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Represión y espacio público
por Reinaldo Spitaletta
Saturday, Sep. 01, 2007 at 2:50 PM
La cultura popular es la cultura de la plaza, decía Mijail Bajtin en su celebrado libro La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. Y es que en ese espacio público se tejen desde consejas hasta conspiraciones contra el poder, y tal vez por ello cada vez más, éste, el poder, les teme a las plazas, sobre todo cuando congregan a los excluidos.
Es posible que un temor similar hubiera sentido el presidente Uribe cuando llegó a la Plaza de Bolívar el profesor-caminante Gustavo Moncayo, y que por estar en aquellos días convirtiéndose en un paradigma de la desobediencia civil entonces el azarado mandatario tuvo que enfrentarlo. Intentó, incluso, humillarlo, pero la jugarreta le salió vana. Después de aquella confrontación, el papá de un soldado secuestrado por las Farc ganó en simpatías populares.
Desde luego, los adláteres del uribismo intentaron en los medios de comunicación desprestigiar al maestro nariñense, al cual, en temerarias acusaciones, lo tildaron de ser simpatizante de las Farc. Lo que quedó flotando después del careo es que más que un estadista el presidente colombiano tiene más talante de mayordomo.
Hace poco leí una entrevista con el antropólogo catalán Manuel Delgado, especialista en espacios públicos, en la cual advertía que el poder teme a la calle. Una calle, sobre todo si en ella concurren los desvalidos, los mendigos, los desempleados, los vendedores ambulantes, en fin, se va transformando en una suerte de explosivo. En cualquier momento puede ocurrir un “mitin”, darse una espontánea manifestación de desobediencia.
Tal vez por eso, y por otros motivos, la calle es cada vez más asediada. Los espacios públicos van desapareciendo para dar paso a la privatización de ellos, para dar cabida a las nuevas expresiones de la denominada “posmodernidad”, como es, por ejemplo, el centro comercial. Ya Saramago hizo la respectiva crítica en su novela La caverna.
Quizá por eso, sobre todo en determinadas ciudades colombianas, se prohíbe el vendedor ambulante, al que, por ejemplo en Medellín, lo persiguen los hombres de la oficina de Espacio Público. Se han visto auténticos atropellos a la dignidad humana cuando, por ejemplo, decomisan termos de café, carretillas de frutas, helados y otras mercancías.
En los nuevos diseños urbanos, los parques están concebidos para que sean lugares de paso y no de reposo, congregación o contemplación. Son sitios de circulación rápida. Si tienen bancas, se busca que sean lo menos cómodas posible. Se dice que hay que evitar convertirlas en cama de vagabundos, gamines o drogadictos. Y tampoco son generosos en vegetación. Ni riesgos de sembrarles almendros u otras especies de sombra, porque serán refugio de jubilados y otros desprotegidos. ¡Ah!, y menos árboles frutales, pues quién va a aguantar a tanto pobre junto tirando piedra o subido en los palos.
Quizá sin que sea muy visible la intención del poderoso, que es soterrada, la plaza pública se ha reducido a puro cemento. Es una manera de desestimular cualquier conato de descontento. Es mejor transformarla en sitios rápidos, como en una especie de “no lugar” en la que no se produzcan afectos ni se detenga el ciudadano a pensar, a sentir o simplemente a descansar. Entre menos tenga relación con el otro, es más fácil de domesticar.
En tiempos de neoliberalismo también se restringen los espacios públicos. O se privatizan. En cualquier caso, hay que evitar al máximo la presencia del populacho. Sin embargo, como sucedió en Medellín, una plaza (el Parque de los pies descalzos) concebida para “yuppies”, ejecutivos arribistas y clase media alta, se la tomaron las clases populares. A sus diseñadores el tiro les salió por la culata.
El poder procura porque el espacio público se transmute en lugar de transitoriedad. Quiere desdibujarlo para no sea de encuentro, de solidaridades, de intercambio de palabras, sino de silencios y soledades. Sobre el espacio público se ejercen distintas presiones: las viales, la del centro comercial, la del obstáculo para el ciudadano de a pie. Ya no se conciben espacios para solazarse en ellos, ni para el ejercicio dialéctico del discurso y la reflexión, sino para pasar de largo.
El espacio público, en los tiempos de la Ilustración, se vinculó al libre ejercicio de la razón y la libertad. Es decir, el espacio público es para igualar tanto al rico como al pobre, sin discriminaciones. Ya no es así. Se busca invisibilizar al excluido, que se quede bajo el puente o en los suburbios.
Dice Delgado que diseñadores y planificadores urbanos (ligados, por supuesto, al poder) quisieran más bien que los espacios públicos fueran para que la gente pase, vaya, venga, a sus trabajos, a sus casas. O a consumir. Sin darle oportunidad a la contemplación ni al diálogo. Es otra manera, quizá más sutil, de las represiones oficiales y el amordazamiento del ciudadano del montón.
El espacio público, en todo caso, está cada vez más vedado para aquellos que tal vez huelen mal, no tienen capacidad de gran consumo y no usan ropa de marca. Para aquellos que son víctimas de la injusticia social. Y hoy en día –como dice Delgado- el mundo no está hecho para la justicia social. Qué vaina.
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