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La “calidad de vida” y del empleo en Medellín
por Carlos Arturo Cadavid Valderrama Saturday, Sep. 01, 2007 at 4:03 PM
carloscadavid@hotmail.com

La clase de empleo que ofrecen Medellín y su área metropolitana es aberrante. Lo muestran a diario las cifras oficiales y las investigaciones de la academia, organizaciones sin fines de lucro y gremios empresariales.

Cada poste de la ciudad es testigo de la profusa y perversa oferta de ‘trabajo’ deslaboralizado e indecente. Hasta servidores informáticos públicos como el Sena, y privados como Computrabajo, publican cientos de ofrecimientos de esta naturaleza, sin siquiera reparar en la vergüenza de la oferta: es que no hay más. Empleo sin seguridad social, sin límites de horarios, sin estabilidad, sin prestaciones sociales, sin salario mínimo. En síntesis, un trabajo indecente, aberrante, esclavizante, que rememora los peores momentos de la revolución industrial, en el siglo XIX. Es indiscutible: no se puede respaldar ni propiciar este nuevo tipo de empleo promovido en esta economía metropolitana neoliberal, que contraviene principios del derecho al trabajo y convenios internacionales.



Miles de mujeres desplazadas por la violencia y provenientes del Chocó y Urabá ocupan estos puestos de trabajo en pequeñas empresillas (6 a 18 operarias) dedicadas a la confección de prendas de vestir, diseminadas por la ciudad. Muchas de estas empresas surgen de la noche a la mañana, cambian de razón social o ni siquiera están registradas, eludiendo así sus responsabilidades laborales. Cambian de personal cada 30 días, pagan cuando quieren, algunas exigen Sisben, acosan sin medida, explotan sin misericordia y, como dicen las obreras del ramo, jalan sin parar.

Además, existe infinidad de famiempresas (se calculan 5.000), eufemismo empleado por los dueños del capital y la ciudad, para ilusionar a cientos de mujeres que en barrios populares confeccionan a terceros, con el cuento de que van a llegar a ser grandes empresarias, cuando la realidad escueta y descarnada es que las propietarias de las tres o cuatro máquinas confeccionadoras, usufructuarias del local (una pieza trasera en la casa o sótano), rara vez alcanzan a recibir salario mínimo pelado y se mantienen endeudadas y reportadas en las centrales de riesgos para poder pagarles un magro salario a sus operarias. Y se mantienen al vaivén de que haya corte para garantizar la producción sin interrupción, donde el intermediario paga a precio de huevo, obligando a las dueñas de estos talleres a extensas y agotadoras jornadas de trabajo.

Ni qué decir del empleo ofrecido a los jóvenes de Medellín. Mesnadas de muchachos y muchachas con el conocido chaleco rojo, negro, amarillo o verde, que se dedican en cada esquina, de cada calle y carrera, de cada cuadra de Medellín, a vender minutos de celular, para tratar de paliar sus necesidades básicas. Esta es la oferta de empleo de las nuevas tecnologías de la información y las telecomunicaciones.

¿Cuántos niños vemos en los semáforos, rebuscándose la vida? ¿Cuántos párvulos enfermos, parte de ellos de origen indígena, vemos en brazos de avivatos o de sus propios padres, sin esperanza, pidiendo una moneda en los andenes? ¿Cuántas niñas y jóvenes prostitutas acogotadas por el vicio, la necesidad y la presión de los chulos (novios proxenetas), en los alrededores de La Veracruz y la esquina de la Avenida De Greiff con Cúcuta? ¿Se ha cuantificado el ignominioso y creciente ‘empleo’ de mujeres en los bares del centro de la ciudad, constreñidas a consumir alcohol a la par con los clientes de la mesa asignada para obtener una ficha de $ 1.000 en la zona del viejo Guayaquil y de $ 1.500 en las cantinas-tabernas de la Carrera Cundinamarca?

¡Cómo pulula el empleo denigrante disfrazado de agencia comercial, con el incremento monopolístico del tradicional chance! ¡Quién lo creyera! Esas pequeñas oficinas de la ‘suerte’ abren sus locales cada día, incluido domingo y festivos, desde la 6 de la mañana hasta las 11 de la noche, para recibir salarios de hambre, ya que el dueño del privilegio disminuye el porcentaje de utilidad.

No hablo de los millares de personas, y hasta familias completas, que se dedican a las ventas ambulantes o estacionarias, pues también se centuplicaron los negocios de ventana en cada manzana urbana: es como si se quisiera hacer de cada habitante un vendedor de fruslerías, suerte, basura asiática y desechos industriales.

En Medellín existe un poco más de 18.000 taxis registrados, en contraste con 14.000 taxis amarillos en Nueva York. En gran parte, conducidos por propietarios y asalariados a destajo, profesionales y empleados, que salieron de la administración pública por retiro forzoso. Y existen cientos de taxis nuevos para la venta en las concesionarias citadinas. Sus conductores no estarían manejando de tener empleos decentes y productivos. Me dirán: ¿Qué culpa va a tener la administración de que existan importadores a granel, y cierto monopolio del negocio automotor para el servicio público e inundar la ciudad de automotores?

Este es el incremento del empleo en Medellín y la verdadera ‘calidad’ de vida que se ofrece como panacea para la tranquilidad y la paz. Una administración pública que cifra sus políticas de empleo en la maquila de garaje, en la deslaboralización y vulneración descarada de los derechos laborales, en la intermediación de las ‘cooperativas de trabajo asociado’ y en la masificación de los contratos de prestación de servicios. Como el TLC afianza la desindustrialización antioqueña y la entronización del subempleo en el mundo del trabajo, con sus indignantes secuelas en los derechos laborales –todo en beneficio del gran capital industrial y financiero–, el Alcalde de Medellín acaba de ser premiado con el galardón al mejor administrador de ciudad por sus aportes a la globalización neoliberal al permitir el incremento de la inversión extranjera.

¿De qué se ufana esta clase política antioqueña al servicio de las multinacionales? ¿Se enorgullecen de las prácticas laborales y mercantiles de los almacenes Éxito, Ley, Pomona y Óptimo, campeones de la deslaboralización y quebradores olímpicos de nuestras empresas proveedoras, todo realizado con la aquiescencia de la superintendencia respectiva? ¿Se ufanan del cuantioso presupuesto gastado por la primera dama municipal en inútiles campañas contra la bulimia, anorexia y en “estudiar el estado de nutrición de las modelos”, en lugar de combatir la desnutrición de la inmensa mayoría de las 150.000 trabajadoras que tienen que laborar en ayunas, y que como almuerzo llevan una coca de arroz con huevo, al igual que sus hijos? (menos 700 que despidió Vestimundo hace 8 días).

Políticas de empleo productivo y de calidad deben ser aquellas que respeten estándares de normas y convenios de la OIT, garanticen la sindicalización masiva de trabajadoras y trabajadores, fortalezcan un mercado interno al incrementar ingresos y demanda, recuperen la mediana y gran industria local, y propicien el progreso democrático técnico, tecnológico y científico. He ahí el reto de una organización política nueva como el Polo.

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