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Medellín: la gloria de los verdugos sobre la soledad de los oprimidos
por Vilma Liliana Franco Sunday, Jul. 01, 2007 at 12:34 AM

Las manifestaciones de apoyo público que han recibido en Medellín los jefes paramilitares en el marco de la rendición de versión libre ante los tribunales especiales de Justicia y Paz, y el correspondiente arrinconamiento que han sufrido las expresiones de algunas minorías organizadas que demandan por los derechos de justicia, verdad y reparación, obligan a algunas reflexiones sobre el llamado movimiento de víctimas.

¿Qué significan tales movilizaciones? En el marco de las contradicciones que se han ido evidenciando en la componenda gubernamental con los paramilitares y su proceso de reorganización, estas acciones podrían ser interpretadas como una muestra del interés de los jefes de la estructura ilegal por demostrar su legitimidad social y seguir reclamando estatus político. Podrían ser entendidas, asimismo, como una evidencia de que la estructura paramilitar continúa activa (para acciones legales o ilegales), pese a la reclusión en prisión de algunos de sus jefes y de la desmovilización de una parte de sus tropas.

Dentro de los factores que facilitan ese esfuerzo de demostración de legitimidad está la existencia de un movimiento contrainsurgente que no sólo antecede, sino que tiende a permanecer, aún si desapareciera la estructura ilegal paramilitar. No sólo la desmovilización del aparato paramilitar ha sido parcial y está lejos de constituir su fin como estructura armada, sino que además permanece incólume el movimiento que legitimó tanto la existencia de estos como el desarrollo de una guerra preventiva y punitiva en función de la defensa de la propiedad y la seguridad de la “sociedad útil”, la dominante.

Una parte de ese movimiento --el que mantiene relaciones de fidelidad y obediencia con los “patrones”-- es el que vocifera vivas a los criminales y hace apología de los crímenes cometidos, el que pregona la gloria de los verdugos. Es el que prolonga la humillación de los desaparecidos, desplazados y masacrados afirmando que estos no fueron víctimas sino bajas legítimas de la guerra y que los daños cometidos sobre personas y derechos no fueron crímenes sino actos en cumplimiento del deber patriótico.

Otra parte de ese movimiento (gubernamental y social) simplemente guarda el mismo silencio que conservó durante los años de exterminio de ciudadanos y organizaciones sociales y políticas; se mantiene agazapado porque aunque se identifica con los perpetradores y los ha apoyado, activa o pasivamente, quiere seguir siendo beneficiaria a la sombra, y rehúsa toda responsabilidad moral y política por lo acontecido.

Ahora bien, ¿qué explica la debilidad de la contraparte, del movimiento de víctimas? Lo primero que debe tenerse en cuenta es que, contrario a lo que muchos pregonan, no hay movimiento sino una dinámica organizativa muy incipiente en torno a los derechos de verdad, justicia y reparación que enfrenta enormes dificultades para convertirse en un movimiento social.

El carácter incipiente de estas organizaciones guarda una estrecha relación con el miedo difundido por la violencia paramilitar en los últimos años. Éste ha cumplido una función importante en la disolución y prevención de lazos colectivos, ha transformado profundamente la subjetividad de los sobrevivientes y prolonga el efecto del castigo y la represión. Ha llevado a que los sobrevivientes estén atentos más a la conservación de su vida que frente a la exigencia política de sus derechos como víctimas o como ciudadanos, lo cual es justamente el propósito de la violencia contrainsurgente. Igualmente, la continuidad de la guerra y la persistencia del paramilitarismo es un factor que disuade la organización y movilización de los sobrevivientes porque mantiene vigente el temor a las represalias por la reclamación de tales derechos.

Esa dinámica incipiente de organización carece de dirección y preparación política para enfrentar la dificultad del actual escenario de disputa, lo cual es consecuencia y a la vez continuidad de la despolitización de la discusión sobre la guerra que tuvo lugar en los últimos quince años.

Las pocas víctimas organizadas están atrapadas entre la explicable y lógica indolencia gubernamental (en particular la de una Alcaldía como la de Medellín a la que le preocupa más la imagen de la ciudad que la gente pobre que se encuentra en situaciones de riesgo de agresión) y el oportunismo de algunas organizaciones no gubernamentales que ven en ellas una excusa para gestionar recursos (los mismos que luego se pierden en innumerables intermediaciones y gastos administrativos), un objeto de disputa como si no fueran más que clientes potenciales en el mercado de las miserias humanas y una nueva oportunidad para exponer un falso altruismo.

La despolitización de las víctimas y de sus escasas organizaciones se prolonga con aquella concepción que prefiere individualizarlas en lugar de considerarlas en su dimensión colectiva; que las considera como sujetos de compasión por haber recibido algún daño; que borra de un trazo el significado político de los muertos como consecuencia de la guerra contrainsurgente.

Bajo esta perspectiva, quienes intentan cooptar sus agrupaciones prefieren obviar que la colisión que hoy se manifiesta entre esas frágiles e incipientes organizaciones y el movimiento de apoyo a los perpetradores paramilitares expresa una vez más la polaridad que ha definido a la guerra, la misma que diligente y sistemáticamente soslayaron durante los años más duros de la confrontación.

Todos estos factores conducen a la fragilidad de la expresión organizada de víctimas y sobrevivientes de la represión. El suyo es un estado de soledad: una experiencia cotidiana que conduce a la pérdida de la confianza en el mundo y de la capacidad para afirmar sus derechos en el marco del conflicto a través de la acción política, y un campo propicio para el afianzamiento de la dominación.

El arrinconamiento que han sufrido como consecuencia de esas debilidades políticas y organizativas, de las manifestaciones de apoyo a los jefes mercenarios, de la displicencia de un gobierno local que es más proclive a la defensa de la buena imagen del proceso de desmovilización que de afirmar los derechos de las víctimas, es una confirmación de la actual correlación de fuerzas en la guerra: donde se expresa la arrogancia de los vencedores y la soledad de los oprimidos.

Sin duda, el desafío es grande y pasa, entre otras cosas, por transformar el miedo paralizante en un miedo racional que active la voluntad de lucha política; por tener presente en estos tiempos y los por venir aquello que ha estado en juego en la guerra en tanto conflicto político; por tener en cuenta que los agravios han sido sufridos no sólo por los ciudadanos individualmente considerados sino por pueblos y organizaciones, pues fueron estos los que interiorizaron el miedo que provocó el descuartizamiento de los cuerpos o su desaparición; por entender que antes de las organizaciones no gubernamentales esta sociedad era capaz de organizarse y protestar; y ante todo por reivindicar el significado político de nuestros muertos, para que la suya no sea una muerte en vano.

Instituto Popular de Capacitación (IPC)

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