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El que a hierro mata, a hierro muere
por Claudia López
Tuesday, Apr. 24, 2007 at 12:05 AM
La emocional reacción del presidente Uribe a los desaires que recibió en Estados Unidos parecen más fruto de su orgullo personal que de su preocupación gubernamental.
Que un senador de la oposición manifieste en Estados Unidos sus preocupaciones sobre el TLC y haga denuncias sobre el paramilitarismo ni es apátrida ni pone en riesgo los intereses de la patria. Que en respuesta, el Presidente y el Vicepresidente de Colombia salgan a graduar a los demócratas de enemigos sí pone en riesgo los intereses nacionales. Gústeles o no, los demócratas son fundamentales para Colombia. Por el bien de la patria, más vale ejercer la serenidad gubernamental que la hombría personal.
El vía crucis de la semana pasada puso en evidencia varias cosas que el equipo gubernamental debería evaluar en vez de malgastar el tiempo haciéndole inteligencia militar a la oposición. Primero, la estrategia de Uribe de desconocer y minimizar la gravedad del problema paramilitar y sus tentáculos hizo agua nacional e internacionalmente. Segundo, la estrategia de pretender que el problema es del país y no del Presidente naufragó también. Tercero, la impunidad presidencial por amparar y gobernar con sectores del paramilitarismo llegó a su fin. El teflón nacional y la coyuntura internacional que permitieron tal impunidad entraron en descenso irreversible. Cuarto, con el fin de la impunidad llega el inicio de los costos. La credibilidad del Presidente y la legitimidad de su política están siendo y serán cada vez más cuestionadas.
No hay estadísticas ni discursos que valgan si el soporte electoral y político de esos logros está basado en paramilitares protegidos desde el Estado, políticos y funcionarios del Gobierno aliados con ellos y narcotraficantes disfrazados de paramilitares. Quinto, el cuento de que la política exterior de este gobierno era cuidadosamente bipartidista en Estados Unidos resultó chino. Lo evidente es que se ha basado en la química y mutua conveniencia de Bush y Uribe.
Hace apenas unas semanas, el ex presidente Clinton alertó a Uribe sobre la falta de una estrategia eficaz para aproximarse a los demócratas y las consecuencias negativas que esto podía tener. El desplante de Gore, el congelamiento en el Senado norteamericano de recursos para Colombia, la incapacidad para lograr reunirse con la jefa de la bancada demócrata en el Congreso son evidencia de a qué se refería Clinton cuando manifestó su preocupación.
Cinco años de falta de política, táctica y estrategia para proteger los intereses de Colombia en Washington no se arreglan con una rueda de prensa de una hora en Miami.
Menos se arreglan tratando a los demócratas como tratan a la oposición en Colombia. ¿Qué les van a decir por exigir verdad y transparencia? ¿Apátridas? ¿Y si no aprueban o condicionan el TLC, qué les dirán? ¿Guerrilleros y terroristas vestidos de civil? En adelante se necesitará algo más que frases para encender tribuna, airadas reacciones e improvisadas ruedas de prensa con censura incluida a los medios escritos para manejar a la oposición de acá y a los aliados de allá.
Se necesita, entre otras cosas, coherencia. Es difícil creerle a Uribe que está a favor de la verdad cuando sale a amenazar a quienes la investigan y exigen. Su sola palabra para defenderse de cuestionamientos no es suficiente cuando testigos de los casos son asesinados y las investigaciones prematuramente precluidas. Es dudoso que apoya la justicia si, por ejemplo, ante la advertencia del embajador norteamericano de la gravedad de lo de Noguera, la reacción presidencial no es exigir transparencia y celeridad en ese proceso judicial, sino ponerle un amigo de abogado, recibirlo ocho veces en el Palacio de Nariño y posiblemente permitirle acceso a información confidencial que apoya su defensa y no la de la Nación. Ayudaría, en cambio, que el Presidente solicitara que se investiguen sus campañas presidenciales para asegurarse de que no fueron favorecidas por la parapolítica. ¿Qué teme que no lo ha hecho?
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