sólo podía venderlos escribiendo
en un tono que resonara en los corazones y las mentes de su público.
Esto lo consiguió brillantemente. Pocos libros en la historia han
reflejado tan fielmente el nuevo espíritu que se estaba
desarrollando en la sociedad. Para apreciar esto, es necesario tener
una idea aproximada de lo que era realmente la sociedad española de
esa época.
La España de Cervantes
“El descubrimiento de América, la
circunnavegación de África abrieron nuevos horizontes e imprimieron
nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias
orientales, la colonización de América, el intercambio con las
colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías
en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un
empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario
que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición”.
(El Manifiesto Comunista. Op. Cit. p. 40) La España de Cervantes
era una sociedad en transición. La unión de las coronas de Aragón y
Castilla consiguió, a través del matrimonio de Fernando e Isabel,
crear las bases para la unificación española y la creación de una
monarquía absolutista. La caída de Granada, el último reino morisco
de España, fue el acto final de la Reconquista que había durado
siglos. A esto siguió rápidamente el descubrimiento de América y el
ascenso de España como una potencia económica y militar dominante en
Europa. En la época en la que nació Cervantes Madrid sólo tenía
4.000 habitantes, aunque era comparable en tamaño a Toledo, Segovia
o Valladolid. El crecimiento de Madrid fue el resultado de los
fueros o derechos concedidos a la nacientes burguesía española de
los reinos de Castilla y León en el período medieval. En el siglo
XIV, Fernando VI trasladó la corte para aprovechar la caza, el clima
y el agua pura. También dio a la monarquía una base independiente,
libre del control de la nobleza provincial. Bajo Felipe I el
vasto aparato burocrático del estado absolutista se completó y
perfeccionó. Madrid se transformó y pasó de ser una villa
provinciana a una ciudad de 100.000 habitantes, llena de iglesias,
catedrales, palacios y embajadas. Para construir la ciudad, se
cortaron todos los bosques. La zona que había sido conocida por su
aire y agua pura se convirtió en un agujero pestilente. Las calles
de Madrid eran oscuras, estrechas y llenas de basura putrefacta, con
cerdos merodeando alrededor de la suciedad. La división arbitraria
de las casas, los palacios de mal gusto, las calles llenas de basura
y los cadáveres de animales, los barrios empobrecidos con su
atmósfera morisca, las casuchas de los pobres arremolinadas
alrededor de las casas de los ricos. En todas partes estaba el hedor
de la basura podrida y peor, fermentando en las calles donde se
abandonaba convenientemente bajo la cobertura de la oscuridad. La
corte de Madrid no era mucho mejor, según todas las crónicas, era
conocida como la más sucia de toda Europa. Algunos embajadores
extranjeros la comparaban con una aldea del interior de África.
Era un caldero hirviente de cambio social donde las viejas
clases se descomponían más rápidamente de lo que podían ser
sustituidas por las nuevas. La decadencia del feudalismo, junto con
el descubrimiento de América tuvo un efecto devastador en la
agricultura española. En lugar de un campesinado productivo
ganándose el pan con el sudor de su frente, nos enfrentamos a un
ejército de mendigos y parásitos, aristócratas arruinados y
ladrones, sirvientes monárquicos y borrachos, todos luchando por
vivir sin trabajar. La podredumbre empezaba por arriba. En medio
de toda esta pobreza y suciedad, ruido y miseria, la corte española
era considerada como la más brillante de Europa. Era un espectáculo
sin final de bailes, mascaradas y música. Los monárquicos españoles
vivían espléndidamente, a crédito. Raramente pagaban a sus
proveedores. Una cosa tan vulgar como el dinero apenas merecía
consideración para la aristocracia. La nobleza parasitaria vivía
en condiciones de tan célebre extravagancia que se hizo necesario
aprobar leyes contra el lujo excesivo en el vestir, muebles e
incluso sillines. Las autoridades incluso tuvieron que organizar la
quema pública de zapatillas decoradas, ligas de damas y ropas
adornadas. Algunos duques iban acompañados de 100 lacayos vestidos
de seda. Incluso los oficiales del ejército aparecían en público
vestidos con ricos jubones y chaquetas decoradas con cintas, joyas y
plumas. A pesar del barniz externo de piedad religiosa, muchos
nobles flirteaban públicamente con religiosas jóvenes y atractivas a
quienes encontraban en las calles. Se dice que el famoso retrato del
Cristo de Velazquez fue entregado como un regalo de penitencia por
Felipe IV por una de sus innumerables aventuras sexuales. Las damas
de la nobleza no eran mejor que sus hombres. Cuando la duquesa de
Nájera y la condesa de Medellín se pelearon, primero se lanzaron una
lista de insultos que habrían ruborizado a una verdulera y después
recurrieron con entusiasmo al argumento más penetrante del frío
acero. La corrupción era la norma, los funcionarios honestos
eran la excepción. La Iglesia y el Estado estaban llenos de un
auténtico ejército de parásitos y adláteres, todos luchando por
conseguir fortuna del bolso público. Muchos funcionarios vivían una
existencia precaria y estaban dispuestos a vender a su abuela por
unos pocos reales. La venta de cargos era la norma. Los ministros
particularmente corruptos eran satirizados en versos insidiosos,
pero lo normal era que no se prestara demasiada atención a un
fenómeno que eran tan común que llegaba a ser considerado normal.
La Armada Invencible
Felipe II
heredó un fabuloso y rico imperio pero que no estaba basado en
cimientos sanos. El ayudaría a socavarlo aún más con aventuras y
guerras exteriores. El Escorial fue un monumento a su régimen
burocrático desalmado. Aquí el espíritu del burocratismo intolerante
estaba mezclado con el fanatismo religioso: en parte palacio, en
parte monasterio, en parte mausoleo, ese era el centro
administrativo del vasto imperio. Detrás de los elevados muros de El
Escorial, Felipe II satisfacía sus fantasías imperiales,
construyendo, reparando y reconstruyendo constantemente sus palacios
reales, utilizando mármol y otros materiales costosos. La
nobleza se daba prisa para imitar el ejemplo de su monarca,
construyendo sus propios palacios. La explosión de la construcción
pronto diezmó los ricos bosques que habían cubierto la sierra de
Madrid desde tiempos inmemoriales. Estos grandiosos planes al final
llevaron a la bancarrota. Esa es la ironía central, la cumbre de su
poder y riqueza. España se dirigía de cabeza al declive y el
empobrecimiento. Un siglo después el orgullo hidalgo con agujeros en
su capa, la cartera vacía y el árbol genealógico tan largo como la
lista de sus deudas se había convertido en un personaje literario
común. Aunque España era la potencia dominante en Europa, su
desarrollo social iba por detrás del de Inglaterra, donde las
relaciones capitalistas en la agricultura ya estaban muy avanzadas
después de las conmociones de la Peste Negra y la Revuelta de
Campesinos de finales del siglo XIV, como explica Marx: “En
Inglaterra la servidumbre de la gleba, de hecho, había desaparecido
en la última parte del siglo XIV. La inmensa mayoría de la población
se componía entonces y aún más en el siglo XV de campesinos libres
que cultivaban su propia tierra, cualquiera que fuere el rótulo
feudal que encubriera su propiedad. En las grandes fincas señoriales
el arrendatario libre había desplazado al bailiff (bailío), siervo
él mismo en otros tiempos”. (Carlos Marx. El Capital. Volumen I.
Cap. 24). A principios del siglo XVI el capitalismo se había ya
desarrollado tanto en España como en Inglaterra. Sin embargo,
paradójicamente, el descubrimiento de América y su saqueo por parte
de España sirvió para asfixiar al capitalismo español en su
nacimiento. La afluencia de oro y plata de las minas esclavas del
nuevo mundo minaron el desarrollo de la agricultura, el comercio, la
manufactura y la industria española. Atizó el fuego de la inflación
y en lugar de prosperidad creó miseria. “Los nuevos
descubrimientos habían convertido el comercio terrestre con India en
comercio marítimo, las naciones de la península, que hasta ese
momento estaban alejadas de las grandes rutas comerciales, ahora se
convertían en los agentes y portadores de Europa”. (Prescott.
History of the Reign of Ferdinand and Isabella. p. 740). El
poder ascendente del capitalismo inglés necesariamente chocó con el
poder del imperio español. La corona inglesa, al principio por
piratería y después más abiertamente, desafió la supremacía española
en los mares. Poco a poco, los ingleses y los holandeses comenzaron
a poner pies firmes en el Caribe, sentando las bases para nuevos
imperios coloniales. El conflicto entre España e Inglaterra llegó a
su punto culminante cuando los ingleses enviaron ayuda militar a los
rebeldes protestantes holandeses que se habían revelado contra el
dominio español. Esto inevitablemente llevó a la guerra. El
poder de España recibió un duro golpe y su orgullo una dura sacudida
cuando en el verano de 1588 la Armada Invencible fue derrotada
mediante una combinación letal de barcos de guerra ingleses y
borrascoso tiempo atmosférico. De la noche a la mañana España se
encontró humillada por el emergente poder de Inglaterra. Esta
derrota tuvo un carácter simbólico, el viejo mundo del catolicismo
feudal estaba siendo rápidamente sustituido por el ascendente poder
del protestantismo capitalista en el norte de Europa. Los
últimos años de Felipe II fueron años de severo declive físico,
amargura y ansiedad. Las guerras sangrientas en Flandes parecían no
tener final a la vista. Murió en 1598, ocho años después de la
derrota de la Armada y con él murió la época en la que España era la
dueña de los destinos del mundo. Su hijo Felipe III fue un bufón
inútil, más interesado en los placeres de la caza (ya fuera de
jabalís salvajes o de bonitas actrices) que en los asuntos de
estado. Poco después de la muerte de su padre, se aproximó uno de
sus secretarios y le hizo la siguiente pregunta: “¿Qué debemos hacer
con la correspondencia, Señor?” y él respondió: “Ponedla en manos
del Duque de Lerma”. De este modo, el monarca absoluto se
convertía en el monarca ausente. Todo el poder real estaba en manos
de su ayuda de cámara, el Duque de Lerma. La decadencia interna de
España se aceleró aún más por la incompetencia y degeneración de su
casa real. Pero las verdaderas cusas del declive estaban en otras
partes. Los gobernantes reales de España eran caracteres adecuados
para esta tragicomedia de decadencia senil, nepotismo y corrupción.
España, que fue la primera nación unificada de Europa, y su
destacado poder económico y militar, fue derrotada por aquellas
naciones ¾ comenzando con
Inglaterra y Holanda ¾ que
habían entrado más decididamente en el camino capitalista y donde la
burguesía estaba luchando para conseguir el poder política. Las
inmensas riquezas arrancadas del alma de un continente entero
rápidamente fueron dilapidadas por la corte y su ejército servil de
zánganos aristócratas. Más allá de los muros de la corte había un
mar turbulento de miseria, empobrecimiento y desesperación, que
periódicamente estallaba en revueltas y disturbios violentos.
El Siglo de Oro
En este período
España era una colmena de actividad. Las cosas que ocurrían en casa
y en el extranjero alimentaban la imaginación de todos los hombres
de espíritu (y también de las mujeres). Este era el telón de fondo
del Siglo de Oro español. En España nunca las letras alcanzaron
cotas tan deslumbrantes como en esta época. En este período los
reyes y los nobles españoles tomaban bajo su patrocinio un gran
número de poetas, novelistas y pintores de la más alta calidad. El
mundo raramente ha visto tal galaxia de talento literario, con
nombres como los de Miguel de Cervantes, Félix Lope de Vega,
Francisco de Quevedo, Pedro Calderón de la Barca y Tirso de Molina.
Merece la pena mencionar aquí a los nombres más importantes. La
figura excepcional de la época fue Lope de Vega. Aunque descendía de
una familia aristocrática de Santander, Lope, como Cervantes, casi
siempre pasó dificultades económicas. Era un hombre de su época,
compartió sus triunfos y sus tragedias. Participó en la desastrosa
aventura de la Armada Invencible. Luchó un duelo mortal y como
resultado fue desterrado de Madrid. Se casó dos veces y tomó los
hábitos después de la muerte de su segunda esposa. Después de haber
amasado una considerable riqueza murió en 1635. Con esta
información vemos como su vida, al igual que la de Cervantes, estuvo
llena de aventuras, líos amorosos y viajes. Tan llena estuvo su vida
que nos preguntamos cuando tenía tiempo para escribir todo lo que
escribió. Escribió mucho, 2.000 obras que no tienen igual en la
literatura española. De éstas sólo 430 han llegado a nosotros. Entre
ellas hay clásicos como Fuenteovejuna (basada en un hecho real), El
mejor alcalde, el Rey y Peribañez o el Comendador de Ocaña. También
escribió poemas, épica y romances en prosa, además de obras
religiosas. En algunas de estabas obras vemos importantes
elementos sociales y políticos. Fuenteovejuna estaba basada en un
hecho real que implicaba una insurrección popular y Peribañez o el
Comendador de Ocaña ilustra la tiranía de las relaciones feudales en
la España rural. Aquí la gente corriente es presentada en estado de
rebelión permanente contra los señores feudales, pero la monarquía
es presentada como el aliado y el defensor de la población. En otras
palabras, tenemos aquí una expresión literaria del concepto del
absolutismo. La monarquía absolutista española, como en todas
partes, aumentó su poder a expensas de la nobleza equilibrándose
entre las clases. El contemporáneo de Lope, Pedro Calderón de la
Barca, fue un dramaturgo, un filósofo y un teólogo que escribió
entre otras cosas, La vida es sueño y El Alcalde de Zalamea. Era
igualmente popular pero menos prolífico que Lope. Nació en 1600 en
una familia acomodada, su padre era secretario del Tesoro y fue
educado en las prestigiosas universidades de Salamanca y Alcalá de
Henares. Más tarde participó en las campañas de Flandes y en la
supresión de la insurrección catalana de 1640. Se dice que al menos
tuvo un asunto amoroso ilícito y un hijo ilegítimo. Pero en 1651
expresó su deseo de entrar en un monasterio y sólo le detuvo la
intervención personal de Felipe IV. Las obras de Calderón tienen
un fuerte elemento moralizador y sus personajes están aquejados de
él. Están escritas en un estilo barroco. En El Alcalde de Zalamea y
El Médico y su honra el tema principal es el honor. Es el ideal
feudal de una sociedad cortesana que nunca había existido y, para
ser más exactos, no existía en aquella época. No es de extrañar que
Felipe IV, el príncipe de los rufianes, ¡fuera un ferviente
admirador! Su obra más famosa, La vida es sueño, es el título más
apropiado que se ha escrito para la época. La clase dominante
española estaba viviendo un sueño del que tuvo un duro despertar.
El nombre de Francisco de Quevedo es menos conocido fuera de
España, pero fue otro gran escritor del Siglo de Oro. Su nombre está
asociado a la sátira. Dejó tras de sí un cuadro vivo de la España de
la época en su obra maestra de lo que se conoce como literatura
picaresca: El buscón. Sus obras están caracterizadas por su humor
sutil, un espíritu crítico y están claramente enraizadas en los
acontecimientos del período trágico de la historia española en la
que estuvo destinado a vivir y escribir. Quevedo vio que el
declive de España estaba vinculado con la degeneración y corrupción
de la corte. La banda de parásitos que ocupaban El Alcázar de Madrid
era bien conocida para él por su experiencia como joven en la corte.
A la edad de 31 años decidió trasladarse a Italia para ocupar un
puesto en Nápoles como secretario del Duque de Osuna, pero cuando
más tarde éste cayó en desgracia Quevedo sufrió la prisión y el
exilio. Fue rescatado por el Duque de Olivares, el futuro ayudante
de Felipe IV con quien mantuvo una curiosa relación de amor-odio
durante el resto de su vida. Su obra El buscón es probablemente
la más hermosa novela satírica del siglo XVII. En su obra Sueños
describe la vida de la corte y la aristocracia. Esta obra no cayó
bien y fue encarcelado por sus críticas al círculo gobernante y el
Duque de Olivares. Cuando más tarde éste último cayó en desgracia,
Quevedo fue liberado de la cárcel pero murió en el olvido dos años
después, en 1645. La lista es larga pero mencionaremos sólo un
autor más de la época: Tirso de Molina. Este era el seudónimo del
fraile Gabriel Téllez, que más tarde nos dejó la inmortal historia
de uno de los personajes más inmortales (o más bien amoral) de la
literatura mundial: Don Juan, el personaje central de El burlador de
Sevilla. Es interesante que este sacerdote estuviera familiarizado
con la psicología femenina. En sus comedias de enredo (Don Gil de
las calzas verdes y el amor médico) la protagonista siempre es una
mujer.
La novela picaresca
“Los
expulsados por la disolución de las mesnadas feudales y por la
expropiación violenta e intermitente de sus tierras ese proletariado
libre como el aire , no podían ser absorbidos por la naciente
manufactura con la misma rapidez con que eran puestos en el mundo.
Por otra parte, las personas súbitamente arrojadas de su órbita
habitual de vida no podían adaptarse de manera tan súbita a la
disciplina de su nuevo estado. Se transformaron masivamente en
mendigos, ladrones, vagabundos, en parte por inclinación, pero en
los más de los casos forzados por las circunstancias. De ahí que a
fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI proliferara en toda
Europa Occidental una legislación sanguinaria contra la vagancia. A
los padres de la actual clase obrera se los castigó, en un
principio, por su transformación forzada en vagabundos e indigentes.
La legislación los trataba como a delincuentes "voluntarios":
suponía que de la buena voluntad de ellos dependía el que
continuaran trabajando bajo las viejas condiciones, ya
inexistentes”. (Ibíd..) Este fue el período que dio nacimiento
al más español de todos los géneros literarios: la novela picaresca.
El pícaro es un tramposo, un bribón y un aventurero que vive a costa
de su ingenio porque no tiene nada más de lo que vivir. Es el
producto de un período socio-histórico definido: el período de
transición producido por la decadencia del feudalismo. Aquí tenemos
los deshechos de un mundo en pleno proceso de disolución. La
decadencia del viejo orden provoca una situación caótica en la que
la vieja moralidad se resquebraja pero no hay nada que poner en su
lugar: de aquí el nihilismo alegre y moral del pícaro. La
sociedad española de la época nos presenta un rico mosaico de
canallas, ladrones y estafadores que probablemente no tiene igual en
la historia mundial. La filosofía de esta capa se puede resumir en
una sola palabra: supervivencia. La vida es una pelea alocada por
garantizarse los medios de subsistencia por cualquier método
posible. Su lema es: “Todo hombre para sí mismo y dejemos que el
diablo tome lo último”. En la segunda mitad del siglo XV Madrid
ya estaba establecida como “la muy noble y leal” capital de España.
La población comenzó a aumentar por la afluencia de forasteros
atraídos por la corte como las abejas a la miel o las moscas a
sustancias menos apetitosas. La novela picaresca reflejaba la
situación real en el período cuando el feudalismo español estaba en
declive. Los engaños del comerciante, la brutalidad de los soldados,
el fanatismo de los sacerdotes y la corrupción de los cortesanos,
estos eran simples hechos de la vida. Este complicado
calidoscopio era, en realidad, la expresión de una sociedad en
proceso de desintegración donde no era posible la síntesis. Junto a
la aristocracia con sus altisonantes títulos y monederos vacíos,
había una masa de elementos desclasados, mercenarios y aventureros.
Las calles de la capital estaban llenas de criminales, desertores
del ejército y fanfarrones de todo tipo y tamaño, portando espadas y
puñales. Ellos elegían la lucha o un monedero con igual entusiasmo.
Las bandas de ladrones eran activos por la noche y no era una buena
idea estar en la calle en las horas de oscuridad. Un cronista
contemporáneo se lamentaba: “No debe haber un rebelde, lisiado,
manco, cojo o ciego en toda Francia, Alemania, Italia o Flandes que
no descienda de Castilla”. Este es el verdadero contexto del que
surgió el Lazarillo de Tormes, el Buscón y por último, pero no menos
importante, El Quijote. Como estilo literario la novela picaresca
surge de la degeneración del romance de caballería, como los
prototipos humanos que surgen de la degeneración del feudalismo, es
sólo otra forma de expresar la misma idea. La decadencia del
feudalismo inevitablemente produjo una reacción contra los valores,
la moralidad y los ideales del feudalismo. Esta reacción se expresa
en la forma de ironía y ridículo; una perspectiva pasada de moda que
ha sobrevivido a sí misma, es ridícula por definición y por lo tanto
una fuente de humor. Estas páginas rebosan con todo tipo de vida
y personas con caracteres fuertes y coloristas. La clase de
antihéroe de la novela picaresca, como en el Lazarillo de Tormes, es
una caricatura de los héroes del romance caballeresco. En lugar de
un caballero con brillante armadura, es un joven mendigo ruin, una
figura familiar en la España de esta época. Aquí tenemos la
verdadera génesis de un género literario reconocible que aparece más
tarde en Gil Blas de Le Sage, Jonathan Wilde de Fielding y Barry
Lindon de Thackaray. Las páginas de El Quijote están llenas de
personalidades y situaciones tomadas del gran libro de la vida
mismo. El espíritu de este libro, con su sencillo realismo y alegre
optimismo, es claramente el del humanismo renacentista y no tiene
nada que ver en absoluto con la contrarreforma. Aquí nuestros ojos
se dirigen no hacia el cielo sino hacia la tierra y todas sus
riquezas. Su lema es: “Considero que nada humano me es ajeno”.
En El Quijote hay un fuerte elemento nacional. Es
intrínsecamente un libro español. No podía haber sido escrito en
ninguna otra parte. Aquí tenemos el profundo constante del sol y la
sombra tan característico del paisaje español que también se refleja
en la vida y el carácter del pueblo español. Pero esta explicación,
aunque es cierta, de ninguna manera agota la cuestión. No se puede
explicar plenamente la riqueza de la caracterización de Cervantes en
términos puramente nacionales. Para comprender correctamente a
Cervantes es necesario situarlo en su contexto social, económico e
histórico. Fue Marx quien señaló que los períodos de gran
transición histórica son particularmente ricos en “personajes”. Esto
es cierto tanto en Shakespeare como en Cervantes. La Inglaterra de
Shakespeare, como la España de Cervantes, estaba en medio de una
gran revolución social y económica. Era un cambio turbulento y
penoso, que sumió a una gran cantidad de personas en la pobreza y
creó en las ciudades una gran clase de elementos lúmpenproletarios
desposeídos: mendigos, ladrones, prostitutas, desertores y aquellos
que se codeaban con los hijos de los aristócratas empobrecidos y
sacerdotes apartados del sacerdocio para crear una reserva
interminable de personajes como Sir John Falstaff y el Lazarillo de
Tormes. Las escenas de taberna de dudosa reputación subidas de
tono en Don Quijote dan vida y color a la novela, mientras destaca
la contradicción central del período histórico. El pueblo normal
español es vivo y alegre de la misma forma que la nobleza está
muerte y es absurda. El tema central de El Quijote contiene una
verdad histórica fundamental sobre España en el período de
decadencia feudal. Los ideales de la caballería aparecen ahora tan
ridículos y una excentricidad anticuada en la naciente economía
capitalista, en donde todas las relaciones sociales, la ética y la
moralidad están dictadas por el nexo desnudo del dinero.
Un período de transición
“A él
[a Marx] le gustaba Cervantes y Balzac por encima de los demás
novelistas. En Don Quijote veía la época de la caballería moribunda
cuyas virtudes eran ridículas y se mofaban del mundo burgués
emergente”. (Paul Lafargue. Recuerdos de Marx). Toda clase
dominante alberga las mismas ilusiones en sí misma. En sus
imaginaciones son héroes conquistadores, cuando en realidad están
implicados en los asuntos más sórdidos y sucios. Marx, que admiraba
mucho el Quijote, escribía: “Con mucho, está claro, sin embargo,
que la Edad Media no podría seguir existiendo el catolicismo, ni la
política del mundo antiguo. Todo lo contrario, es el modo en el que
ellos ganaban su sustento lo que explica por qué aquí la política, y
allí el catolicismo, jugaron una parte importante. Por lo demás,
requiere un delicado conocimiento de la historia de la república
romana, por ejemplo, ser conscientes de que su historia secreta es
la historia de sus bienes raíces. Por otro lado, Don Quijote hace
mucho tiempo pagó la multa por imaginar equivocadamente que el
caballero andante era compatible con todas las formas económicas de
la sociedad”. Mientras que en Lope de Vega la vieja idea feudal
del honor es tratada con una seriedad letal, en Don Quijote se
convierte en materia de humor. Cervantes está mirando hacia delante,
mientras que Lope está mirando hacia atrás. Cervantes representa una
transición hacia una sociedad y moralidad capitalistas, basada en el
dinero y no en la categoría, mientras Lope mira hacia atrás
vehementemente a las certezas morales de un mundo desvaneciéndose
donde todo hombre conocía su lugar y la sociedad era mantenida por
un fuerte cemento de honor y obligaciones mutuas. Aún así, las obras
de Lope ya descubren las cartas: son una admisión tácita de que
estos valores han colapsado con la vieja sociedad que los ha
producido. La esencia del humor de Don Quijote es precisamente
las contradicciones generadas por la transición del feudalismo al
capitalismo, de una sociedad basada en el concepto del servicio
feudal, el honor y la lealtad, a una sociedad totalmente diferente
basada exclusivamente en las relaciones monetarias. El caballero
andante de Don Quijote entra en conflicto con la realidad social y
económica existente, de la misma forma que los sueños entran en
conflicto con la vida cotidiana. Esto es una expresión literaria de
la bancarrota de la aristocracia española, que disimulaba su pobreza
con un aura de nobleza gentil. Esa es la ironía de una clase social
que no comprende que está condenada y que las viejas formas ya no
pueden jugar ningún papel. Esta contradicción se nos descubre
absurda y por lo tanto cómica. Las personas pobres y supuestamente
ignorantes comprendían la verdadera situación y correctamente
atribuían el comportamiento de los caballeros a la locura. En
realidad es un tipo de locura, pero no se una locura individual sino
la de una clase social entera que ha sobrevivido su utilidad y que
no se reconcilia con este hecho, cuando en realidad es obvia. En
realidad, la España de la época estaba llena de hombres con grandes
nombres e impresionantes títulos que no tenía dos peniques. Había
incluso grandes terratenientes que eran poco más que mendigos. En el
primer capítulo tenemos ya una descripción de Don Quijote como
miembro de una nobleza que es más una sombra de sí misma, reducida a
la semipobreza y prestando escasa atención a los asuntos mundanos de
la producción agrícola: “Es, pues, de saber, que este sobredicho
hidalgo, los ratos que estaba ocioso ¾ que eran los más del año ¾ , se daba a leer libros de
caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto
el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda”.
(Miguel de Cervantes. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
2004. Editorial Espasa Calpe. Madrid. p. 25). Don Quijote no
tenía concepción del dinero. Exclamaba indignado: “¿Qué caballero
andante pagó pecho, alcabala, chapín de la reina, moneda forera,
portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura de vestido que le
hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que le hiciese
pagar el escote?” (Ibíd.., p. 384). Está fuera de la economía
monetaria, al menos en su mente. Si la sociedad se hubiera dejado a
la economía quijotesca pronto quebraría, ya que en aquel momento
nadie había oído hablar del crédito e incluso el orgulloso poseedor
de una tarjeta de crédito tarde o temprano se enfrentaría a la
necesidad nada agradable de saldar sus cuentas. En el episodio
de la venta en el tercer capítulo, Don Quijote había recibido una
lección de economía moderna del ventero que le preguntaba si llevaba
algo de dinero con él, a lo que Don Quijote respondió: “que no traía
blanca, porque él nunca había leído en las historias de los
caballeros andantes que ninguno hubiese traído. A esto dijo el
ventero que se engañaba; que, puesto caso que en las historias no se
escribía, por haberles parecido a los autores de ellas que no era
menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como
eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no
los trajeron, y así, tuviese por cierto y averiguado que todos los
caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados,
llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles; y
que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de
ungüentos para curar las heridas que recibían”. (Ibíd.. p. 37).
La lección estaba bien aprendida. Cuando inicia su segunda ronda
de aventuras, Don Quijote se asegurar estar bien provisto de la
moneda del reino, endeudándose mucho como resultado de ello. En el
capítulo siete se nos informa que: “Dio luego Don Quijote orden en
buscar dineros, y vendiendo una cosa, y empeñando otra, y
malbaratándolas todas, llegó una razonable cantidad”. (Ibíd.., p.
59). Esta era la historia de toda la aristocracia española y de la
misma España.
Sancho Panza
En
Don Quijote dos son los protagonistas y no uno. Junto al alto y
flaco caballero montado en un viejo caballo desvencijado hay un
campesino pequeño y gordo a lomos de una mula. Aquí está uno de los
grandes dúos de la literatura mundial, tan inseparables como la sal
y la pimienta. ¿Qué decir del otro personaje de la novela? Sancho
Panza es un pobre trabajador agrícola, un vecino de Don Quijote,
“hombre de bien ¾ si es que
este título se puede dar al que es pobre ¾ , pero de muy poca sal en la
mollera”. (Ibíd.., p. 59). La ausencia de sabiduría de Sancho es
presumiblemente lo que lleva a seguir a su amo medio loco. Pero a
cada paso es el campesino ignorante el que comprende la verdadera
situación e intenta demostrárselo a su amo, que naturalmente se
niega a creerlo. En esto también hay implicaciones filosóficas.
La filosofía dominante en la España de Cervantes no había avanzado
más allá del escolasticismo de la Edad Media, una versión
vulgarizada de Aristóteles mezclada con el idealismo de Platón. Los
únicos avances reales de la filosofía en la Edad Media los hicieron
los filósofos islámicos y los científicos de Al Andalus, pero como
la España cristiana sólo había surgido de una larga guerra de
conquista en el sur de los moros, estas ideas eran un anatema para
ella. La Iglesia ejercía un dominio completo de la filosofía, como
sobre todos los demás aspectos de la vida intelectual excepto de la
literatura. Los filósofos escolásticos cristianos pasaban una
extraordinaria cantidad de tiempo debatiendo de cosas como el sexo
de los ángeles y cuántos ángeles podrían bailar en la cabeza de un
alfiler. Cervantes parodia las disputas universitarias en la
divertida parodia del yelmo de Mambrino. Sin embargo, el propio Don
Quijote es un idealista filosófico. En el capítulo diez pronuncia
uno de sus discursos habituales sobre los principios de la
caballería andante, donde demuestra más allá de toda sombra que los
caballeros andantes (y por tanto sus escuderos) no necesitaban
comer: “Hágote saber, Sancho, que es honra de los caballeros
andantes no comer en un mes, y, ya que coman, sea de aquello que
hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído
tantas historias como yo; que aunque han sido muchas, en todas ellas
no se ha hallado hecho relación de que los caballeros andantes
comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les
hacían, y los demás días se los pasaba en flores. Y aunque se deja
entender que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros
menesteres naturales, porque, en efecto, eran hombres como nosotros,
hase de entender también que andando lo más del tiempo de su vida
por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más
ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como las que tú
ahora me ofreces. Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí
me da gusto; ni querrás tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería
andante de sus quicios”. (Ibíd.., p. 79). Sin embargo, Sancho
Panza es un convencido materialistas filosófico y no hará caso de
ninguna de estas palabras: “¡Gran Merced! ¾ dijo Sancho ¾ ; pero sé decir a vuestra
merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo
comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y
aún, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi
rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los
gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso marcar despacio,
beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni tose si me viene
gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen
consigo. Así que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere
darme por se ministro y adherente de la caballería andante, como lo
soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas
que me sean de más cómodo y provecho; que éstas, aunque las doy por
bien recibidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo”.
(Ibíd.., p. 81). Sancho Panza, se presenta, después de todo, no
como un ignorante. Sus palabras contienen el sentido común sencillo
de las masas. Tiene los pies firmemente en la tierra. Vive en el
mundo real, el que hace mucho tiempo ha abandonado Don Quijote.
Come, bebe, estornuda, duerme y realiza todas las demás funciones
corporales que su maestro idealista trata con desprecio. En
realidad, Sancho está principalmente preocupado por su panza, hasta
el punto en que pregunta a su amo sobre el jornal de los escuderos
de los caballeros andantes. En otra parte Don Quijote dice: “debería
haber recordado, por experiencia, que la palabra de un campesino
está regulada no por el honor sino por el beneficio”.
La Iglesia
En los siglos XV y
XVI la España católica estaba en la vanguardia de la reacción
europea. Era la época de la Reforma ¾ y la Contrarreforma ¾ . La Sagrada Iglesia Romana
estaba en el centro del orden establecido y luchaba ferozmente para
defender su poder y privilegios contra el espíritu de la nueva
época. En su batalla sangrienta por las almas de los hombres, las
armas utilizadas no fueron los simples discursos sino la espada y el
fuego. Se tomaron muy en serio las palabras de La Biblia: “No he
llegado para traer la paz sino la espada”. La Iglesia Católica
Romana era todopoderosa en España ¾ una realidad enfatizada por el
hecho de que el Cardenal Cisneros se convirtió en regente después de
la muerte de Fernando ¾
Sólo después de dos años en el gobierno nombró rey a Carlos,
el nieto de los monarcas católicos Fernando e Isabel. Carlos comenzó
una política centralizadora, parte de ella fue convertir a Madrid en
capital y que continuó su hijo Felipe II con la construcción de El
Escorial en la sierra de Madrid e incluso ocasionalmente participó
en la supervisión del trabajo en él. Era una sociedad dominada
por el sacerdote. Esto llevó al establecimiento de la Inquisición y
la Sociedad de Jesús (los jesuitas), fundada por el fanático vasco
San Ignacio de Loyola como tropas de choque militantes de la
Contrarreforma. Felipe II estaba tan dominado y obsesionado por la
religión que fue incapaz de tomar la más mínima decisión política
sin consultar primero con sus sacerdotes. Madrid y las otras
ciudades españolas estaban llenas de instituciones religiosas,
iglesias, monasterios y conventos para las órdenes sagradas como las
Descalzas, monjas descalzas que se mortificaban de la manera que
indica su nombre. En la recién construida Plaza Mayor de Madrid,
había todo tipo de juegos y espectáculos para el entretenimiento y
edificación de la opinión pública, incluido el más espectacular de
todos: el auto de fe. La religión impregnaba cada poro de la
sociedad española sin producir ningún efecto evidente en la moral
pública. Las órdenes inferiores, aunque exteriormente devotas,
estaban obsesionadas con el fetichismo supersticioso que no tenía
nada para inculcar un sentido de moderación en su conducta. Miles se
reunían en la Plaza de la Cebada para escuchar los desvaríos de
algunos frailes medio locos. La obsesión por la idolatría les
inducía a raspar el yeso de los muros de las iglesias para
guardarlos como reliquia. Sin embargo, el ambiente dominante de
fanatismo religioso no impidió la epidemia general de robo,
violación, asesinato, peleas y duelos que estaban en el orden del
día. Del reino de la miopía religiosa fanática de Felipe II al del
disoluto Felipe IV, la inmoralidad alcanzó su cenit más
espectacular. La propia iglesia reflejaba la moral general de la
época. Había casos de frailes implicados en robos, violaciones y
asesinatos. Los duelos se producían cada día por docenas. Por las
noches las calles eran prácticamente intransitables, la iluminación
de la ciudad estaba limitada a esas lámparas que parpadeaban ante
las imágenes de las vírgenes y santos en los muros exteriores de las
casas. La iglesia, que supuestamente debía actuar como el
guardián de la moral pública, en realidad era un semillero de
intriga política. Su insistencia fanática en el sostenimiento por
cualquier medio de la supuesta pureza doctrinal de la iglesia era en
realidad un medio de fortalecer el control de la iglesia sobre cada
uno de los aspectos de la vida y comportamiento humano. Esta
dictadura espiritual, apoyada por la Inquisición ¾ la Gestapo de la Edad
Media ¾ era sólo otra
manifestación del estado burocrático que gobernaba España y presidía
sobre sus ruinas. La intolerancia y el fanatismo estaban en el
orden del día. Después de la conquista de Granada, los musulmanes
fueron obligados a convertirse o sino debían abandonar España.
Muchos se convirtieron para seguir en su hogar, pero fueron
sometidos a todo tipo de restricciones molestar y controles bajo la
mirada escrutadora de la Inquisición. Llegaron incluso hasta obligar
a cada familia morisca a mantener un jamón colgado en la cocina e
incluso crearon una “policía del jamón” que inspeccionaba la
cuestión antes mencionada en intervalos regulares para garantizar
que se consumía entero. En El Quijote Cervantes se atreve a hablar
con simpatía de los moriscos. Cuando Don Quijote pronuncia las
famosas palabras a Sancho: “Con la Iglesia hemos topado, Sancho”,
creó una expresión que se convirtió casi en un refrán popular en
España. Mientras Don Quijote estaba bastante preparado para atacar a
los molinos de viento, tenían que pensárselo dos veces enfrentarse a
la Iglesia. Por supuesto, en una época en que la Inquisición quemaba
a hombres y mujeres por las ofensas más triviales, Cervantes tenía
que andar con cuidado y cubrirse las espaldas con declaraciones de
su fe. Pero está muy claro que su actitud, al menos hacia la
religión organizada, era crítica, si no abiertamente hostil. Si se
lee Don Quijote cuidadosamente, es inmediatamente evidente que las
críticas a la Iglesia aparecen como un hilo rojo a través de todo el
libro. En el capítulo cinco la sobrina de Don Quijote dice: “Más
yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de
los disparates de mi señor tío, para que lo remediaran antes de
llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados
libros, que tiene muchos, que bien merecen ser abrasados como si
fuesen herejes”. (Ibíd.. p. 49). Esto se lleva a cabo debidamente en
otro capítulo, cuando uno por uno los libros de Don Quijotes son
lanzados a las llamas: “Aquella noche quemó y abrasó el ama
cuantos libros había en el corral y en toda la casa, y tales
debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos archivos, más
no lo permitió y suerte y la pereza del escrutiñador, y así se
cumplió el refrán en ellos de que pagan a la veces justos por
pecadores”. (Ibíd.., p. 58). Esta es muy claramente una parodia
de los autos de fe de la Inquisición que llenaban las plazas
centrales de las ciudades españolas con el hedor de la carne
ardiendo. En estas ceremonias brutales a menudo era el inocente el
que sufría, mientras el culpable presidía el espectáculo. En otras
ocasiones, también, Don Quijote habla con mordaz desprecio sobre la
Iglesia. En la época donde la Santa Inquisición tenía el poder
absoluto sobre la vida y la muerte, era muy valiente, incluso
temerario, adoptar esa actitud. En el capítulo XIII alguien dice que
los monjes cartujos también vivían una vida austera como los
caballeros andantes: “Tan estrecha bien podía ser ¾ respondió Don Quijote ¾ , pero tan necesaria en el
mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda”. (Ibíd.. p. 93).
Una espíritu rebelde
Leyendo
entre líneas es posible detectar elementos de crítica social en casi
cada página de El Quijote. El espíritu de rebelión está presente
desde el mismo principio. En el prólogo del autor leemos: “Ni
eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu
libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres
señor de ella, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que
comúnmente se dice, que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo
cual te exenta y hace libre de todo respecto y obligación; y así,
puedes decir de la historia todo aquellos que te pareciere, sin
temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que
dijeres de ella”. (Ibíd.. p.13). Don Quijote también es un
comunista instintivo. En su discurso a algunos cabreros incrédulos
habla sobre un tiempo hace mucho tiempo pasado de oro, cuando todas
las cosas eran de propiedad común: “Dichosa edad y siglos
dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y
no porque en ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se
estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino
porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras
de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a
nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar
otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle las robustas encinas,
que libremente les estaban convidando con su dulce y sazonado
fruto”. (Ibíd.., p. 81). Él contrasta esta edad dorada cuando
todas las cosas eran propiedad común con la presente época en la que
el dinero y la concupiscencia determinan cada aspecto de la vida y
el pensamiento: “Y ahora, en estos nuestros detestables siglos,
no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo
laberinto, como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por
el aire, con el celo de la maldita solicitud se les entra la amorosa
pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para
cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia,
se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las
doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los
menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien
agradezco el agasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi
escudero. Que, aunque por ley natural están todos los que viven
obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber
que sin saber vosotros esta obligación me acogisteis y regalasteis,
es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra”
(Ibíd.., p. 82). Fue un golpe maestro de Cervantes poner lo que
sería una muy atrevida crítica social en boca de un loco. Todo
revolucionario en la historia ha sido considerado un loco por sus
contemporáneos. Para la mayoría de las personas es racional aceptar
el status quo y aquel que no acepta el orden existente es irracional
¾ loco ¾ por definición. Hegel
escribía: “Todo lo que es real es racional y todo lo que es
irracional es real”. Y esa frase ha sido tomada como una
justificación absoluta del status quo. Pero Engels explica que para
Hegel no todo lo que existe también es real, sin más calificación.
Para Hegel el atributo de realidad pertenece sólo a lo que al mismo
tiempo es necesario. “En el curso de su desarrollo la realidad
demuestra ser una necesidad”. Eso que es necesario ser
demostrado en última instancia debe ser racional. Sobra
decir que para un marxista todo lo que existe lo hace por alguna
necesidad. Pero las cosas constantemente cambian, evolucionan, se
modifican y engendran contradicciones internas que finalmente llevan
a su destrucción. Por lo tanto, pierden la cualidad de necesidad y
entran en contradicción con ella. El terreno comienza a moverse bajo
los pies del orden establecido. Aquellas personas que se consideran
los más realistas ahora se convierten en el peor tipo de utópicos
reaccionarios, mientras que aquellos que eran considerados como
soñadores y locos, se convierten en las únicas personas cuerdas de
un mundo que se ha vuelto loco. En un período histórico cuando
un sistema socioeconómico caduco está en declive, la ideología, la
moralidad, los valores y la religión que anteriormente eran el
pegamento que mantenía unida a la sociedad, pierden su poder de
atracción. Las viejas ideas y valores se convierten en objeto de
ridículo. Las personas que se aferran a ellos se convierten en
objeto de burla, como Don Quijote. La naturaleza relativamente
histórica de la moralidad se hace evidente. Lo que era malo se
vuelve bueno, lo que era bueno se vuelve malo.
El
largo e ignominioso declive de España
“El
descubrimiento de América, que al principio fortaleció y enriqueció
a España, se volvió pronto contra ella. Las grandes rutas
comerciales se apartaron de la Península Ibérica. Holanda,
enriquecida, tomó la delantera a España. Después de Holanda fue
Inglaterra quien adquirió una posición aventajada sobre el resto de
Europa. Era la segunda mitad del siglo XVI, España se aproximaba a
la decadencia. Después de la destrucción de la Armada Invencible
(1588), esta decadencia revistió ¾
por así decirlo ¾ un
carácter oficial. Nos referimos al advenimiento de ese estado de
feudalismo burgués en España que Marx llamó ‘la putrefacción lenta y
sin gloria’”. (Trotsky. La revolución española y las tareas de los
comunistas. 24 de enero de 1931). Por debajo de la superficie
toda la brillantez de las conquistas de España, los cimientos de
este edificio imponente ya estaban desmoronándose. Todo el tejido de
la sociedad estaba corrompido. A pesar de la peligrosa situación de
las finanzas españolas, se decidió reanudar la guerra con Holanda.
Para conseguir un ejército de mercenarios en España y Alemania, el
Tesoro acuñó moneda falsa en forma de vellón, una medida que llevó
inevitablemente a una explosión de la inflación. El colapso final
llegó lenta e ignominiosamente. No sólo se devaluó la moneda. La
monarquía estaba totalmente corrupta y la corte no era otra cosa que
un pozo negro de inmoralidad y vicio. En el reinado de Felipe IV la
inmoralidad de la corte española alcanzó niveles escandalosos. El
propio monarca, cuando no estaba ocupado cazando en El Pardo, El
Escorial y Aranjuez, se pasaba el tiempo en numerosos asuntos
amorosos y se rodeó de un auténtico ejército de meretrices, amantes
e hijos ilegítimos. Fue padre de numerosos hijos ilegítimos, el más
famoso fue Don Juan José de Austria, a quién engendró con una famosa
actriz cómica conocida como La Caldonera. La reina, por su parte, no
mantenía en secreto a su amante: el Conde de Villamedina. El
destacado poder de la Contrarreforma, España estaba mirando atrás,
intentaba detener el flujo de la historia, aplicando una política
quijotesca. Y como Don Quijote, no consiguieron detener el reloj,
sino sólo condenarse al declive, la derrota y la decadencia a todos
los niveles. España ya era un gigante con pies de barro y sus
aventuras militares en los Países Bajos fueron el golpe del último
clavo de su ataúd. En un breve espacio de tiempo Holanda se liberó
del abrazo mortal de España, que pronto se encontró siendo la
víctima de una agresión militar exterior, humillada y aplastada por
las naciones que anteriormente habían sido sus inferiores. La
Inquisición se habían convertido en todopoderosa, presidiendo un
reinado de terror, basado en los métodos habituales de la tortura y
las hogueras. En 1680 la Plaza Mayor fue el escenario del auto de fe
más espectacular. El hedor de la carne quemada envenenó el alma y
pervirtió la mente de España. El oscurantismo penetró en los más
altos niveles del estado. Este ambiente reinante se reflejó en el
arte de ese período, un arte que, con unas pocas excepciones
destacables, estaba impregnado con un espíritu de fanatismo miope y
sin sentido. El declive de España es una ilustración gráfica de
cómo una sociedad que es incapaz de desarrollar las fuerzas
productivas puede caer víctima de su propio éxito. “El orgullo llega
antes de la caída” dice un refrán. La arrogancia de la España
imperial tiene un homólogo moderno en la arrogancia de EEUU hoy.
Igual que España era la nación más poderosa y rica de la tierra en
el siglo XVI, EEUU lo es hoy. Igual que España era el centro
neurálgico de la contrarrevolución mundial entonces, EEUU lo es hoy.
Igual que España se excedió en aventuras militares extranjeras que
agotaron su fuerza y vaciaron sus arcas, EEUU está sobrepasándose
hoy a escala mundial. Los paralelismo son obvios y se extienden
a la esfera de la ideología y la religión. George W. Bush es un
fanático religioso miope, como lo era Felipe II, y cada acto está
determinado para establecer una dominación mundial absoluta. Estos
paralelismo no son causalidad. Estamos viviendo un período de gran
cambio histórico, un período de transición, similar al final del
siglo XVI. Pero mientras que en aquella época el mundo estaba
presenciando el desmoronamiento del feudalismo y el movimiento
irresistible hacia el capitalismo, ahora estamos viendo la agonía
mortal del capitalismo y un movimiento igualmente irresistible hacia
una nueva sociedad que nosotros llamamos socialismo. Aquellos
que tienen el valor de decirlo son calificados de utópicos,
soñadores y locos. Los que compartimos ese honor con Don Quijote,
nos encontramos tan poco cómodos en el mundo del capitalismo como
nuestro ilustre antepasado. Pero a diferencia de él, no buscamos dar
marcha atrás al reloj o regresar a una edad dorada que nunca
existió. Todo lo contrario, deseamos fervientemente avanzar hacia
una nueva fase y cualitativamente superior de desarrollo humano.
No tenemos necesidad de sueño e ilusiones, preferimos mantener
los pies sobre la tierra. En ese aspecto, al menos, estamos más en
la tradición de ese gran proletario de gran corazón y con sentido
común que era Sancho Panza. Pero compartimos con el caballero de La
Mancha un feroz odio hacia la injusticia en todas sus formas.
Compartimos su capacidad de elevarse por encima de la miope pequeñez
del filisteísmo burgués, deseamos un mundo mejor al que vivimos
ahora, y compartimos valor de luchar para cambiarlo.
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