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Las metas para 2019
por Eduardo Sarmiento P.
Saturday, Aug. 13, 2005 at 7:19 PM
Frente a las diferencias entre las predicciones y la realidad, mal podría suponerse que la solución se reduce a establecer metas más ambiciosas.
El Gobierno celebró el 7 de agosto con un conjunto de metas para el año 2019. No es usual que una administración en el último año del cuatrienio presente las directrices cuantitativas de las cuatro administraciones siguientes.
El procedimiento, sugerido en la Constitución, consiste en presentar los programas en las campañas políticas y, después, a quien obtiene el favor de las mayorías le corresponde convertirlo en planes de desarrollo, que bien pueden tomar la forma de ley.
Así, las políticas son el resultado de una consulta a la opinión y la preferencia de los votantes. Dentro de la nueva visión, los gobiernos quedan obligados a continuar con las directrices de los anteriores. La determinación de los programas pasa de los votantes a la burocracia.
La propuesta oficial se limita a presentar metas ambiciosas, cuya conveniencia nadie niega. En efecto, se proponen tasas de crecimiento de 6%, disminución de la pobreza a 20%, desempleo de 5% y cobertura total de la salud. La prueba de la inviabilidad se deja a los analistas y críticos.
En ninguna parte se profundiza sobre las características y los medios concretos requeridos para alcanzar el resultado. En el fondo, se trata de un ejercicio mecánico de predicción. No existe una teoría que descomponga todo en partes, establezca la relación entre ellas e identifique los medios para lograr los propósitos cuantitativos.
La falta de modelo y de teoría trata de subsanarse con abstracciones y términos psicológicos, como la seguridad, la confianza, la solidaridad y el consenso. Aparte de los cálculos rutinarios de inversión y exportaciones que estuvieron de moda a mitad del siglo XX, los aspectos físicos, como el avance tecnológico, la industrialización, el aprendizaje en el oficio del mercado interno, no se tratan mayormente, y mucho menos se articulan dentro de un marco general.
Supuestamente, las altas tasas de crecimiento son el resultado de la voluntad oficial, la confianza de la sociedad y el mercado. No es necesario profundizar para advertir que no hay razón teórica y empírica que justifique tal diagnóstico. Los ejemplos que se dan para sustentar lo de España y otros países no pasan de ser anécdotas o conjeturas.
La lectura del fracaso del Consenso de Washington revela un camino distinto. En la administración Pastrana se estableció una meta de crecimiento de 4,5% y al final resultó de 0,5%. Hace un año, en las tertulias de la Casa de Nariño, el Presidente pronosticó que la economía avanzaría por encima de 5% y no ha llegado a 4%. Frente a estas monumentales diferencias entre las predicciones y la realidad, mal podría suponerse que la solución se reduce a establecer metas más ambiciosas.
Lo que se plantea es un modelo que produzca mejores resultados. Es necesario sustituir la obsesión del libre intercambio por una política de industrialización que aumente el valor agregado en las exportaciones, fortalezca el mercado interno y amplíe el contenido de mano de obra, al igual que reemplazar el Banco Central autónomo de un solo instrumento, la tasa de interés, y un solo objetivo, la inflación, por otro de varios instrumentos y múltiples objetivos, entre ellos la producción, el empleo y la estabilidad de la balanza de pagos.
El tratamiento de la equidad es desafortunado. De acuerdo con las creencias del Banco Mundial, la pobreza y distribución del ingreso aparecen como un problema de crecimiento. La reducción de la pobreza se confía al logro de altas tasas de crecimiento y a su goteo en los grupos desfavorecidos, y como el primer efecto es incierto y el segundo se ve debilitado con las tendencias a la concentración, en la práctica queda relegado a un segundo plano.
La gravedad de la dolencia demanda la intervención directa sobre sus causas, como la estructura productiva que no genera empleo ni consumo masivo, los sesgos de los mercados que concentran las oportunidades en el 10% más rico y la ineficacia de la política social para llegar a los sectores mas necesitados.
Curiosamente, no se ha avanzado en los últimos treinta años en las técnicas de planeación. Se ha regresado al método de establecer como metas los resultados obtenidos en los llamados países exitosos y, luego, en el camino replicar sus elementos sobresalientes.
Como la ciencia económica no es universal y las condiciones económicas varían de un lugar a otro, el proceso de desarrollo se vuelve un juego de azar. Lo que se requiere es una teoría que precise las características que producen los resultados de los países milagro, determinar cuáles de ellas son imitables en Colombia, definir los instrumentos requeridos para lograrlas y agruparlos dentro de un modelo coherente. En este contexto, las metas serían el resultado de las realidades propias y de los medios posibles, y no al revés.
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