¿QUÉ tan válida es una estrategia de seguridad nacional cuando su vigencia depende no de su contenido sino de una persona?
Una lectura que se le puede dar a la llamada seguridad democrática es que se trata del producto de hechos trascendentales que han ocurrido en las Fuerzas Armadas en los últimos 10 años. Por un lado se ha ganado gran movilidad y gran capacidad de reacción, gracias al desarrollo del soldado profesional y a la aplicación de tecnología en el componente aéreo. Por otro lado se ha ganado un gran nivel de presencia como producto del crecimiento del pie de fuerza en el Ejército y la Policía.
La evolución profesional de las Fuerzas Armadas es la que ha permitido esta combinación de movilidad y presencia, y que cada día le hace más difícil el futuro a la guerrilla. Que a eso hoy se le llame Seguridad Democrática es sólo una característica adicional. Hay que aceptar, claro está, que en el tema de presencia (cubrimiento del territorio) se han presentado hechos significativos en el gobierno de Uribe. Pero más allá de que en la movilidad los pasos importantes se dieran en el gobierno de Pastrana, lo que es clave destacar es que toda esta evolución es intrínseca a nuestras Fuerzas Armadas. Los generales de las cuatro fuerzas fueron conscientes de que debían y podían dar un paso adelante con el fin de tomar la iniciativa frente a una guerrilla que llevaba 20 años creciendo gracias al narcotráfico.
El presidente Uribe no es el creador de lo que ha ocurrido y creo entonces, en consecuencia, que su eterna presencia no es necesaria. La historia le dará un lugar porque supo interpretar la evolución en que se encontraban las Fuerzas Armadas, tal como lo hizo Pastrana en relación con la movilidad. Pero que él sea la historia y que sin su presencia todo se trunca, desconoce la fortaleza institucional de nuestro Estado.
Ahora, que la seguridad democrática sea el odio a las FARC, es otra cosa. Pero en este caso es un odio y no es una estrategia. Y para doblegar a un enemigo se necesita muchísimo más de lo segundo que de lo primero, y sobre todo por parte del Presidente.
Es real el repudio de la gran mayoría de los colombianos a lo que hacen las FARC y es válido que un Presidente lo haya sabido interpretar. Pero no se puede esperar que al dejar Uribe la Presidencia muera ese repudio.
En fin, por aquello de la seguridad democrática no creo que la nueva reelección sea necesaria.