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Solidarios
por NÉSTOR MORALES
Wednesday, Aug. 01, 2007 at 9:39 AM
La verdadera solidaridad significaría practicar en abstracto lo que estaríamos dispuestos a hacer si el secuestrado fuera un hijo nuestro.
NO se me ocurren ahora amores más parecidos que el del profesor Moncayo por su hijo secuestrado, y el de Héctor Abad por su padre médico, asesinado en Medellín hace este mes de agosto 20 años. Ambos, expresados muy diferentemente, casi yuxtapuestos, son, ahora que los veo, una asombrosa coincidencia de valor, de afecto, de paciencia. Coincidencia de muchas cosas porque esos dos amores, de padre a hijo y viceversa, son tal vez el único rescoldo de pureza sin mancha en las relaciones humanas.
Y veo también sus trayectos tan parecidos. Ahora que emerge tanta solidaridad y tanto lagarto alrededor de la caminata de Moncayo, vale la pena recordar un episodio que ocurrió hace 2 años y medio en el Hotel Tequendama. Durante una reunión de víctimas, en un conversatorio, Moncayo tuvo un muy agrio enfrentamiento con Álvaro Uribe. Cuando el profesor preguntó por plazos y posibilidades para lograr la libertad de su hijo, el Presidente sacó la cartilla de la seguridad democrática y le aplicó uno de sus habituales sermones. El incidente terminó con un cruce de recriminaciones, Moncayo denunciando que era un capricho no acceder al despeje, y citando una liberación de terroristas que se había producido horas antes en Israel. El Presidente, argumentando su lucha contra el terrorismo y la necesidad de un compromiso para que los presos no volvieran a delinquir.
El auditorio, muy afecto al gobierno, estalló entonces en una falsa solidaridad y le aplicó dura rechifla al profesor Moncayo. Él salió llorando y desconsolado, según una breve descripción de prensa de la época. Recordando este episodio, me dicen algunos familiares de secuestrados que hay capítulos mucho más vergonzosos que ilustran la falta de apoyo y misericordia con su causa. Que fue lo mismo que le sucedió a Héctor, cuando no era ni periodista ni escritor famoso. Lo cuenta en El olvido que seremos, desgarrado por los comentarios arteros que justificaban la muerte de su padre. Hubo en esa Antioquia de los años 80 muchos comentarios que explicaban o incluso celebraban el asesinato de Abad padre y de otros defensores de derechos humanos.
Digo entonces que en el fondo, y tras la coincidencia de campañas filiales reivindicatorias, lo que pasa con Moncayo y Abad es más o menos lo mismo: unas sociedades indolentes que primero le dan la espalda a sus víctimas y que se demoran muchísimo en reconocerlas. Y después se lanzan en una sensiblería sin fin, a proponerlos como candidatos al Nobel de paz o de literatura, que es lo que tanto escucho de gente que susurra un “¡qué berraco!”.
Claro que hay que nominar a Moncayo a cuanto premio haya para reconocer su esfuerzo infinito. No todos son capaces de luchar 10 años, sin tregua, amenazando con crucificarse o golpeando en todas las puertas para que alguien le devuelva al hijo perdido. Pero más allá de postulaciones o elogios de forma, lo que hay que hacer es acompañarlos en su lucha verdadera y original, que en el caso de la familia nariñense y de otras muchas es abrir el camino de regreso de los secuestrados.
Lo demás, impresionarse porque el profesor ha caminado mil kilómetros con ese gesto siempre digno, es apenas un tributo formal, de dientes para afuera. La verdadera solidaridad significaría practicar en abstracto lo que estaríamos dispuestos a hacer si el secuestrado fuera un hijo nuestro. O nuestro padre, porque alegar como lo hace Uribe razones de Estado es poner el debate en un punto neutro, y olvidar que en últimas la gran razón de ser de ese Estado es la protección de las libertades y de los ciudadanos. El resto es puro capricho, como dice Moncayo.
© EL NUEVO SIGLO
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