La fulminante destitución del comandante del Ejército en la madrugada del 21 de febrero y el zafarrancho que esto trajo, es una señal ominosa de la encrucijada en que está entrando el manejo militar del gobierno Uribe.
El suceso tiene dos aspectos estrechamente enlazados con los elementos esenciales de esta administración. Por una parte, las exigencias desproporcionadas que se vienen haciendo a la cúpula castrense para que satisfaga la obsesión guerrerista de derrotar a la guerrilla, bandera del sistema. Por otra parte, la revelación de los métodos brutales que se utilizan al interior de las Fuerzas Armadas con el declarado propósito de hacer de éstas el instrumento eficaz de esa hipotética victoria militar.
El tratamiento inhumano que se da a los soldados no es nada nuevo. Hace parte de una concepción primitiva de la disciplina castrense, en el espíritu de los ejércitos tradicionales. Lo distinto es su intensificación extrema como consecuencia de las exigencias perentorias de registrar los llamados “positivos” en la guerra contrainsurgente, cuando se deben “endurecer” los reclutas en pocas semanas, para afrontar la larga lucha contra la guerrilla. Se pretende insuflar patriotismo por la vía de los golpes y las torturas, en un Ejército cuasi profesional cuya función declarada es garantizar la “seguridad democrática” a los usufructuarios de la riqueza nacional.
Pero este incidente puede tener una lectura de más amplio significado. La intensificación de las presiones sobre los comandantes militares para obtener resultados “rapidito”, como dice el Presidente, está desgastándose como método para lograrlos en el corto plazo, sobre todo ante los evidentes reveses en su aplicación. Está llegando a su límite la infinita repetición de cifras sobre entregas, muertos, heridos y presos de la guerrilla. Crecen al tiempo, deserciones, descontento, participación en delitos, en narcotráfico y contrabando, del lado de las tropas. Todo lo cual tendrá que reflejarse en estados de ánimo, inconformismo y fracasos por parte de los altos mandos.
¿Hasta dónde podrá llegar esta situación? Los patrocinadores del proyecto uribista tratarán de forzar sus propósitos por el lado del autoritarismo y de la reestructuración reaccionaria del sistema, incluso proyectando al poder a los cuadros militares, cuya importancia crece en proporción con el aumento del conflicto. Pero en igual medida, están presentes, cada vez con nuevos perfiles, los elementos de acción y de unidad del movimiento popular y las aspiraciones de cambio que se rotulan bajo el lema del Polo Democrático Alternativo, en unión con otras formaciones independientes y aún con sectores tradicionales que no se tragan el cuento de la reelección y de la colusión con el paramilitarismo.
En fin de cuentas, este es el núcleo duro de la actual campaña electoral. De allí su significado y la necesidad de ganar posiciones en el avance de la izquierda y de los sectores cercanos a ésta.