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LO QUE DIJO RUDOLF HOMMES
por William Ospina
Monday, Oct. 01, 2007 at 3:37 PM
Colombia es un país cuya clase dirigente parece decidida a eternizarse en el inmovilismo, en la repetición de un esquema tedioso de injusticia y barbarie.
Pero a veces uno tiene la sensación de que algo está a punto de ocurrir, de que otras maneras de pensar y actuar están a punto de nacer. A veces algún sector de nuestra dirigencia desespera de la miopía general y alcanza a avizorar en el horizonte ese otro país que Colombia podría ser con un poco de audacia, de inteligencia y de sentido práctico. Esa es la sensación que produce, por ejemplo, leer la columna que el ex ministro y ex asesor del actual gobierno Rudolf Hommes escribió la semana pasada en el diario El Tiempo, y a la que llamó, recordando a Dickens: “Una historia de dos ciudades”.
La columna comienza con la comparación entre dos países que antes fueron uno solo, Colombia y Panamá, y señala la asombrosa situación de que mientras Panamá invierte sus recursos en la ampliación del Canal Interoceánico, y en garantizar con ello la prosperidad futura de su pueblo, Colombia destina un presupuesto idéntico a la persistencia de una guerra interna que no tiene la menor perspectiva de resolverse por la vía militar.
Estoy lejos de pensar que el ex ministro Hommes encarne de un modo pleno a la clase dirigente colombiana. Es un hombre inteligente que a veces muestra una gran independencia de juicio, y en este caso me parece que expresa un interés sincero y profundo por que Colombia no persista en su camino de barbaries y retaliaciones, en la lucha despiadada del horror contra el horror. Me parece que sus palabras traducen los sentimientos de un hombre que ha comprendido la profunda equivocación de una dirigencia que no se aplica con lucidez y con decisión a superar un conflicto que muy posiblemente tiene solución.
El ex ministro Hommes tuvo en sus manos la economía nacional durante largos años, y mucho nos habría servido que percibiera en aquellos tiempos lo que percibe ahora y se lo hubiera explicado con claridad al presidente Gaviria cuando era su ministro estrella, o al presidente Uribe cuando era su asesor más escuchado. Pero el hecho de que haya tardado en advertir todo el tiempo que hemos perdido, todas las posibilidades que hemos derrochado, no significa que no tenga razón en lo que está diciendo, ni que sea tarde para expresar esas opiniones. Al contrario, mientras el conflicto exista, y mientras Colombia siga sacrificando en una maligna fiesta de sangre sus años, sus recursos y su juventud, nunca será tarde para que los líderes de opinión, y todos los que verdaderamente quieren al país, comprendan la situación en que estamos y alcen su voz para invitarnos a pensar otro futuro.
Lo que yo advierto en la columna de Hommes es que se ha convencido de que la prolongación de la guerra colombiana no se debe únicamente, y tal vez ni siquiera principalmente, a la indudable obstinación delictiva de la guerrilla, sino a que tampoco desde el establecimiento ha habido una verdadera intención de desarmar el conflicto. Recuerdo que ya en tiempos de Belisario Betancur negociadores como Otto Morales Benítez y como John Agudelo Ríos advirtieron que había en el propio establecimiento colombiano “enemigos ocultos de la paz”, gentes que parecían interesadas en que el conflicto no se acabara.
Las guerrillas han sido, como es natural, desde siempre, los enemigos visibles de la paz, por eso se requiere la estrategia de combatirlas aunque también de procurar atraerlas a una posición menos rabiosa y recalcitrante. Pero los enemigos ocultos de la paz en el seno de la sociedad bien pueden ser uno de los factores que han eternizado el conflicto. Hommes identifica uno de esos factores: “La incompetencia y la venalidad de la clase dirigente” colombiana, “incapaz de resolver sus conflictos internos y de defender a la nación”. Y señala que ese mal no es solo causa de nuestro caos presente sino que también causó la pérdida de Panamá hace más de cien años, es decir, es una de las mayores enfermedades de Colombia en el largo lecho de un siglo.
Muchos no pueden aceptar esa alusión a “los conflictos internos” de la sociedad colombiana, porque hay sectores de Colombia que no ven en esa tragedia la expresión de un conflicto entre conciudadanos. Cierta mentalidad se resiste a aceptar que los que mueren en ambos bandos de la confrontación son connacionales, es decir, que son hermanos, así unos representen a la ley y otros hayan tomado la vía del delito y de la rebelión.
Las guerras de otros pueblos suelen reconocer la dignidad de los enemigos, suelen concederles algún mínimo grado de humanidad, suelen reconocer en ellos alguna validez de sus posiciones, aunque se sepa que hay que combatirlos o refutarlos. Aquí se parte de la base de que son engendros irreductibles, sin advertir que precisamente esa negación está en la raíz del conflicto y es posiblemente lo que los convirtió en salvajes enemigos del orden social. Tal vez, sin justificar sus crímenes, bastaría reconocer una mínima razón en sus posiciones para desmontar los mecanismos psicológicos del resentimiento.
¿Qué es lo que impide en cierto sector de la sociedad una actitud favorable a la negociación con las guerrillas colombianas? Algunos dicen que es su criminalidad, su violencia, su imperdonable cinismo. Pero en el curso de cincuenta años hemos visto armisticios como el del Frente Nacional, que olvidó sin siquiera nombrarlos incontables crímenes atroces patrocinados por los hoy moribundos partidos tradicionales. No fueron obstáculo los crímenes para que se diera esa reconciliación. Y todos somos testigos hoy de que tampoco una de las más monstruosas edades de sangre y de vileza que haya vivido el país, la fiesta de muerte del paramilitarismo, que sembró de cuerpos profanados el suelo de esta Patria, haya sido un obstáculo para que se dé una masiva y generosa reincorporación de sus huestes a la vida civil, sin que siquiera los cabecillas parezcan amenazados con un castigo severo. ¿ Por qué es tan distinta la posibilidad de una negociación con las guerrillas? Ese es uno de los enigmas de la sociedad colombiana. Y bien podría ser que no sean sus crímenes, sino la pretensión de los guerrilleros de imponer modificaciones al régimen de propiedad y de tributación, o una dinámica distinta en el manejo de la política, lo que crispa a los poderes que tendrían que hacer esas concesiones. Pero a lo ilusorio de la solución alude Hommes cuando dice: “No nos damos cuenta del gigantesco costo de mantener situaciones de conflicto indefinidamente, y no hacemos lo suficiente para resolverlas”.
Colombia es el único país del hemisferio que persiste en un conflicto interno verdaderamente desgastador: estamos llenos de jóvenes sin piernas y sin brazos, como en los peores tiempos de los desmembramientos medievales. Pero sobre todo Colombia es el último país del hemisferio que gasta su presupuesto en una guerra contra sí misma, una guerra de jóvenes reclutados en los campos y en las barriadas por el Estado contra jóvenes reclutados en los campos y en las barriadas por los ejércitos rebeldes. La misma juventud, siempre la misma por su procedencia, es la que se diezma en ese conflicto que no puede ser beneficioso para nadie, que es solo la precaria y costosa manera de mantener una situación que no tiene futuro.
Otras frases del artículo de Hommes son importantes: “No deja de ser un desperdicio tener que gastar tanto en seguridad, sin esperanza de ascender a una situación más estable”. “Imaginemos –añade– que lo que se gasta en el Plan Colombia se invirtiera en infraestructura”, o “que lo que se gasta en ese programa se invirtiera en educación superior, en ciencia y en tecnología”. A muchos indigna la posibilidad de que los cambios democráticos, económicos, sociales, culturales que Colombia requiere terminen siendo fruto de la imposición de unas guerrillas que profanan la condición humana, que mantienen personas secuestradas por años, que se han ido insensibilizando hasta el hielo en cuarenta años de guerra sin piedad. Y a mí también me dolería, porque esos cambios tenemos que merecerlos los demócratas por nuestro esfuerzo y no recibirlos como limosna de unas potestades insensibles y odiosas.
Pero ¿por qué la dirigencia interesada en conservar su posición y el orden institucional del país no emprende esos cambios? El Polo Democrático no se equivoca cuando dice que solo la decisión de abrirle camino a la dignidad de las mayorías, a una democracia efectiva en oportunidades, en crédito, en acceso a la educación, en la superación de clasismos y racismos largamente enquistados en la sociedad, podrá ahogar el conflicto, y favorecer una negociación en la que las instituciones y la democracia se fortalezcan y se salven. Nadie quiere que el precio de las reformas sea perder la libertad y la alegría en manos de una tiranía totalitaria. Pero la solución no puede ser que nos eternicemos en un disco rayado que solo garantiza la vida y la propiedad a unos cuantos, que tolera desangres como el que Colombia acaba de vivir, que nos obliga a vivir en el miedo y en la indignidad.
“Mantener la situación actual le está costando a Colombia su futuro”. No es un enemigo de las instituciones quien escribe esas palabras sino un prestigioso ex ministro cuya formación y cuya independencia de criterio lo han llevado a descubrir la irracionalidad de esta sociedad señorial premoderna que padecemos. Ojalá eso signifique que otros miembros de nuestra dirigencia pueden comprender también que lo que requiere Colombia, para escapar a la barbarie de los excluidos y a la barbarie de los poderosos, son unas profundas reformas liberales, una democracia social civilizada, culta, no populista pero sí generosa, que desdeñe los negros banquetes de la épica, que sea más solidaria y menos llena de contrastes odiosos, que oponga a la opulencia mafiosa de todas las élites la lucidez austera de una vida rica en creatividad y en afecto. Por eso, a pesar de que muchas veces no he estado de acuerdo con él, quiero compartir esa pregunta que Rudolf Hommes formula en su artículo: “¿Podrá el país llegar a un acuerdo político para pasar de la ‘seguridad democrática’ a la seguridad que se deriva de paz, prosperidad y justicia social?”.
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