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La Calera
por Alfredo Molano Bravo
Saturday, Sep. 02, 2006 at 5:11 PM
El Valle del río Teusacá, al oriente de Bogotá, era hasta hace no muchos años apacible, verde y paramoso. Había cuatro o cinco haciendas grandes, y muchas fincas campesinas.
Se cultivaba papa, trigo y haba. Por el camino de herradura que unía el pueblo con la capital se veían los miércoles y los sábados recuas de bestias llevando cáscara de encenillo –rica en taninos– para las curtiembres, o leña para las estufas y chimeneas de Chapinero.
Era un pueblo no sólo conservador, sino godo, dominado por mucho tiempo por el terrible general Amadeo Rodríguez, quien asesinó en la Cámara al representante Gustavo Cadena y dejó baldado de por vida a Soto del Corral. La fábrica de Cementos Samper, fundada a fines del siglo XIX, era la fuente fiscal del municipio.
Salvo los ocho fusilados el 9 de abril por el general en el Alto de las Tres Cruces, nada pasaba en el pueblo ni en sus veredas. En 1946, la fábrica comenzó a reemplazar el cable aéreo en que transportaba el cemento a Bogotá por una carretera trazada sobre el antiguo camino real. Las recuas seguían bajando leña. En los años 60 rectificaron y pavimentaron la vía.
La tierra se valorizó y poco a poco los campesinos fueron vendiendo sus fincas y los compradores edificaron sus quintas. La electrificación rural aceleró la sustitución de campesinos por residentes; la yunta de bueyes desapareció, las recuas también, y una red de pequeñas carreteras tasajeó los cerros y el valle. En el municipio aparecieron votos liberales. A la orilla de la carretera central se abrieron restaurantes de fin de semana. Bogotá se trepaba por los cerros.
El barrio del Chicó creció hacia los cerros, con Bessudo a la cabeza; las urbanizaciones –de ricos y de pobres– no sólo destrozaban los montes y los nacederos de agua, sino se tomaban hasta las bermas de la vía. Aparecieron moteles, carpinterías, tiendas de grano y líchigo, bares. El Barrio San Luis era protegido por políticos y negociantes en tierras. Un poeta pobre compró un retazo de páramo para esconder el abandono de la musa; una maestra de escuela jubilada, una casa vieja para poner un kínder. Se creó una pomposa e inútil Oficina de Planeación Municipal con más empleados que oficio.
Los calerunos dejaron de montar en la flota para bajar a Bogotá en buseta. El teléfono llegó. Las quintas aparecían por todas partes como los hongos en invierno. Los pozos sépticos se multiplicaron. Las aguas del Teusacá se contaminaban y las quebradas se secaban. La urbanización de los bordes de la carretera la estrechaban cada vez más sin que ninguna oficina de planeación interviniera.
El tránsito crecía aparatosamente. Las mulas cementeras, los buses y busetas, las volquetas y los particulares formaban cada vez una fila más larga en el semáforo de la 84 con séptima, tanto para entrar a la carretera como para salir de ella. El negocio pintó. El Gobierno ‘concesionó’ –verbo de moda– la carretera. Se montó el peaje. Al lado, la Policía de Tránsito montó también su entable. Los negocios de tierra se dispararon con las bonanzas, el “adelgazamiento del Estado”, la impunidad. Por los pocos caminos de herradura que el progreso había dejado, aparecieron cabalgatas tricolores con jinetes de poncho y sombrerito aguadeño, con aguardiente y voladores.
Los restaurantes se volvieron bares de moda y discotecas de reguetón. El poeta pobre se volvió un pobre poeta; la maestra vendió el kínder a un colegio bilingüe y ecológico. Hoy hay una docena de urbanizaciones en marcha y otras tantas en proyecto. Miles de casas con pretensiones de edificio se extienden por las lomas. Los campesinos son ahora agiotistas y constructores. Todo lo que no se puede hacer en Bogotá, se permite –con aplauso– en La Calera.
La Alcaldía es un botín electoral. Los contratos se desgranan de sus oficinas. Las veredas se convierten en “conjuntos cerrados” con seguridad privada y etcéteras. Y para completar el cuadro, el Distrito ha negociado una concesión de agua de Chingaza para el municipio. La urbanización del valle se disparará sin orden. Cada constructor hará lo que quiere y necesita en la flamante Oficina de Planeación Municipal. La anexión de La Calera a la caótica capital es inminente: los Frentes de Seguridad reemplazan las veredas, los perros de laboratorio, ‘hechos para matar’, a los gozques, y los desfiles de carros blindados y escoltas, a los viejos jeeps.
COPYRIGHT © 2006 El Espectador
Creciendo
por Pablo Baron
Sunday, Jun. 10, 2007 at 12:07 AM
pbaronc@hotmail.com 6181947 clle 89 11a 18
Este hermoso sol que ilumino mis tardes de infinita felicidad y que con su tragica niebla me enseño a vivir y a la vez a la valorar la cruda realidad de la naturaleza. Amo tus tierras,la rudeza de tu clima, la tristeza de tu musica y la belleza de tus mujeres,,, oh Calera hermosa llena de inspiracion, algun dia regresare a rescatar tantos bellos recuerdos de mi larga adolescencia nunca te olvidare PB
Creciendo
por Pablo Baron
Sunday, Jun. 10, 2007 at 12:07 AM
pbaronc@hotmail.com 6181947 clle 89 11a 18
Este hermoso sol que ilumino mis tardes de infinita felicidad y que con su tragica niebla me enseño a vivir y a la vez a la valorar la cruda realidad de la naturaleza. Amo tus tierras,la rudeza de tu clima, la tristeza de tu musica y la belleza de tus mujeres,,, oh Calera hermosa llena de inspiracion, algun dia regresare a rescatar tantos bellos recuerdos de mi larga adolescencia nunca te olvidare PB
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