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Los intelectuales y la verdad oficial
por María Jimena Duzán
Sunday, Sep. 30, 2007 at 10:06 PM
Una sociedad sin crítica, sin intelectuales que sean capaces de pensar libremente, no tiene futuro.
Primero fue el periodista y escritor norteamericano Gay Talese, considerado el padre del Nuevo Periodismo. Ante un auditorio lleno a reventar que asistió al F-11, el segundo festival de El Malpensante, sostuvo que su gobierno, el del presidente Bush, mintió vilmente para justificar la invasión de Irak, al tiempo que descalificó duramente a la prensa gringa por haber sido dócil ante el poder político y haber avalado semejante patraña. "Ese no es el papel del periodismo en una democracia", afirmó muy a su pesar. Una hora antes, otro escritor e historiador, Philip Bloom, nos había devuelto al siglo XVIII para hablarnos de su último libro, Encyclopedie, novela histórica en la que retrata a esa generación de intelectuales franceses de clase media que revolucionó el pensamiento europeo al cuestionar la monarquía y los dogmas de la Iglesia.
Su charla no solo fue iluminante. Como ocurrió con la de Gay Talese, también nos hizo pensar -o malpensar- sobre cuál es el verdadero papel de los intelectuales en una sociedad como la colombiana, tan dominada ahora por una verdad oficial, que pareciera traer injertada sus propias cifras de desempleo, de pobreza, de muertos y de vivos. Una verdad oficial que no admite sino cifras positivas: es decir, que den cuenta del descenso del desempleo, de la pobreza, del número de muertos y de asesinatos. Una verdad oficial que desecha las cifras que le son adversas por la vía más fácil: cuestionando la idoneidad de quien tiene a su cargo hacerlas, como de hecho ya les ha sucedido a los dos directores del Dane que han salido de sus puestos cuando los datos del desempleo o de la pobreza no han sido del agrado del Gobierno.
O como les ha sucedido a los miembros de la MOE, el observatorio electoral que está integrado por importantes académicos de las universidades más importantes del país, quienes han sido cuestionados no por su idoneidad, pero sí por "su sesgo político". Un argumento que este gobierno utiliza para desacreditar a quienes se atreven a salirse de la cartilla y de la verdad oficial. Al acusarlos de tener un "sesgo político" les está diciendo que son académicos fletados por el enemigo. Y el enemigo en este gobierno está asociado con los guerrilleros vestidos de civil. ¿Cuál fue el pecado de la MOE? Publicar un mapa en el que advierte que cerca de la mitad de los municipios del país estaría en alto riesgo electoral, debido al aumento de asesinatos y atentados contra candidatos y al resurgimiento de grupos ilegales.
La verdad oficial incluye mentiras monumentales, como la que por enésima vez afirmó ante la ONU el presidente Uribe la semana pasada, al decir que en su gobierno se había acabado el paramilitarismo, cuando todos los días saltan a la vista evidencias de que estos grupos se están rearmando y reacondicionando. O como la de que este proceso con los 'paras' está contribuyendo a la verdad, a la justicia y a la reparación, cuando es evidente que las víctimas han sido las convidadas de piedra. Ni Angelina Jolie le creería.
Esta clase de situaciones, que se repiten una y otra vez, afianzan la tesis poco democrática de que los que no están conmigo, los que se atreven a disentir del régimen, son enemigos de la paz, del progreso, y de que Angelina Jolie tenga miedo de venir a Colombia.
Lo grave no es que el Gobierno esté dispuesto a todo por defender su verdad oficial. Lo más complicado es que la tengamos que defender los críticos, los periodistas, los académicos, los historiadores, por temor a perder nuestra audiencia o a ser estigmatizados. Cuando no amenazados. Y que a quienes no nos acojamos a esos designios, a esa verdad oficial, se nos considere un palo en la rueda dentro de este paraíso.
Una sociedad sin crítica, sin intelectuales que sean capaces de pensar libremente, no tiene futuro. Afortunadamente, hay espacios de reflexión, como el que ha abierto la revista El Malpensante con su F-11, que se convierten en toda una provocación para esta sociedad tan conformista y tan pacata.
© EL TIEMPO
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