Hasta los proyanquis de todos los pelambres están aterrados por la aprobación en el Senado y la Cámara de Estados Unidos de la llamada ley contra el terror, que establece los juicios militares contra los acusados de terrorismo e inclusive les niega el derecho de hábeas corpus, uno de los más antiguos en la historia de la humanidad y parte sustancial de la carta Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.
La ley, aprobada por la mayoría republicana con el respaldo de numerosos demócratas (¡vaya demócratas!), es más bien la institucionalización de un Estado terrorista, que va en contravía de la Convención de Ginebra y de la práctica universal de las garantías constitucionales y del respeto a los derechos fundamentales de las personas. Estados Unidos se convierte así en un Estado totalitario, emparentado con la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini o la España de Franco. Casi no hay diferencia.
Los escándalos que habían desatado en el territorio norteamericano y en el exterior las torturas de militares estadounidenses en la cárcel de Abu Ghraib, cerca de Bagdad, y en la base de Guantánamo, en el territorio cubano ocupado al sur de la isla, alertaron de la práctica ilegal y de violación de los derechos humanos por parte del gobierno de Bush. Con la aprobación de la “ley contra el terror” estos procedimientos son legales y se convertirán en acontecimientos cotidianos, avalados por la Casa Blanca, en abierto desafío de la humanidad y de la democracia.
En la ley mencionada es prohibida la tortura pero el presidente de los Estados Unidos podrá autorizar “métodos persuasivos” para obtener información de los detenidos y sospechosos de ser terroristas. Se consolidó así el golpe militar contra el mundo de la gran potencia, después del 11 de septiembre de 2001, en los tiempos del mundo unipolar; con esta ley el gobierno de Bush actuará en su país y fuera de éste, como si se tratara de un corsario en pleno siglo XXI.
Es una actitud desafiante. De la cual es responsable el sistema norteamericano, sostenido por igual por republicanos y demócratas. Ambos responsables del esperpento criminal y terrorista. Hace pocos días, el ex presidente Bill Clinton, decía con toda frialdad que él había dado la orden de asesinar a Bin Laden y criticaba a Bush porque no lo había hecho. Es el reclamo entre sanguinarios, de violentos en la disputa por el poder imperial.
¿En qué queda el discurso de la burguesía lacaya colombiana de que Estados Unidos es la democracia por excelencia? Lo grave es que el mal ejemplo cunde. No sería extraño que gobiernos serviles como el de Colombia, adopten ese tipo de legislaciones para no quedarse atrás del amo y siempre a nombre de la libertad.