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El Palacio de Justicia por Virginia Vallejo
por Lector Saturday, Oct. 20, 2007 at 10:55 PM

Transcribo a continuación apartes del capítulo "El Palacio en llamas", correspondiente al libro de Virginia Vallejo "Amando a Pablo, Odiando a Escobar"

Aquel palacio en llamas

"Pablo Escobar es dueño de la mente más moderna que yo haya conocido. Un auténtico experto en geopolítica caribeña, ha construido en menos de una década la industria más rentable de todos los tiempos y ahora la controla con puño de hierro como si fuese una autentica corporación multinacional. Combina un excepcional talento para visualizar el futuro con una especie de sabiduría antigua que le permite resolver en cuestión de segundos todas las cosas prácticas o urgentes de la vida y tener siempre a mano soluciones fulminantes para cada problema, del tipo que para otro ser humano serían no sólo inconcebibles sino casi imposibles de poner en práctica.

Pablo sólo siente verdadera pasión por una cosa: el ejercicio del poder en beneficio de sus intereses. Todo en su vida cumple dicho propósito y eso, obviamente, me incluye a mí. Como lo amo y lo fustigo en las mismas proporciones — y como jamás me le entrego completamente — soy para él un desafío permanente y, por ello, ensaya conmigo a nivel individual esa misma seducción que a nivel colectivo ha comenzado a poner en práctica con un país que él ve, trata y pretende utilizar como si fuese sólo una extensión de la Hacienda Nápoles. Soy no sólo la única mujer de su misma edad que él tendrá en toda su existencia sino también la única librepensadora y educada y, por razones de mi oficio, seré para él siempre su amante detrás de una cámara. Cuando necesita medir la posible reacción de otros a su discurso político, me utiliza fríamente como interlocutor — mezcla de abogado defensor, fiscal, testigo, juez y público —, consciente de que, mientras él seduce a la mujer—trofeo, la mujer—cámara lo está analizando, cuestionando, catalogando y casi seguramente comparando con otros de su misma talla.

Escobar es uno de los hombres más despiadados que haya producido en toda su historia una nación donde los hombres con frecuencia se amamantan del odio, la envidia y la venganza; pero, a medida que el tiempo pasa y el amor va transformándose, he comenzado a verlo como un niño grande que carga con una cruz cada vez más pesada, hecha de las responsabilidades imaginarias delirantes de aquellos cuya ambición conduce a la obsesión por controlar y do¬minar absolutamente todo, sus circunstancias, su entorno, su destino e incluso a todos los seres humanos que puedan formar parte de su pasado, su presente o su futuro.

Mi amante es no sólo uno de los hombres mejor informados del país, sino que, corno buen hijo de maestra, es en el fondo un moralista y ante quienes quiere hacerse amar o respetar exhibe un riguroso código ético. Cada semana alguien me pide cita para ofrecerle, por conducto mío, las propiedades más fabulosas a los precios más irrisorios; con una sonrisa y una caricia, Pablo indefectiblemente responde «No.» Claro ejemplo de sus razones es su respuesta al intermediario del ministro Carlos Arturo Marulanda:

— Te manda a ofrecer sus 12000 hectáreas en el sur del Cesar por sólo doce millones de dólares. Bellacruz no linda exactamente con Nápoles pero, con unas compras adicionales de poco valor aquí y aquí — le digo señalándoselas en los planos que me han dejado — puedes juntarlas más adelante y construir en el centro del país un corredor gigantesco que te saca hacia la Costa y a Venezuela. En poco tiempo esto va a tener un valor varias veces superior, porque todos sabemos que, con la demanda de tu gremio, los precios de la tierra y la finca raíz en Colombia se van a poner por las nubes.

— Marulanda es el cuñado de Enrique Sarasola. Dile al emisario que yo sé que Bellacruz es la hacienda más grande del país después de unas que tiene el Mexicano en los Llanos, donde la tierra no vale nada, pero que no le doy ni un millón de dólares por ella porque yo no soy un desalmado como el padre del ministro. ¡Y claro que va a valer el doble, mi amor! Pero primero tiene que buscarse a otro tipo sin escrúpulos, como él y su hermano, para que saque de ahí a los descendientes de toda esa pobre gente a quien su padre expulsó de sus parcelas a sangre y fuego aprovechándose del caos de La Violencia.

Me explica que en Bellacruz se está gestando un polvorín que tarde o temprano terminará en una masacre. El padre del ministro, Alberto Marulanda Grillo, compró las primeras 6000 hectáreas en los años cuarenta y fue doblando el tamaño del latifundio con la ayuda de chulavitas, policías que incendiaban ranchos, violaban, torturaban y asesinaban por encargo de quien contratara sus servicios. La hermana de Carlos Arturo Marulanda está casada con Enrique Sarasola, vinculado a la sociedad española Ateinsa de Alberto Cortina, Alberto Alcocer y José Entrecanales. Sarasola, amigo cercano de Felipe González, ganó $19.6 millones de dólares de comisión y gestionó la adjudicación del llamado «Contrato de ingeniería del siglo», el Metro de Medellín, al Consorcio Hispano-Alemán Metromed y a sus socios, entre ellos Ateinsa. Diego Londoño White, gerente del proyecto del Metro, gran amigo de Pablo y dueño, con su hermano Santiago, de las mansiones que él y Gustavo utilizan como oficinas, fue el encargado de negociar el contrato y tramitar las jugosas comisiones. Según un testigo de la rapiña y la voracidad del grupo encabezado por Sarasola, la adjudicación del Metro — en la que recibirían honorarios extravagantes desde unos abogados colombianos de apellido Puyo Vasco hasta el espía alemán Werner Mauss —, «más que una licitación por un contrato de ingeniería civil, parecía una película de gángsters», concepto que otro social—demócrata como Pablo Escobar parece compartir plenamente.

El polvorín en la hacienda del cuñado de Enrique Sarasola estallaría en 1996, siendo Carlos Alberto Marulanda embajador ante la Unión Europea durante el gobierno de Ernesto Samper Pizano. Por acción de escuadrones como los de aquellos chulavitas utilizados por su padre medio siglo atrás, casi cuatro centenares de familias campesinas serían obligadas a huir de Bellacruz tras el incendio de sus casas y la tortura y asesinato de sus líderes en presencia del Ejército. Marulanda, acusado de conformación de grupos paramilitares y violaciones de los derechos humanos, sería arrestado en España en 2001 y extraditado a Colombia en 2002. Dos semanas después sería liberado sobre la base de que los delitos habían sido cometidos por los grupos paramilitares que esperaban en el Cesar y no por el millonario amigo del presidente. Para Amnistía Internacional, lo ocurrido en la hacienda Bellacruz constituye uno de los episodios de impunidad más aberrantes en la historia reciente de Colombia. Diego Londoño White, como su hermano Santiago, sería posteriormente asesinado; y casi todos los demás beneficiarios de la rapiña del Metro y de los crímenes de Bellacruz, o sus descendientes, disfrutan hoy de los más dorados retiros en Madrid y París.

— Creo que llegó la hora de presentarte a los amigos que me hicieron el contacto con los Sandinistas — me dice Pablo al despedirnos unos días después, antes de mi regreso a Bogotá —. Estamos preparando algo muy importante y quiero que me digas qué opinas de ellos. Si las cosas resultan según lo planeado, vamos a poder vivir en paz. Por seguridad, esta vez ni siquiera puedo llamarte: en unos diez o quince días, ni antes ni después, un piloto lo hará, para invitarte a almorzar al restaurante tal. Ésa es la clave, y tú decides a qué hora quieres viajar dentro de los dos días siguientes.

En Bogotá me encuentro con una carta del canal de televisión de Miami. Desean invitarme para realizar una segunda prueba y discutir un posible contrato. El sueldo es de cinco mil dólares mensuales y todos los días debo estar en el estudio a las 5:00 a.m. para maquillarme antes de presentar varias emisiones. Pocos días después Armando de Armas me llama para decirme que esa oferta es la mejor oportunidad de reiniciar mi carrera por todo lo alto, y me insiste en que no vaya a perderla. Respondo que en Colombia yo ya ganaba esa misma cantidad en 1980 en el Noticiero 24 Horas por una sola presentación diaria a las 7:00 p.m. Lo que no puedo confesarle — ni a él ni a nadie — es mi temor de que, en el momento en que alguien envíe a un diario de Miami mis fotos con Pablo Escobar, mi contrato con el canal norteamericano pueda ser cancelado en medio de un escándalo mayúsculo. De regreso en Medellín le enseño a éste la carta con la oferta, y quedo horrorizada al comprobar que continúa interceptando mi teléfono...

... capos aztecas o cariocas, o tal vez un enviado de Stroessner, el eterno dictador paraguayo. Cuando me explica de quién se trata, casi no puedo dar crédito a mis oídos:

— Quería que conocieras a dos de los fundadores y jefes máximos del M-19. Son grandes amigos míos desde hace rato pero no podía decírtelo hasta estar completamente seguro de ti. Tras el secuestro de Martha Nieves Ochoa, acordamos con ellos un pacto de no agresión. Álvaro Fayad acaba de irse, porque me pareció que le preocupaba encontrarse contigo; pero Iván Marino Ospina, el más «duro» de los comandantes, está adentro. El no reaccionó al oír tu nombre porque lleva años en la selva y no ve televisión. Dependiendo de cómo vayan saliendo las cosas, vemos si le explicamos quién eres o si te dejamos de incógnito. Luego — con el tonillo de torero que utiliza conmigo cuando está feliz — me pasa un brazo por los hombros y añade:

— Un poquito de anonimato a estas alturas de la vida no te va a hacer daño. ¿Verdad, amor?

— ¡Qué edad tiene nuestro prócer del siglo XIX, Pablo? - pregunto.

Riendo, él responde que unos cuarenta y tres, y yo le digo que los únicos hombres colombianos de esa edad que no saben quién soy yo son los de las etnias de las profundidades de la selva que aún no se han enterado de la invención del español ni del brassiére.

— ¡Este es un tropero del Valle del Cauca que ni a mí me tiene miedo y no se anda con intelectualismos ni con pendejadas! Prométeme que vas a seguirme el juego y que, por una vez en la vida, vas a hablar de temas nacionales, autóctonos. ¡Júrame, por lo que más quieras, que no vas a hablarle pestes de Pol Pot ni de la Revolución Cultural!

— ¿Estás insinuando, Pablo, que no puedo preguntarle al comandante supremo del grupo guerrillero estrella de este país por el modus operandi de los Montoneros y Sendero Luminoso, el IRA y la ETA, las Brigadas Rojas y Baader Meinhof, las Panteras Negras y los Tigres Tamiles, Hamas y Fatah? — le digo tomándolo del pelo —. ¿A qué me trajiste? ¿A hablar del 9 de abril, de los Sandinistas y de Belisario? Por la toma del Cuartel Moncada sí se le puede preguntar, ¿o no? La Habana queda allí no más, entre Cartagena y Miami...

— Deja que hable de Simón Bolívar y de lo que él quiera, porque de Fidel Castro no te va a hablar, te advierto... Este hombre es el tipo que yo estaba necesitando para acabar con todos mis problemas… No lo hagamos esperar más. ¡Y, por amor de Dios, no pongas cara de estrella, que ya con ese vestido tenemos! Tú bien sencilla y encantadora, como si fueras sólo una niña linda y discreta, ¿okey?... Por cierto, debo advertirte que mi amigo está muy drogado... pero tú y yo ya estamos de vuelta de... las debilidades de los demás. ¿O no, mi amor?

Imagino que el Comandante amazónico debe lucir como un sargento del Ejército en traje camuflado, que me va a mirar como a un intruso en una reunión de hombres muy machos, y que va a hacer lo humanamente posible para que me retire con el fin de quedarse hablando de platas con Pablo. Iván Marino Ospina es un hombre de estatura mediana, rasgos gruesos, cabello ralo y bigote, y a su lado Escobar parece Adonis. Yo luzco un traje de seda corto con zapatos de tacón alto, y cuando nos presenta Pablo no cabe en sí de orgullo. Inmediatamente, me doy cuenta de que aquel legendario jefe guerrillero en verdad no le tiene miedo a Pablo ni a nadie, porque desde que me pone los ojos encima no despega de mi rostro, ni de mi cuerpo, ni de mis piernas una mirada inflamada que hasta el sol de hoy no recuerdo haber visto en otro hombre.

El dirigente del M-19 viste ropas de civil y me cuenta que viene de estar varios meses en Libia. Nadie viaja a Libia desde Sudamérica «a conocer», como dicen los turistas de la clase media colombiana: va a hacer negocios de petróleo o negocios de armas, y el M-19 no es precisamente la Standard Oil Company. Como sé de la fascinación de Pablo por los dictadores, comento que Muammar Gaddafi tomó la decisión de destronar al rey Idris I de Libia cuando lo vio perder en una sola noche cinco millones de dólares — cifras de finales de los 70 — en el casino de Montecarlo. Pregunto a Ospina si lo conoce, y él afirma no haberlo visto porque el M-19 va a Libia únicamente a entrenarse en combate. Cuando intento averiguar si el Eme tiene buenas relaciones con la Liga Árabe, los dos hombres se cruzan miradas y Pablo propone que no hablemos más del lejano desierto africano, sino de lo dura que es la vida en la selva colombiana.

Iván Marino me cuenta que ha pasado muchos años en los Llanos Orientales de Colombia. Los ríos llaneros, de proporciones colosales en la estación lluviosa, incluyen a los doscientos principales afluentes del Orinoco, cuya cuenca cubre un millón de kilómetros cuadrados de planicies y junglas venezolanas, brasileras y colombianas. Mirándome fijamente y midiendo mi reacción a cada palabra suya, comienza a hablarme de los temblones. Me explica que, por culpa de ellos, quienes luchan contra la oligarquía en Bogotá y el imperialismo en Washington, deben ir completamente protegidos al vadear aquellas corrientes, sobre todo de la cintura para abajo, así las botas y las ropas empapadas se conviertan en motivos adicionales de llagas y de sufrimientos. Pablo y yo escuchamos con horror las historias de aquellos animales como tirabuzones espinosos, que desgarran la carne de la víctima al ser retirados con una especie de fórceps tras una lucha titánica entre el selvático médico del dueño del «territorio» y el temblón que pretende disputárselo. Y caigo en la trampa de preguntar si es por la boca o por la nariz o por las orejas como se le meten a uno esos benditos animales.

— Mucho más abajo. ¡Se meten por todos los orificios del cuerpo, sobre todo los que quedan bieeen abajo! ¡Y para las compañeras el problema es doble! — dice Ospina devorándome con los ojos como si quisiera darme una demostración que me deje convencida.

Como Gloria Gaitán me ha acusado siempre de exhibir dosis anormales de candor para una mujer de mi edad y lucidez, haciendo gala de él le pregunto al comandante supremo del M-19 con los ojos abiertos de par en par:

— Y a usted, Iván Marino, ¿cuántos temblones han tenido que sacarle en todos estos años de lucha revolucionaria?

Mirando a la pared de enfrente con una cierta tristeza, como si súbitamente hubiera recordado algún oscuro y doloroso capítulo que creía haber olvidado, contesta que «algunos, algunos». Pablo me fulmina con la mirada, y yo me levanto para ir al tocador y no someter a su amigo a más preguntas sobre el tema seleccionado por él para venderme el ideario de la revolución.

Al regresar, me detengo tras la puerta entreabierta porque escucho al jefe guerrillero exigiéndole algo a Escobar en los términos más perentorios:

— No, hermano, no y no. Yo la quiero como ésta. No quiero ninguna otra, y punto. Igualita a ésta, que no le falte na’ ¿Usted de dónde la sacó, tan completica? ¡Uuyyy, hermano, cómo cruza y descruza esas piernas… y cómo huele... y cómo se mueve! ¿Así es en la cama? ¡Qué muñeca tan divina! ¡Así es el hernbrononón que yo siempre había soñado! No... pensándolo bien... ¡quiero dos como ella! Sí, dos en jacuzzi, ¡y me las descuenta del millón si quiere!

— ¿Del millón?... Pues déjeme pensarlo, hermano... porque eso sí como que me está sonando... Pero tenemos dos problemas: uno es queee… Virginia es la presentadora de televisión más famosa de Colombia... ella dice que «eso es como ser una estrella de cine en un país sin industria cinematográfica»... Mírela aquí, en todas estas revistas, si no me cree. Y dos, que como sabe de todo y conversa de todo... ella es mi tesoro. ¡Qué no daría yo por tenerla en duplicado!

— ¿Pero por qué no me había advertido, hermano? Bueno, bueno, bueno... ¡perdone pues, hombre!... Pensándolo mejor, entonces... ¿dos bien parecidas a Sophia Loren sí puede levantarme, o no? No importa que sean mudas... ¡y entre más brutas, mejor! —exclama Ospina riendo a carcajadas.

— ¡Claaaro, hombre! ¡De ésas sí puedo conseguirle todas las que quiera! Una Sophia Loren morena, otra rubia y hasta una pelirroja si cabe en el jacuzzi! — exclama Pablo con inmenso alivio —.Y no se preocupe, que a usted nadie va a descontarle nada, hermano.

Me siento tentada de dejar a aquellos dos hombres solos e irme a dormir, pero decido entrar. Al empujar la puerta, me encuentro con los ojos del criminal más buscado del mundo que miran con terror al guerrillero más buscado de Colombia, como implorándole que se calle. Pablo hace un gesto cariñoso para que me siente a su lado, pero lo ignoro y me coloco jünto a la mesa donde ambos han dejado sus ametralladoras. Como veo que Ospina se ha quedado mirando mi portada de Al Día — en la que estoy arrodillada y parezco desnuda pero en realidad llevo un pequeñísimo bikini de color carne - le pregunto si quiere que se la autografíe para que la lleve de recuerdo:

— ¡Ni de riesgos! — exclama Pablo, recogiendo las revistas y guardándolas en un cajón con llave —. ¿Qué tal que las llegue a encontrar el Ejército en algún allanamiento y después me la interroguen para dar con el paradero de este bandido? ¡Y de paso con el mío!

Le pregunto a Iván Marino por qué ingresó a la lucha revolucionaria. Mirando ahora hacia aquel lugar del espacio donde todos guardamos las memorias dolorosas de la infancia, empieza a contarme cómo, tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, en su natal Tulúa los «pájaros» conservadores del Valle del Cauca asesinaron a tres de sus tíos, uno de ellos con machete delante de sus once hijos. Tras una pausa, y con profunda tristeza, yo también comienzo a contarle cómo fue que mi familia perdió todas sus tierras en Cartago — muy cerca de Tulúa — por culpa de aquellos «pájaros»: durante los primeros años de la Violencia, mi abuelo — un ministro liberal casado con una terrateniente conservadora — llegaba cada semana a sus ha¬ciendas y encontraba muerto al mayordomo, con las orejas, la lengua y los genitales cortados y en el vientre de su joven esposa, empalada o abierta en canal; si ésta estaba embarazada — y las jóvenes campesinas siempre lo están — no era raro encontrar el feto en la boca del marido muerto o en las otras cavidades desgarradas del cuerpo de aquella pobre mujer.

— Usted y yo sabemos que la única forma de depravación que todos aquellos «pájaros» conservadores no practicaron con las mujeres campesinas fue el canibalismo. Los hombres de mi familia nunca empuñaron las armas, no sé si por cobardes o por católicos, y prefirieron vender sus tierras por peniques a la multimillonaria familia azucarera de los Caicedo, que financiaba a aquellos monstruos y eran dizque sus amigos y vecinos.

— Pero, ¡cómo va a comparar su situación con la nuestra! - exclama Ospina —. En su familia de oligarcas, «los pájaros» mataban a los servidores en ausencia del patrón. En la mía, de campesinos, ¡despedazaban a la gente delante de sus hijos!

Le expreso mi espanto por todos aquellos horrores, mi compasión por todo aquel sufrimiento y mi profundo respeto por los orígenes de la lucha armada en Colombia, y le comento cuán extraño es el que tres historias tan disímiles como las nuestras estén reunidas allí esta noche en la hacienda más valiosa del país: la del jefe de la guerrilla, la del jefe del narcotráfico, y la de una mujer sin un metro de tierra pero emparentada con la mitad de la oligarquía del país y amiga de la otra mitad. Le hago ver que la vida da muchas vueltas y que Pablo, su amigo, es ahora un terrateniente varias veces mayor de lo que fueron mi bisabuelo y sus hermanos juntos y, también, que las dimensiones de las propiedades de uno de sus socios superan con creces a las de Pepe Sierra, el hacendado más rico en toda la historia de Colombia y amigo de mis antepasados. Como él y Pablo guardan silencio, pregunto a Iván Marino por qué rompió el M-19 en junio el cese al fuego acordado con el gobierno de Betancur. Me explica que, una vez desmovilizados, sus miembros y los de otros grupos insurgente cobijados por la amnistía comenzaron a ser asesinados por fuerzas oscuras de extrema derecha. Le pregunto si se está refiriendo al MAS.

— No, no, no. Gracias a este hombre — dice señalando a Pablo — ni nosotros nos metemos con ellos, ni ellos se meten ya con nosotros. Él y yo tenemos un enemigo común, que es el gobierno… y usted sabe que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo»... El ministro de Defensa — el general Miguel Vega Uribe — y el jefe del Estado mayor Conjunto, Rafael Samudio Molina, han jurado acabar con la izquierda. Si en el gobierno de Turbay nos encarcelaban y nos torturaban, en el de Betancur no va quedar ni uno solo de nosotros vivo. A Colombia la siguen manejando los «pájaros» de Laureano y su hijo Álvaro Gómez, sólo que ahora son militares que creen que estos países sólo se arreglan con el modelo de Pinochet: exterminando a la izquierda desarmada como si fueran cucarachas.

— Sí, entre mi núcleo social casi nadie oculta su admiración por el modelo chileno, pero Álvaro Gómez no es Laureano, comandante... Por cierto, y aunque a usted le cueste trabajo creerlo, en 1981 yo renuncié al puesto mejor pagado de la televisión por negarme, día tras día, a referirme a ustedes como «una banda de facinerosos» en el noticiero 24 Horas, dirigido por Mauricio Gómez, el hijo de Álvaro y nieto de Laureano.

Ospina parece sorprenderse de que alguien como yo pueda asumir una posición política tan costosa y le explico que, como ahora pertenezco a los que no tienen nada, tampoco tengo nada que perder. Pablo nos interrumpe para decirle:

— Virginia ya había sido despedida de otro noticiero por apoyar la creación del sindicato de técnicos… y acaba de declinar la oferta de un canal de Miami porque yo la convencí de que se quedara aquí en Colombia, a pesar de que todos los enemigos nuestros la dejaron sin trabajo. Ahí donde la ve, hermano, esta mujer es más valiente que nosotros dos juntos. Por eso ella es tan especial; y por eso quería que ustedes dos se conocieran.

Se levanta y viene hacia mí. El jefe guerrillero se pone de pie para despedirse y me parece que ahora me mira con nuevos ojos; está bastante drogado y le recuerda a su anfitrión que no olvide el favor prometido. Escobar le sugiere que se vaya a cenar, y quedan de verse después de la medianoche. Antes de decirle adiós, le deseo muchos éxitos en su lucha por los derechos de los más débiles:

— Cuídese mucho y cuente conmigo cuando necesite un micrófono..., si es que vuelven a darme uno... algún día.

— ¿Cómo te pareció mi amigo? — me pregunta Pablo cuando quedamos a solas.

Le digo que Iván Marino me pareció un hombre valiente, audaz y convencido de su causa, pero que, efectivamente, parece no tenerle miedo a nada.

— Quienes no tienen miedo de absolutamente nada tienen una personalidad suicida... y creo que le falta grandeza, Pablo. Yo no puedo imaginar a Lenin pidiéndole dos prostitutas a Armand Hammer delante de una periodista, ni a Mao Tse Tung, ni a Fidel Castro, ni a Ho Chi Minh —que hablaba una docena de idiomas — drogados. Y, ahora sí: ¿para qué es ese millón?

— Para recuperar mis expedientes y meterles candela, Y sin expedientes, no hay forma de que me extraditen — me confiesa con una sonrisa triunfante.

— ¡Pero no por eso vas a recuperar la inocencia, Pablo! ¡La justicia y los gringos pueden reconstruirlos! ¿Iván Marino te metió eso en la cabeza?

— Tú sabes que a mi nadie me mete nada en la cabeza. Esa es la única forma; no hay otra. Van a tardar años en reconstruirlos... y ¿crees que algún voluntario se va a presentar a testificar contra nosotros? ¿De dónde van a sacarlo: de Suicidas Anónimos?

Me explica que todos los procesos suyos y de sus socios ya están en el Palacio de Justicia y que de nada han servido las advertencias que le han hecho llegar a la Corte Suprema: en cuestión de semanas, la Sala Constitucional iniciará su estudio con el fin de atender los requerimientos de la justicia norteamericana para las extradiciones de todos ellos.

— Y ¿por sacar un fajo de papeles de un solo sitio vas a pagarles un millón de dólares?

— No es ningún fajo, mi amorcito: son como 6000 expedientes. Digamos que son... unas cuantas cajitas.

— Yo pensaba que tu pasado eran unos cuantos directorios tele¬fónicos, ¡no bultos de directorios, por Dios!

— No me subestimes tanto, mi amor... Estás en brazos del criminal más grande del mundo, y quería que supieras que en unos meses voy a ser un hombre sin pasado judicial. No con pasado, como tu...

Ríe y, antes de que pueda contestarle, me silencia con un beso.

***

Él se está colocando sus sneakers y me dice que va a hacerle el favor a su amigo antes de que lo enloquezca.

— Pablo, es cierto que el M-19 acostumbra dar golpes espectaculares, pero ese Palacio de Justicia no es la embajada dominicana... Esa toma fue exitosa porque la residencia está ubicada en una calle tranquila, con vías de acceso y de salida amplias. Pero el Palacio de Justicia da sobre la Plaza de Bolívar, que es gigantesca y destapada. Las dos únicas vías de salida son estrechas y viven embotelladas, y el Batallón Guardia Presidencial está a la vuelta. ¿Qué tal que se les salga un tiro y maten a alguna pobre secretaria madre de tres niños o a uno de esos policías que están a la entrada? Ese edificio está expuesto a todo, mi amor. Entrar al palacio debe ser facilísimo. Robarse los papeles, un poco más complicado. ¡Pero salir de ahí va a ser imposible! Yo no sé cómo van a hacer… y, bueno.., la verdad es que tampoco quiero saberlo...

Él se sienta en el borde de la cama y toma mi rostro entre sus manos. Durante un rato que parece una eternidad, lo recorre con sus dedos como tratando de memorizarlo. Me mira fijamente, hurgando en mis ojos para comprobar que tras mi evidente desaprobación del golpe no vaya a ocultarse el riesgo de alguna futura indiscreción, y me advierte:

— Nunca, nunca debes hablar con nadie sobre lo ocurrido aquí esta noche, ¿entendido? Jamás has conocido a Ospina ni visto salir a Fayad. Y si te preguntan por mí, no has vuelto a verme. No olvides ni por un instante que a la gente la interrogan hasta la muerte para obtener información sobre el paradero de estos tipos... y al que no sabe nada es al que peor le va... ¡porque el que sabe «canta» todo en los primeros diez minutos! Mi amigo es un estratega hábil y su valor en el combate es conocido por todos. No te preocupes más, que va a ser un golpe rápido y limpio. Ellos son muy profesionales en estas cosas, y hasta ahora nunca han fallado. Yo sé escoger a mi gente, y por eso también te escogí a ti... ¡como entre diez millones de mujeres! — dice besándome en la frente.

— Qué montón... ¿Y para qué querías que conociera a Iván Marino, Pablo? — le pregunto.

— Porque es un líder muy importante y sólo alguien como él puede hacerme ese favor. Y tú tienes que tener otra visión de la realidad, distinta de esa alta sociedad superficial y falsa en la que vives... Y también hay otras cosas… pero no puedo compartirlas con nadie. Puedo hablarte de las mías, para que entiendas por qué no puedo llamarte ni verte con la frecuencia que quisiera, pero no puedo hacer lo mismo con las de mis asociados. Ahora trata de descansar, que en un par de horas vienen por ti para llevarte al hotel antes de que amanezca. Ya verás que en unas semanas estaremos celebrando el éxito de la operación con tu champaña rose.

Me envuelve en un abrazo reconfortante y me besa varias veces en el cabello, como hacen los hombres con las mujeres que no quieren perder cuando saben que ellas están tristes. Me acaricia ambas mejillas en silencio y se pone de pie.

— Te llamo en unos días. ¡Y, por amor de Dios!, mantén la Beretta en el bolsillo, no en la caja fuerte, que yo tengo muchos enemigos, mi amor.

Nunca sabemos si volveremos a vernos, pero siempre he tenido cuidado de no mencionarlo porque sería como poner en tela de juicio su absoluta convicción de que en materia de supervivencia él también está por encima de los demás mortales. Cuando abre la puerta, se da la vuelta por un instante para soplarme un último beso, y alcanzo a decirle:

— Pablo, el M-19 siempre nos ha traído mala suerte, a ti y a mí. Creo que ustedes van a cometer una locura...

Y una vez más lo veo partir, cargando en el silencio de las som¬bras esa cruz que sólo yo conozco. Escucho su silbido y, minutos después, lo veo alejarse desde mi ventana entre un pequeño grupo de hombres. Me pregunto si habrá alguien más que conozca las dimensiones del terror a la extradición que este hombre, tan rico y poderoso, pero tan impotente ante el poder legítimo, arrastra en el alma. Sé que nadie más podría sentir compasión por él y sé, también, que a nadie en el mundo podría yo confesar los temores que me embargan. Quedo allí sola, pensando en las causas de aquellos dos amigos, el que lucha por los más pobres y el que lucha por los más ricos, y en los dolores enquistados o los terrores inconfesables que los hombres y los valientes cargan en sus corazones de carne, plomo, piedra y oro. Quedo triste y preocupada, preguntándome si es Pablo quien manipula a Iván Marino con su dinero, o si es el jefe guerrillero quien manipula al multimillonario con su capacidad única para prestarle el servicio del que, posiblemente, va a depender el resto de su vida. Y el de la mia con él...

El 29 de agosto de 1985, unos diez días después de esa noche, la última que pasaré en la Hacienda Nápoles, abro el periódico y leo que Iván Marino Ospina ha muerto en Cali en combate con el Ejército. Por una parte, siento un dolor sincero por la pérdida de aquel luchador; por otra, un profundo alivio porque imagino que sin su espíritu temerario aquel absurdo plan ha sido cancelado o por lo menos pospuesto. Como Pablo, yo adoro a Simón Bolívar, que murió en Colombia con el corazón destrozado por la ingratitud de los pueblos que liberó, y elevo una plegaria al Libertador por el alma del comandante guerrillero cuya vida se cruzó con la mía durante aquellas breves horas. Me pregunto cuánto tiempo llevaría el Ejército siguiendo a Iván Marino y, con un escalofrío, caigo en cuenta de que el muerto podría haber sido Pablo. Pienso en lo que él estará sintiendo ante la pérdida de su amigo, y sé que a partir de ese instante reforzará hasta el límite las medidas de seguridad y que seguramente no podremos vernos en semanas.

A mediados de septiembre me sorprende con una serenata con mis tangos favoritos, entre ellos «Ninguna» y «Rondando tu esquina». Pienso que aquella canción, que siempre he adorado, ahora sólo me recuerda cuán vigilada estoy. Al día siguiente Pablo llama para decir que me extraña todo el tiempo y pedirme que trabaje seriamente en la sinopsis del filme porque, si los italianos no lo producen, él está en capacidad de hacerlo. A principios de octubre me anuncia que, ante la eventualidad de que la Corte apruebe su extradición, deberá irse por un tiempo; me da a entender que el plan del Palacio de Justicia ha sido abortado y me explica que no puede llevarme con él para no colocarme en posición de riesgo. Con la ilusión de vernos tan pronto como sea seguro, se despide con una serenata de mariachis y las románticas promesas de «Si nos dejan» y «Luna de octubre».

«Corazón que has sabido sufrir y has sabido querer desafiando el dolor...
»Si me voy, nunca pienses, jamás, que es con el único fin de estar lejos de ti.
»Viviré con la eterna pasión que sentí desde el día en que te vi, »Desde el día en que soñé que serías para mí.»


En las semanas siguientes trato de olvidar los eventos de esa cálida noche de agosto, pero el recuerdo de la temeridad de Iván Marino y el tono triunfalista de Pablo aletean de tanto en tanto en mi memoria como una mariposa de alas negras. Una y otra vez, los periodistas escuchamos rumores sobre amenazas de los Extraditables y del M-19 a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, pero nadie les presta atención porque casi todos quienes trabajamos en los medios estamos acostumbrados a oír de amenazas, y convencidos de que, en Colombia, «perro que ladra rara vez muerde».

***

Es 6 de noviembre de 1985, y me encuentro con una compañera de trabajo en el lobby del hotel Hilton para la transmisión radial del Reinado Nacional de la Belleza, evento que año tras año reúne en Cartagena a la mayoría de las periodistas colombianas, centenares de personalidades y todo el que sea alguien en el mundo de la industria cosmética y de la moda. Las reinas hacen su arribo con la comitiva de su departamento — nombre que se da en Colombia a los estados —, la cual incluye siempre a las esposas del gobernador y del alcalde de la capital regional. El día anterior a la «Noche de Coronación» — que tiene lugar en el Centro de Convenciones y es seguida de un suntuoso baile de corbata negra en el Club Cartagena — hacen su arribo el gobernador, sus familiares y los dignatarios de cada departamento, junto con muchos directores de medios de todo el país que quieren entrevistar a tanto personaje de la política y aprovechar para admirar a tanta mujer bonita. Para esta época la penetración del narcotráfico en los reinados es vox populi y todo el mundo sabe que, sin el apoyo del capo departamental, la gobernación no podría soñar con sufragar los gastos de la comitiva de la reina, integrada por cien o doscientas personas entre familiares y amigos íntimos, dos docenas de señoras de la alta sociedad, las ex reinas con sus maridos y toda la burocracia regional. Tampoco es raro que la propia Miss esté de novia del capo — o del hijo del capo — y que la relación de los comandantes de la policía y la Brigada del Ejército con el rey local de la coca o la marihuana sea mucho más íntima, estable, duradera y rentable que la que sostiene el exitoso empresario con la soberana de turno.

Quien tenga dudas de que la mujer-objeto existe sólo tiene que asistir a un Reinado Nacional de la Belleza en Cartagena: los trajes y adornos de cabeza son similares a los de las mulatas de las escuelas de samba en el carnaval de Río de Janeiro, sólo que las primeras van bailando y cantando semidesnudas y felices, mientras que las pobres reinas arrastran capas emplumadas y relampagueantes colas de sirenas de cincuenta kilos de peso bajo temperaturas de cuarenta grados centígrados y sobre tacones de doce centímetros de altura. Los desfiles en carrozas y embarcaciones temáticas, que duran toda una semana, dejan agotado hasta al más resistente de los oficiales de la Marina que escoltan a las chicas.

Son las once de la mañana, faltan cinco días para la elección y coronación, y el enorme lobby bulle de excitación con la presencia de periodistas radiales, fotógrafos, cantantes, actores, diseñadores de moda, ex Señoritas Colombia cada vez más bellas, ahora del brazo de sus orgullosos maridos, y los presidentes de las firmas patrocinadoras del concurso. Los jurados, personalidades de otros países, son los únicos que se ocultan de todo el mundo para que después nadie pueda decir que fueron manipulados por la comitiva o comprados por el futuro suegro de la Miss. Las reinas se encuentran en sus habitaciones, preparándose para el primer desfile en traje de baño, y los corredores de los pisos reservados para ellas están infestados de hombres feos uniformados de verde y hombres bellos uniformados de blanco que observan con absoluto desprecio a toda aquella población gay de maquilladores y peluqueros quienes, a su vez, miran con odio feroz a los primeros mientras suspiran con absoluta adoración por los segundos.

A las 11:40 a.m. estalla un clamor y todas las entrevistas y transmisiones radiales se interrumpen. ¡El M-19 se ha tomado el Palacio de Justicia y parece que tiene de rehenes a los magistrados de la Corte Suprema! Mi colega y yo volamos a mi suite y nos sentamos juntas frente al televisor. En un primer momento descarto que lo que estamos viendo tenga algo que ver con Pablo, porque estoy convencida de que él está fuera del país. Lo último que se le ocurriría a mi amiga es que yo sea amante de Pablo Escobar, o que una de las cabezas más visibles del MAS pueda haber financiado una toma guerrillera. Y lo último que se me pasaría a mi por la cabeza es que mi compañera sea la novia de uno de los dirigentes del M-l9.

La Plaza de Bolívar es una extensión enorme, con estatua de Simón Bolívar en el centro mirando hacia la Catedral Primada, que está al oriente. Frente a ésta se encuentra la alcaldía, flanqueada por el Senado que mira al norte y el Palacio de Justicia que mira al sur. Y detrás del Senado está el Palacio Presidencial — la Casa de Nariño — custodiado por el Batallón Guardia Presidencial.

Dos días antes, la vigilancia del Palacio de Justicia, sede de la Corte Suprema y del Consejo de Estado, ha sido entregada a una empresa privada y, justamente ese día, la Sala Constitucional de la Corte habría iniciado el estudio de los procesos de extradición de Pablo Escobar Gaviria y Gonzalo Rodríguez Gacha, entre otros. La toma ha sido ejecutada por el «Comando Iván Marino Ospina» del M—19, a cargo de la «Operación Antonio Nariño por los Derechos del Hombre». Al mando de los comandantes Luis Otero y Andrés Almarales, treinta y cinco insurgentes han irrumpido en el palacio, siete de ellos tranquilamente por la puerta principal como cualquier ciudadano y veintidós violentamente en dos pequeños camiones por la puerta del sótano que se encuentra a un costado del edificio, sobre una de las estrechas y congestionadas vías del Centro de Bogotá. El comando guerrillero ya ha asesinado a dos vigilantes y al administrador del palacio y ahora, tras tomar como rehenes a más de trescientas personas entre magistrados, empleados y visitantes, exige la transmisión radial de una proclama para denunciar los atropellos cometidos contra aquellos que se acogieron a la amnistía y la inoperancia de la justicia en Colombia, que conlleva a la extradición de colombianos para ser juzgados en otros países. Se propone exigir, asimismo, que los diarios publiquen su programa, que el gobierno entregue a la oposición espacios radiales diarios y que la Corte Suprema atienda su derecho de petición consagrado en la Constitución para obligar a comparecer al presidente de la República o a su apoderado con el fin de someterlo a juicio por traición a los acuerdos de paz con los grupos desarmados: el M-19, el EPL y el Quintín Lame.

A las doce del día el edificio se encuentra completamente rodeado por el Ejército, a quien «el Presidente Poeta» ha ordenado recuperar el Palacio de Justicia al precio que sea. A las dos de la tarde los tanques de guerra ya han entrado por el sótano, los helicópteros del GOES, Grupo Operativo Antiextorsión y Secuestro, han descargado efectivos en la terraza del edificio y un tanque Cascabel ha derrumbado las puertas del palacio que dan sobre la plaza para hacer su ingreso seguido de otros dos cargados con hombres del Batallón Guardia Presidencial y de la Escuela de Artillería. Belisario Betancur, reunido con los ex presidentes, los candidatos presidenciales, congresistas y el presidente del Senado, se niega a escuchar a los magistrados o a los guerrilleros. Las ofertas de naciones extranjeras para mediar entre el gobierno y el grupo armado ni siquiera llegan a oídos de un presidente que no perdona al M-19 por el rompimiento del Proceso de Paz base de su campaña presidencial, ni su respaldo a los Extraditables plasmado en la proclama de Iván Marino Ospina a comienzos de aquel año y censurada por los demás comandantes del M-19:

— ¡Por cada extraditado colombiano tenemos que matar a un ciudadano norteamericano!

Los tanques comienzan a disparar y las emisoras radiales a transmitir la voz del magistrado Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema de Justicia — y también de la Sala Penal que aprobó la ex¬tradición de colombianos hacia Estados Unidos unos años atrás — suplicando al presidente de la República que detenga el fuego porque van a terminar matando a todo el mundo, pero sus llamadas son atendidas por el director de la policía. Las históricas palabras del joven coronel Alfonso Plazas de la Escuela de Artillería a un periodista allí presente, definen el momento:

— ¡Aquí defendiendo la Democracia, maestro!

Y en América Latina, cuando un jefe de Estado da a los militares carta blanca para que defiendan la Democracia, éstos saben exactamente lo que tienen que hacer. Y lo que pueden hacer: desquitarse a sus anchas de todo aquel odio visceral acumulado durante lustros o décadas de lucha contrainsurgente, dejando de lado — ¡por fin! — todas aquellas restricciones que pretendían imponerles las leyes diseñadas por los hombres civilizados para la protección de los ciudadanos inermes. Y con mayor razón cuando en el Palacio de Justicia colombiano — al lado de todos esos expedientes como directorios telefóni¬cos que contienen el pasado judicial de Escobar y de sus socios — reposan otras cuantas cajitas con 1800 procesos contra el Ejército y los organismos de seguridad del Estado por violaciones de los derechos humanos. El voraz incendio que, de forma inexplicable, se desata en el Palacio a las seis de la tarde acaba de una vez por todas con el problema de una docena de extraditables pero, sobre todo, con el de varios miles de militares.

Temperaturas infernales obligan ahora a los guerrilleros y a sus rehenes a replegarse hacia los baños y el cuarto piso y Andrés Almarales ordena la salida de las mujeres y los heridos. Al final de la tarde, los teléfonos por los que se comunicaban el magistrado Reyes y el comandante Otero con el Palacio presidencial enmudecen. Cuando Betancur se decide a dialogar con el Presidente de la Corte, le es imposible: técnicamente, los militares le han dado un golpe de Estado. Los eventos del Reinado Nacional de la Belleza no se cancelan ni se posponen, con el argumento de que el espíritu alegre y fuerte del pueblo colombiano no va a quebrarse por una tragedia, ni los cartageneros van a dejarse aguar la fiesta por algo que está ocurriendo «allá en Bogotá».

Los combates continúan durante toda la noche y, cuando el representante del presidente de la República y el director de la Cruz Roja llegan en las primeras horas del día siguiente para negociar con los guerrilleros, los militares no les permiten entrar al palacio y los ubican en la histórica Casa del Florero junto a doscientos rehenes liberados por Almarales o rescatados por los uniformados, entre los cuales se encuentra el consejero de Estado Jaime Betancur Cuartas, hermano del presidente de la República. Cada persona es rigurosamente registrada e interrogada por el director del B—2, inteligencia militar, Coronel Edilberto Sánchez Rubiano, con ayuda de oficiales de artillería y del F2 de la policía. Varios de éstos confunden a inocentes con guerrilleros, y docenas de funcionarios judiciales, inclu¬yendo magistrados y consejeros, se salvan de la detención sólo gracias a las súplicas de sus compañeros de trabajo. Todo aquel que despierta la menor sospecha es introducido en un camión militar con destino a la Escuela de Caballería de Usaquén, en el norte de Bogotá, y sólo dos estudiantes de Derecho, abandonados en una carretera distante tras ser torturados, son posteriormente liberados.

A las dos de la mañana, el mundo entero observa por televisión con ojos incrédulos el momento en que un tanque Cascabel, a cañonazo limpio, abre un enorme boquete en la pared del cuarto piso donde se encuentran refugiados los últimos grupos de guerrilleros y rehenes. Luego, a través de él, francotiradores de la policía ubicados en los techos de los edificios circundantes disparan indiscriminadamente hacia el interior del palacio por orden de su Director, el general Víctor Delgado Mallarino, mientras el Ejército arroja granadas y los helicópteros sobrevuelan el lugar. A pesar de que sus municiones se están agotando, los guerrilleros se niegan a entregarse a una comisión humanitaria para un posterior juicio rodeado de garantías y, a medida que la lluvia de artillería va acabando con su resistencia, el fuego va terminando de consumir lo que queda del palacio. La orden de los militares ha sido la de no dejar con vida a nadie de aquel último grupo de sesenta personas y todos, incluidos los magistrados testigos de los atropellos y la carnicería, mueren. Entre estos últimos se encuentran el Presidente de la Corte Suprema y los cuatro que deberían pronunciarse sobre las extradiciones, incluidos a Manuel Gaona Cruz, defensor de los derechos humanos. El Ministerio de Defensa ordena desnudar y lavar todos los cuerpos sin excepción, eliminando así valiosa evidencia, y se prohíbe el ingreso de Medicina Legal para practicar el levantamiento de los cadáveres.

Mientras todo esto ocurre, y por orden de la ministra de Comunicaciones, Noemí Sanín Posada — prima hermana de María Lía Posada, la esposa de Jorge Ochoa —, los canales de televisión colombianos transmiten sólo programas de futbol y noticias del reinado. Casi veintisiete horas después de iniciada la toma se escucha una última explosión y en el interior del edificio todo queda en silencio. A las 2:30 p.m. el general Arias Cabrales da el parte de victoria al ministro de Defensa, y el General Vega Uribe informa al presidente que la toma ha sido conjurada y el Palacio de Justicia recuperado.

— ¿Cuál palacio? ¿Un montón de hierros retorcidos con cien cadáveres incinerados adentro? — nos preguntamos todos atónitos.

A las ocho de la noche, Belisario Betancur se dirige al país: Para bien o para mal, la responsabilidad la ha asumido el presidente de la República.

— ¿Cuál responsabilidad? ¿La masacre del Poder Judicial con un bombardeo inclemente del Ejército y la policía? — me digo escuchando a aquel comandante supremo de las Fuerzas Armadas en el que el pueblo colombiano, eternamente engolosinado con la ilusión de una paz que no existe, creyó ver en 1982 a un futuro estadista.

De todo aquel holocausto han quedado tres grandes ganadores: los militares, los Extraditables y los dos partidos tradicionales. Porque, como futuro proyecto político, el M-19 y todos los demás grupos insurgentes han quedado enterrados entre las cenizas del Poder Judicial. Han muerto once magistrados, cuarenta y tres civiles, treinta y tres guerrilleros y once miembros de las Fuerzas Armadas y el DAS. Las cámaras de los noticieros han registrado el momento en que una docena de empleados de la cafetería, su administrador y dos guerrilleras eran sacados del Palacio de Justicia por el Ejército. Al día siguiente, cuando las familias pidan información sobre el paradero de los detenidos, les responderán que se encuentran provisionalmente recluidos en guarniciones militares. Nadie dará razón de cuáles ni dónde, y nunca más se volverá a saber de ellos.

El 12 de noviembre regreso de aquel fatídico reinado, el último que cubriré en mi vida profesional. Al día siguiente, el 13 de noviembre de ese annus horribilis, ocurre en Colombia la más grande tragedia de todos los tiempos y la atención de los medios del mundo se olvida de las cien víctimas del Palacio de Justicia en Bogotá para volcarse sobre los 25000 muertos de Armero, en la rica región arrocera y cafetera del Tolima. Pensando en la increíble suerte de todos aquellos carniceros a sueldo del Estado, me digo que sobre mi pobre Patria y sobre todos nosotros ha caído una maldición; y me pregunto si aquel que yo creía el más valiente de los hombres ha pasado a convertirse sólo en el más cobarde de los monstruos. Cambio mi número de teléfono y, con el alma encogida por el espanto, tomo la decisión de no volver a ver a Pablo Escobar nunca más en mi vida. De la noche a la mañana, he dejado de amarlo."

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Amando a Pablo, Odiando a Escobar
por Virginia Vallejo Monday, May. 05, 2008 at 10:36 AM
ninguno ninguno

El libro en general es interesantísismo por el morbo que despierta pero el papel que jugó este personaje Virginia Vallejo es tan despreciable y vulgar que todo lo que ella pudo ser en Colombia en el pasado no la deja sino convertida en una oportunista y bandida.

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