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El “yo acuso” de Mancuso
por Reinaldo Spitaletta
Tuesday, May. 22, 2007 at 2:42 PM
Son, incluso, asuntos ya conocidos de tiempo atrás. Estaban en el ambiente, circulaban de boca en boca, como, por ejemplo, lo de oficiales del ejército partidarios y cómplices de los paramilitares. Igual, lo de empresas bananeras de Urabá. Vuelve a declarar que el origen del paramilitarismo está en la ausencia del Estado y en la iniciativa de una parte de la sociedad de combatir a la guerrilla.
Sin embargo, y pese a que en sus “confesiones” ha salpicado al actual vicepresidente de la república y a otros uribistas, el discurso de Mancuso se va por las ramas. No ha “cantado” aún acerca de los crímenes de lesa humanidad cometidos por el paramilitarismo, no se ha referido a las víctimas, no ha hablado de un proyecto aupado por parte de las clases dirigentes colombianas, que, más que contrainsurgente, era de apropiación de tierras. Un proyecto, en efecto, criminal, con una base económica, en la que el narcotráfico ha sido uno de sus pilares.
El paramilitarismo ha sido una estructura de enriquecimiento ilícito, creadora de terror entre la población, de asesinatos masivos y selectivos. Y dentro de ese accionar parece haber logrado un propósito nefasto: hacer creer que, como su voz y apariencia es de contrainsurgencia, todos los métodos para combatir a la guerrilla son válidos.
De esa parte, incluso, se ha lucrado el presidente Uribe, cuyo discurso de seguridad democrática, basado en combatir a la guerrilla, ha sido dócil con el paramilitarismo, o, como lo dijo alguna vez, con los “mal llamados paramilitares”. Y esa actitud, que parece señalar que hay unos más malos que otros, ha permeado a amplias capas de la población. Según una reciente encuesta de Semana, hay una alta –y preocupante- simpatía por el paramilitarismo.
¿Y esto qué significa? Que las víctimas, entre ellas diez mil muertos (o veinte mil o treinta mil), no cuentan mucho para juzgar al paramilitarismo como una agrupación criminal. Que los tres millones de desplazados –aunque todos no pueden ser endilgados a ese movimiento- son una bicoca. Asunto deleznable.
Parece significar, también, que no importan los crímenes de lesa humanidad, si todo eso va en procura de derrotar a la guerrilla. Claro, como no había Estado, era imprescindible crear el paramilitarismo. Curioso, eso sí, que el mismo presidente haya propuesto alguna vez que hay que demandar por eso al Estado, un Estado del cual él ha sido ayer y hoy representante y funcionario.
Precisamente, el debate promovido por el senador Gustavo Petro mostró que cuando Uribe era gobernador de Antioquia el paramilitarismo creció en esta región del país. El paramilitarismo, tal como lo confirma Mancuso, ha sido financiado por gremios económicos, por transnacionales, y por supuesto por el narcotráfico. La permisividad conciente o no que el Estado ha tenido con tal organización de criminales ha sido como una especie de estupefaciente que cala en la mentalidad de mucha gente. Y la aliena.
Porque no de otra forma se podría explicar por qué un significativo porcentaje de la población parece simpatizar con las posiciones paramilitares. No solo se ha dedicado al crimen y a otras maniobras ilícitas, sino que, con sutilezas varias, han penetrado en el mundo de los imaginarios populares. El discurso oficial, a modo de propaganda, le ha ayudado.
Mientras tanto, caen generales de la policía, siguen siendo llamados a juicio congresistas “parapolíticos”, las fricciones internas en el gobierno se comienzan a notar (como en el caso de los Santos), pero aún no pasa nada. ¿Y qué debería pasar? Por ejemplo, que haya verdad y reparación. La una tiene que ver con que además de los paramilitares, hay otros culpables –no tan abstractos como el Estado-.
Que se llame a juicio a aquellos que han patrocinado el montaje de un complejo aparato criminal como el paramilitarismo. Se requiere un gran debate nacional, en las que las víctimas sean protagonistas, para señalar, además de los asesinos materiales de tanta gente, a quienes los financiaron.
Se requiere, además, que el presidente dé ejemplo. Que exija la investigación a fondo de quiénes han sido los promotores del paramilitarismo. Que condene desde su discurso la criminalidad de este bando. Bueno, se dirá que esto es como pedir mangos al naranjo.
Porque lo más notorio en los procedimientos presidenciales por estos días es hacer concesiones a la gringada, tanto republicana como demócrata, para efectos de suscripción del Tratado de Libre Comercio. O salirse de la ropa cuando algún periodista le pregunta sobre el espionaje policial a la oposición. Entre tanto, aumenta su desprestigio internacional.
Y adentro también. Así se nota en las manifestaciones estudiantiles de esta semana y en las decisiones del magisterio nacional para entrar en un paro indefinido contra las políticas oficiales, consideradas como atentados contra la salud y la educación.
Los Santos –el mindefensa y el vicepresidente- han dicho que dentro del proceso de la parapolítica caerán más congresistas, y aunque les hayan tirado las orejas, ellos deben saber por qué hicieron tales aseveraciones. Se espera, asimismo, que el “ventilador” de Mancuso lance vientos huracanados. Pero la duda persiste: ¿habrá justicia y paz en Colombia?
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