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Brossa en "Doce poetas catalanes del siglo XX"
por Carles Hac Mor
Tuesday, May. 01, 2007 at 12:11 PM
floresdeuxmal@yahoo.com.mx
Del 15 al 20 de mayo en el Espai Brossa de Barcelona se ofrecerá el espectáculo bilingüe "Úntame la barba", presentación de "Doce poetas catalanes del siglo XX", de Orlando Guillén. Antianálisis de la traducción guilleniana a "El tràngol", de Joan Brossa
Antianálisis de la traducción brossiana de poemas de Joan Brossa de Orlando Guillén
Carles Hac Mor
Dispuesta la trampa, trucado el truco, con fiesta y recortes y añadiduras, como debe de ser: pongamos que por la lectura hacmoriana de la traducción brossiana de poemas de Brossa de Orlando Guillén baja un torrente, y añadamos que ese torrente, sin dejar de ser torrente, se convierte en un tigre, y que este tigre, sin dejar de ser tigre, se transforma en un genio que acaba de salir de una linterna mágica; y ahora el tigre salta por encima del torrente, y en seguida el genio trasmuta el torrente en un jardín tropical, y estas cuatro cosas, jardín, tigre, genio y linterna mágica se vuelven una tormenta que, en una bahía, hace brotar siete torbellinos marinos que, después de vagar de aquí para allá, conforman uno solo que va y chupa todo aquel torrente. Al día siguiente hace un día espléndido y, sin embargo, al caer la tarde vuelve a bajar el torrente hacia la bahía. ¿Orden y pureza? A buen seguro que sí. El choque entre las colores (en femenino) y las geometrías no es nada llamativo. ¿Pero esconde alguna cosa esta parsimonia? ¿Y es en su ocultación donde radica la clave? La clave que radica ¿en qué? ¿Y qué dice? Dice todo lo que no dice. Y desde luego, lo que no dice tampoco lo dice. Esta es su pujanza noética, que de ningún modo es como la de la bahía que se manifiesta en su materialidad, sin alegoría ni media alegoría, con suave rotundidad y con sorna, como quien nada dice porque más vale no decir nada. Y de este modo el tigre acaba afirmando muchísimas cosas, sin referirse a ellas, claro está; porque el paisaje que lo rodea ha sido retocado, y el paisaje una vez retocado se va pareciendo más y más al paisaje de antes de ser retocado; es más hermético que cuando yo lo veía sin retocar: ya es una causa devenida cosa porque quiere ser causa de las cosas. Y acto seguido el paisaje se personifica en una mujer de tres edades sentada en un montículo simétrico como una eme con un río de axiomas belicistas que es afluente de otro río que, a su vez, afluye hipotéticamente en una teosofía de bruces en el ateísmo y que se va expandiendo por mano de herejías que acaban afluyendo a una cotidianidad que expuesta a ras ya no se escribe, es y punto, en este aire libre que es tan libre que incluso produce el efecto de que las yerbas allí conversen, y lo que cuchichean medio se plasma con limpieza en el infinito: la sutileza hecha nido; un nido a medianoche y con o sin luna, o en un mediodía canicular. Aquí, todo lo que es neutro pasa directamente a la tercera conjugación doméstica, la cual de inmediato obstruye lo conjugado para preservar un lirismo de chubasco: una dimensión terminada con hechizo tras la serpiente del pensamiento estimulado por el digámosle agradecimiento de las pulsiones en el nido calentadas. Fotografías de... No: fotografías con... Y fotografías sin... Y por encima de todo, allí veo fotografías y fotografías que vienen a ser como grafías de gestas grandilocuentes congeladas como todas las fotografías, y todavía un poco más. Para que la cosa fotografiada y la manera de fotografiarla fotografíen, sin duda, al fotográfo, sin llegar al punto del autorretrato. El fotógrafo va sirviendo de modelo en cada una de las fotografías en las que él, en persona, no sale. Y, claro, siendo antiautorretratos, se acercan al original, al fotógrafo no fotografiado. Así, en todo milagro hay una capa de acaecer cotidiano, y bajo esta capa bulle una rapsodia que no existía antes del milagro, pese a que la capa ya era el presentimiento de la rapsodia, como dijo aquel. Sea cual fuere el milagro, esto subraya la cualidad del hecho de que la rapsodia es posterior al milagro: una elipsis para el intento de atrapar que el hervor arranca de ahí. Y las superficies y los colores y las colores, las colorinas que diríamos, son indesconstruibles, aunque están allí; y lo disimulan, pero se alteran, y se mueven y se agitan con todo cuidado con el afán de ir construyendo como si lo que van construyendo pudiese ser desconstruido hasta justo antes del fin de su reconstrucción después de su derribo. Dicho de otra manera, estos constructores no tienen parientes, no pertenecen a ninguna familia: son reliquias picantes, escenografías para una universidad histriónica. Sólo una lectura que no tuviese en cuenta la movilidad interna de estas escenografías del teatro universal podría afirmar que son hermanas las unas de las otras y primas las otras de las unas. Vistas desde el recuerdo inmediato, son contraparientes; apuntes inefables de la visión directa, de que me hago cruces cuando las vuelvo a tener delante. Es decir, desfalcan más que ningún familiar apócrifo que se pueda escurrir en el despacho para no ser despachado de su trabajo. En medio del reguero de papeles, entre montones de papelotes por rellenar, y con un comentario muy extraño, me sorprenden los personajes del pasillo atravesado por estos personajes del paraíso casero. Y eso no lo es todo, no. Hay allí asimismo -por lo menos de ello corre la fama- unas cortinas corredizas hacia otros pasillos que ya han sido dejados atrás por los colonos del traductor, que va plantando ideas que crecen solas, y maduran, y entonces las entiende. Eso lo explica él mismo, el traductor de su arte, que subraya, entusiasmadamente, que de hecho no hay ninguna intención en lo que hace. Y a ello sobreañade que extrae cosas escondidas y que extracción, si se dice de prisa, puede confundirse con abstracción. Mientras tanto, y a medida que vamos pasando las hojas, en sus casalicios, en sus rincones, el moho en blanco y negro deja su peso, lo que quiere decir que su peso se acomoda a la luz que allí penetra y que da la impresión de que sale. Es una manera de dar entendiendo que, al dormirnos, vamos recordando aquello, ya lejano, que hemos soñado sobre alguna estampa obtenida mediante el procedimiento más silencioso de la videografía, todo un proceso desde el ojo a la pantalla y al papel emulsionado. ¡Vaya que sí! Y hay veneraciones venenosas como las del pez en el agua con reflejos novecentistas y con sinestesia contenida por el concepto mismo de contención. Es entonces cuando el augur avisa que la armonía allí puede verse desquebrajada porque la inquietud del veterinario, que no del mayordomo, si cambia de dirección, se puede revolver contra la tensión y el equilibrio; y entretanto los colores configuran mapas microscópicos ampliados por las colores, las cuales, pese a provenir del acuario del inconciente pueden pasar al preconciente, y entonces ya las tenemos en el corral, donde los significantes, los cojones de las bestias, contradicen los significados, que no están conformados solamente por el cojón de la bestia más la color y el color, sino más bien son dibujados por el conjunto de todo eso visto a través de un telescopio invertido con el propósito de que, para decirlo elegantemente, el espacio nos pueda mirar a los ojos. Los cojones de las bestias, muy apenitas aparentemente amatorios -mejor dicho, antagónicos entre sí y al mismo tiempo idénticos según como se lean (y este ‘según como’ se contrapone al segundo en que son leídos y a depende de quién los lea)-, se sobreponen de la misma manera que una mariposa transparente situada en la parte de afuera del rectángulo que acaso habría de deslumbrarla y que ultrapasa -no la mariposa sino la parte de afuera mencionada- la transparencia de cualquier mirada que la quiera hacer caber en un marco. Seguramente cuesta entenderlo, y no obstante así es. Y pronto toda la Historia de la Poesía a ello yuxtapone esto: “más allá de la memoria”. Sí, más acá de lo vivido está lo desvivido, que contribuye a la libertad de interpretarlo todo ad libitum; o sea, que me lanza a la iluminación. No, si ya lo decía yo -como dijo alguno- que yo, de tanto leer, llegaría a dominar la acción impensada como motivo de otros motivos y de otros dominios. La pasión por la negación -esta, esta pasión concreta (¡sí, sí, y mil veces sí!)- ya fue profetizada por todos y cada uno de los artistas del siglo XX. El gesto más premonitorio, hoy, equivale a hacer realidad el augurio de ese impromptu. Hay momentos en los cuales todas las horas de todos los tiempos confluyen frente a nosotros en un ángulo donde todos los ángulos del mundo se avienen también a ser allí, en la pared que evoca este espaciotiempo que alcanzamos en un instante que se dilata como lo hace la memoria cuando confluye con mi tempo particular y de ese modo se acopla al malestar estomacal que me despierta a la vigilia desde el sueño. Esta es la rueda de la primera comunión a la caza de la lechuza con un aparejo para aprender a torear al caracol en la ventana del alumno con el clavo que es bandera de la decapitación del Cristo del Colgador en las cuatro fases del rastrillo con la luna y la cuerda de tierra y rastrojo y de piedras y barro y paraguas y paja rateada en el cabaret y trompeta en el ojo del trigo y el rey del azúcar. ¡Estas manos! ¡Estos repliegues entre los dedos! ¡Estos rebordes grasosos uno tras otro sobre las manos y esta gente que lo lee, que son espectadores con manos de leer y ojos de tocar! ¡Y la perspectiva de esta holografía que me permite ver que hay uno, un yesero, que mira contra el gobierno! ¡Yesero es alguien que pinta! Sus rebordes grasosos, con la perspectiva y la niebla, se van ablandando a medida que se me acercan. Esto no es una crítica; es una glosa de lo que leo. Estas manos podrían palmear la mar y cada una de sus oleadas. ¡Y ya lo hacen! La erre capitular tal vez es la erre resistente de Resistencia a resistir la espectacularización que se resiste a aceptar la insurrección contra la eternidad cortándolo todo con las tenazas, mondando, trinchando, y yo meditando qué hacer con las hachas acomodadas en el segundo cajón del primer anaquel de arriba, donde está el intríngulis de la búsqueda de quien no se quiere dejar llevar por el barullo de la apariencia tan buen punto con la cartografía me doy cuenta que es más demótica una imagen manual que no cien técnicos haciendo de pollo. Pese a todo, felizmente es en el anaquel que todavía no existe donde puedo pensar si el mundo, la realidad me embiste o no, en el interior de la taberna platónica, una madriguera, siempre llena de borrachos, que no cierra nunca. Y, como más o menos iba diciendo, presentación -epifanía magnífica de un lápiz- y representación -reflejo admirable en la casa Nuncacierres de una coneja sofista-, se confunden, de manera que, según como se vea, la imaginación en ellas se disuelve, se licúa.
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