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MÁSCARAS DE LA REBELDÍA: LA VOZ DE LOS SIN VOZ. Crónica de una marcha que no marchó (uis)
por PROYECTO COMUNICATIVO NOIKOS Sunday, Jun. 10, 2007 at 2:00 AM
noikos@gmail.com

Crónica sobre una marcha que no marchó porque fue objeto de la represión policial. Esto sucedió el viernes 8 de junio cuando los estudiantes de la universidad industrial de santander (Bucaramanga) procedían a realizar la "marcha carnaval" como protesta pacífica.

MÁSCARAS DE LA REBELDÍA: LA VOZ DE LOS SIN VOZ.
Crónica de una marcha que no marchó

Por
La voz de un estudiante sin voz.


Camina la Palabra,
Marchan los colores de la Dignidad.

Poco más de las Dos de la tarde. Pinturas, música y risas invaden la plaza “Ché Guevara”. La marcha carnaval adquiere vida. Las y los estudiantes, con sus rostros cubiertos de ilusiones, con la mente despejada y vitalizada por el carnaval, por el colorido, por la fiesta de la expresión de inconformismo, pintan sueños en los carteles, parodian las políticas del gobierno, cantan al son de los tambores y gritan con júbilo los himnos del poder, de la erupción de la verdad hecha con las manos, de la fuerza de transformación que entonan notas de cambio social.

Podrá pensar el lector que exagero mi situación. Pensará que mi impresión y ovación por la expresión de la rebeldía, obedece a intereses políticos, e incluso, en un país como este, donde pensar diferente, donde pintarse el rostro de múltiples colores es visto como crimen, como “pecado”, donde desnudarse es un acto inmoral, no es de extrañar que mi relato sea tildado de “guerrillero”.

Pero, como cualquier “creencia injustificada”, que sólo se basa en apreciaciones conservadoras, en estereotipos y estigmatizaciones que son el resultado de quien rinde culto al sagrado “libertad y orden” y que, por efecto de esos principios al mejor estilo godo, observa cualquier gesto de rebeldía como un insulto a la “patria” de los gobernantes, a la patria de la oligarquía, no es de extrañar, repito, que mi texto sea estigmatizado de “terrorista” por ese pensamiento que no tolera la diversidad y se resiste al cambio, a los múltiples colores, a los diversos pensamientos.

Pese al irrespeto por el pensamiento diverso en un país acostumbrado, por infortuna, a solucionar a “bala” las diferencias, cuán grande se alza la voz de los sin voz. Una población que se acostumbra a ver un partido de fútbol, de la misma manera que ve una nota de farándula mientras le arrebatan la vida, los derechos por existir dignamente, a través de leyes oportunistas y aparatos mediáticos cómplices del terror generado por el Estado, no duerme eternamente sobre la cabecera de la virtualidad, sobre la cama hecha de engaños y retazos que sólo demagogos como el presidente de la “seguridad democrática” son capaces de sostener: “tenemos la democracia más antigua de América Latina”, dice aquel.


Entonces me pregunto a qué se refiere con “democracia”. Habría que ser demasiado ingenuo para creer que esa “democracia” es la que favorece a los “sin voz”. O Habría que padecer de Alzheimer Colectivo para no saber que, históricamente, Colombia ha sido el país más violento, con el terror de Estado más antiguo de América Latina. Así lo demuestra un día viernes en la tarde, un 8 de junio que conmemora al estudiante caído. Ya han pasado 53 años desde que las tropas del Batallón Colombia, en 1954, asesinaron a una decena de estudiantes de la universidad Nacional por oponerse a la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla. O habría que ir mas atrás en el tiempo para rememorar otro hecho triste y a la vez valeroso, del asesinato de un dirigente universitario, Gonzalo Bravo Pérez, ocurrido el 8 de junio de 1929, a quien asesinaron por denunciar la Masacre de las Bananeras, una masacre perpetuada por el Estado de Terror en compañía una multinacional bananera (hoy llamada Chiquita Brands), la misma masacre que el premio Nóbel Colombiano menciona en su obra Cien Años de Soledad.

No obstante, pese a estos crímenes hay quienes creen todavía en la palabra que sale de la boca del presidente de la guerra, del soldado frustrado con sed de venganza. Pero aún así, también hay quienes han logrado no creer en esa palabra que suena hueca y casi ridícula cuando es emitida por el gobernante de re-turno. Yo, por mi parte, logro ver cómo la palabra Democracia se construye con colores y rostros juveniles, con los cuerpos viriles y aromas que penetran las entrañas de quien pasea por la plazoleta “Guevara”; veo cómo se torna y se hace posible pensar diferente, cómo cabemos todos y todas en una consigna común.

Cerca de las tres de tarde. Hay una fuerte tensión en la entrada de la universidad, la marcha comienza a desplazarse hacia fuera. Encabezada por banderas y telones, su imponente rojo ondea en el aire mientras las manos sostienen firmemente los palos que la levantan. Poco a poco las personas de adelante salen de la universidad. La marcha avanza. El aire de carnaval se enciende, los cánticos se hacen más vehementes, los olores tibios de la pintura se confunden con el vaho del cuerpo.

Ya no hay tiempo para dejar de avanzar. Ahora ya no somos cien ni doscientos quienes estamos afuera. Ahora somos más de mil. Los otros, un poco más de la mitad, esperan la avanzada mientras se desplaza lentamente parte de la marcha. Pero la tensión es inminente. Una tanqueta y varios policías detrás de ésta, esperan la avanzada. Siguen los cánticos.

De repente todo se vuelve confusión. La tanqueta se viene de frente contra la marcha, el agua cae sobre los cuerpos de quienes iban adelante. Se escuchan los disparos. Los gases de la represión caen sobre los manifestantes. La estampida es monumental. Los niños gritan asfixiados, el pánico se apodera de la multitud. Todos queremos regresarnos a la universidad para protegernos. Pero la arremetida de los “hombres de negro”, al mejor estilo de cualquier matón, es de sangre, es de generar terror, es de hacer cumplir las normas a toda costa, así eso signifique herir a una señora y a un niño, así eso signifique golpear cerdamente a estudiantes hasta desfigurarles el rostro, así eso signifique asfixiar a la población que observa pasmada desde sus casas mientras cerca de tres mil estudiantes nos refugiamos en el campus de la universidad.

En esa situación es cuando se comprende la función de la fuerza policial, de los principios de “libertad y orden”: “represión y control” son realmente sus traducciones. En esa circunstancia, es posible comprender porqué la seguridad democrática, de la que tanto se habla en estos días, no es otra cosa que intentar convertir e involucrar a la población civil en una guerra donde el Estado ha sido su causante.

En esa situación de represión y control, el poder se revela y su verdadero rostro queda al descubierto. Recuerdo haber leído algo de Michell Foucault acerca del Poder que hablaba sobre los “mecanismos de Poder”. Pues bien, debo confesar que esos “mecanismos”, la represión policial, para el caso nuestro, deja al descubierto que cualquier desafío a quienes representan el poder, al gobierno que considera como verdad “alcanzar la paz a través de la guerra”, es una guerra que va en contravía a nuestra libertad de expresión, pensamiento y sobre todo de libertad política. La brutal represión hacia la marcha, hacia la libertad de protesta, deja al descubierto que en estos tiempos lo que se quiere imponer aún más, es la ley del silencio, la ley del servilismo: un legado colonialista y eclesiástico.


Ya es las tres y tanto de la tarde. La multitud indignada, entre gases y ojos llorosos, entre la asfixia y los rostros de pánico, entre desmayos y vómito, grita a todo pulmón, se expresa con su ira, se llena de cólera a pesar de la impotencia y el asombro de muchos. Ahora la tensión sube, nadie imagina en qué momento y cómo terminará esto.

Los estudiantes comienzan a transportar piedras para defenderse de un presunto desalojo y, como acto de supervivencia, sale a flote el utilizar una forma de violencia. Las canecas de la basura se utilizan para ahogar el gas basura que lanzan los escuadrones antidisturbios. La adrenalina fluye, más gases y ahora explosivos son lanzados por los policías. La tanqueta se acerca a la puerta. Los estudiantes responden con piedras para evitar que entre la máquina negra. Pero es inútil. Se requiere de una medida más efectiva de contención. Aparece un grupo de estudiantes con arcos de las canchas de fútbol. Se hacen una especie de barricadas. De nuevo la tanqueta intenta entrar. Ahora la respuesta es más contundente. Se lanzan explosivos, pero el arsenal es insuficiente. Entonces se sigue respondiendo con piedras.

En ese momento recuerdo a Jhon Zerzan. Según éste la violencia es digna de utilizar cuando luchas por supervivir, cuando quienes atentan contra tu vida te quieren destruir. No obstante, golpear un objeto, no es un acto de violencia irracional, si no que por el contrario, es una manifestación racional porque un objeto, por supuesto, no siente, no tiene vida, y más que un objeto sin vida, es un objeto que simboliza el poder que atenta contra tu vida. Alude que realmente las normas, dentro de una sociedad de consumo, buscan proteger la propiedad privada en sí, pero no la vida misma. Tu supuesta libertad sólo es la libertad de elegir entre “x” o “y” producto, pero no es la libertad del ser humano, ni mucho menos la libertad de un pueblo.

Pero dejemos de hablar de uno de los teóricos y activistas de Seattle. En realidad, este pensamiento sobre “la violencia” como forma de defensa de sí mismo, es un acto de supervivencia, es un acto tan racional, pero a su vez tan lleno de irracionalidad que precisamente cobra vida espontáneamente en el instante en que el peligro contra la integridad física de los manifestantes, es algo real y no abstracto.

Las arengas continúan: “¡Policías, asesinos!”, la ira se apodera de la mayoría indignada. Ya no hay tiempo para discutir si la solución es pacífica o violenta. Lo urgente es no permitir la entrada de la policía. La tanqueta sigue golpeando la puerta de rejas, la leche y el vinagre no permiten que el gas cause su mayor efecto. Ahora se hacen masivos los “encapuchados”, los mismos que cubren sus rostros por seguridad personal y para evitar un poco aspirar el gas lacrimógeno.

Los más osados se enfrentan a la tanqueta, parecen inermes a la posibilidad de morir por un disparo de parte de la policía, como pasó con el estudiante Jaime Acosta años atrás y con otros tantos en la larga lista de asesinatos por parte de la fuerza policial y que se ha agudizado en el actual gobierno. La valentía de quienes “frentean”, es tan impactante que incluso los gases parece no hacerles daño. Tan impactante la euforia colectiva, tan llena de fuerza en sus convicciones de pensamiento multicolor, que se logra comprender lo hueco de los argumentos de aquellos “académicos” que intentan descalificar la protesta social, desde sus cómodos escritorios.


Un poco más de las cuatro de la tarde. Sigue la idea de marchar. Los rostros antes llenos de maquillaje y cubiertos por antifaces, ahora son rostros con ojos llorosos, facciones de dureza, unos estupefactos, inquietos, adoloridos e irritados, otros un poco extrañados pero más espontáneos y decisivos. Sin embargo, la mayoría decididos y de decididas a salir de nuevo y continuar con la marcha de carnaval. Algunos comentarios de “Cómo es posible que nos ataquen de esa manera”, “si éste es el país que quiere el gobierno, conmigo no cuentan”, fueron unas de las tantas expresiones de Indignación que se hizo plausible entre los manifestantes.

De nuevo la organización y disposición a salir a las calles de la llamada “cuidad bonita”. Poco a poco se retoma la fuerza de aproximadamente tres mil personas. La marcha sale hasta la glorieta, un lugar donde se encuentra un monumento de Simón Bolívar. Se llenan los dos carriles desde allí hasta más allá de la entrada de la Universidad.

Vuelve la tensión. Los voceros defensores de derechos humanos intentan hablar con el comandante de policía. Quizá con la idea de “negociar” la salida de la marcha. Pero es inútil. Ellos no escuchan ni comprenden razones, basta un salario para volverse criminal al servicio del gobierno. Los escuadrones antidisturbios lanzan de nuevo gases. La estampida es aun mayor. Vuelve el pánico. El terror logra apoderarse de la multitud. Todo mundo corre hacia el campus.

Se reanuda la confrontación. Se torna más violenta. La tanqueta se aproxima con mayor velocidad y lanza agua para esparcir a la multitud, a los sin voz. No obstante, he allí la valentía de nuevo, unos por aquí otros por allá resisten los embates del gas y las “papas explosivas” que lanzan los policías. Sí, aunque te sorprendas, el escuadrón antidisturbios utilizan estos artefactos de potente destrucción y además, utilizan perdigones (especie de balines) que disparan a quemarropa a los manifestantes.

Aún así, frente al peligro inminente, los que están “frenteando” se mantienen en pie para no dejar que la tanqueta derribe la puerta de rejas. Ahora, para impedir que el agua disperse el campo frontal, se comienzan a colocar tablas, puertas de madera y todo aquello que permita protegerse del potente chorro de agua lanzado por la tanqueta así como de los gases y perdigones que lanzan los policías indiscriminadamente; disparan a quemarropa a quienes están en el punto frontal, a los estudiantes que exponen increíblemente sus vidas. Los “encapuchados”, frente a tal represión responden con piedras y molotov, una especie de botellas en llamas que explotan cuando impactan la tanqueta.

La plazoleta está llena de gas lacrimógeno. Los gritos vienen y van. Los cánticos, las consignas se tornan más incipientes, más combativas en sus líricas. La lluvia de gases y de una especie de explosivos que caen al suelo y emiten un ruido de juego pirotécnico, mientras gira y esparce esquirlas violentamente, caen con mayor peligrosidad. Los desmayos se hacen más frecuentes, aumentan los heridos, aunque por fortuna sin graves consecuencias físicas. La conmoción es grande. Se siente fluir la sangre y cómo la frecuencia cardiaca aumenta casi al punto de taquicardia. Los ruidos son ensordecedores, y se siente cómo el oxigeno escasea mientras se corre hacia un lugar donde puedas respirar para no ahogarte con el gas. Por fin llegas a un lugar donde aspiras aire fresco y logras colocar leche en los ojos y también aspirar un poco de vinagre para descongestionar la inhalación.

Es cerca de las cinco y treinta de la tarde. Continúan los enfrentamientos. Ahora se tiene información de “orden de desalojo”. En palabras más específicas: el secretario del gobierno ordena que la policía entre a la universidad para sacar a la fuerza a los estudiantes. Ya sabemos como terminan esos desalojos: Con heridos por palizas perpetuadas por la fuerza de la “libertad y orden”, detenidos y criminalizados a través de montajes como sucedió hace poco en la universidad del Cauca.

El temor es evidente. Es necesario evitar continuar y no exponerse a la represión criminal del Esmad. Hay que asegurar la no entrada de los “matones de negro” como alguien llamó a los escuadrones antidisturbios, porque si no esos “cerdos asesinos” son capaces de justificar la muerte de algún estudiante como sucedió en el 2005 cuando es asesinado el joven estudiante Jhonny Silva, en el campus de la universidad del Valle; asimismo como sucedió con el joven estudiante Oscar Salas, asesinado en el 2006, en predios de la Universidad Nacional.

No se podía exponer a justificar el “desalojo”. Los antecedentes son contundentes. Había que solucionar esto inmediatamente. El sol comienza a ocultarse y la oscuridad no nos favorece. Es necesario tomar decisiones inmediatamente. Hay que pensar en la integridad física de todos y todas. Es asunto bastante “serio y angustiante”. Así lo manifestaba la voz enérgica y el rostro de un dirigente estudiantil que explicaba la situación e intentaba calmar y llevar un poco a la sensatez a quienes se empeñaban en continuar con la confrontación.

Poco a poco la noche comienza a cobijar nuestros pensamientos. La calma retorna lentamente, la prudencia y la estrategia por asegurar la no entrada de la policía y evitar la confrontación con éstos, reina en ese momento.

Ya es más de las 6 p.m. Ahora es necesario abandonar la universidad. La policía se ha retirado. El camino está despejado. Cada quien sale sin temor y asombrado por el campo de batalla que se formó. En la portería quedan destruidos los gruesos vidrios por el impacto de los potentes disparos que ocasionaron los “hombres de negro”, los policías que dicen salvaguardar a la población.

Es cierto. La marcha no marchó. Pero las máscaras de la rebeldía, el carnaval multicolor resistió y alzo con fuerza la voz de los sin voz. De seguro, en este episodio donde se padeció una fuerte represión, se logró construir una verdadera Libertad y Democracia para todos y todas. De seguro, la fuerza de transformación que silenciosamente se pasea por las calles de todo el país, está construyendo esto que poco a poco adquiere forma con nuestras manos, con las risas, con el colorido y las tamboras, con los disfraces y bailes, con los cánticos y la diversidad de rostros, con los sueños y las realidades, con las voces de los sin voz que se alzan con la palabra y el pensamiento diverso.

De seguro, el carnaval no realizado, “la marcha que no marchó”, la fuerza de los “sin voz”, logró saber el significado de la palabra DIGNIDAD. El campesino que labra con sus manos, las mismas que escriben la palabra Libertad, las mismas manos que construyen libertad en medio del carnaval que quiere alzarse con los colores de los sueños de obreros, pero también de estudiantes, de indígenas, de minorías, de afrodescendientes, de defensores de derechos humanos, de sindicalistas y de todos aquellos que nos alzamos con “voz de gigante”, se erige con fuerza carnavalesca.

Por lo pronto, en medio de la noche, un aire tibio se pasea por la plazoleta. Las máscaras de la rebeldía de la voz de los sin voz, ocultan silenciosamente el cambio social que tanto requiere éste país. Lentamente la gente sale del campus, pero de seguro, después de éste día, los próximos días no serán lo mismo. Un nuevo rayo de sol asomará mañana y el carnaval volverá a pasearse, pero esta vez las calles serán el escenario del pensamiento diverso, del respeto por pensar diferente y de hacer realidad la palabra DIGNIDAD.




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