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Nuestra mayor derrota
por Maureén Maya Sierra
Sunday, Dec. 02, 2007 at 12:43 PM
alucineviento@yahoo.es
La guerra, la infamía y la desolación no puede ser destino para ningín país; Colombia debe actuar con valor y generosidad.
Sólo han transcurrido unas cuantas horas desde que el país conociera la versión recortada de la carta que desde su cautiverio escribiera Ingrid Betancourt recordándonos su pena y nuestra derrota; apenas unas cuantas horas han transcurrido desde que se hicieran públicas las imágenes de su dolor y su real abandono, y desde que viéramos a Luis Eladio Pérez cabizbajo y mudo, a los muchachos norteamericanos, a los soldados y oficiales del ejército y la policía condenados por el gobierno nacional y una guerrilla esquizoide a morir lentamente en la podredumbre y la miseria, la añoranza y la tristeza en el fondo más oscuro de la guerra y de la selva.
Han transcurrido sólo unas horas desde que de frente pero en la distancia, nos hemos visto obligados a confrontar este sentir agónico, este miedo, esta entrega, está angustia palpitante y atroz que nos cercena el cuello y nos aborta cualquier deseo de patria unida.
A mi cabeza acuden gran cantidad de ideas, no muy buenas ni lucidas por cierto, pero ideas que buscan confortarme en mi esencia, como simple ser humano o como colombiana con derecho a decir, hacer y ser feliz; y pienso entonces en los fundamentales derechos que a todos no son negados, en la derrota que no queremos ver, en la batalla que por simple decoro humano debiéramos emprender, en la llaga venenosa que se come al país, que nos consume sin piedad y de la que debemos escapar antes que nos envenene el alma, y es entonces cuando acarició el mapamundi, y pienso en huir, huir, solo huir; no tener que ver más, sospechar, imaginar, experimentar, no saber, no pensar, no querer entender; pero… luego pienso, bueno, ¿y ellos? ¿Y las vidas suspendidas?, ¿y las añoranzas y agonías familiares?, ¿y las dudas sin resolver?…¿Cómo me las ató al nudo imperecedero del olvido?, ¿cómo hago de cuenta que este cielo es infinito y generoso para todos cuando sé que al otro lado de mi sonrisa o de mi lágrima furtiva se oculta una realidad que no comprendo pero que despelleja de ilusiones a mis semejantes, a mis más inmediatos semejantes?, ¿cómo justificó aquello que me nubla de horror la mirada y que ni siquiera política o humanamente -que es más importante-, logro sustentar?, ¿cómo pasar la página de la historia, si es la misma mía, sin sentir a Ángela, a Yolanda, a Jennifer, a Juan Carlos respirando, con dificultad, pero respirando bajo mi piel? ¿Cómo abortó la esencia y me dedicó a la vida light, a repetir lo que los dominantes quieren que repita sin sentir que traicionó lo único que me justifica el ser?
Y, por otro lado, ¿es eso lo se debe hacer? si no hay nada por hacer, nada ya, entonces que se bombardee, que ellos no regresen jamás a sus hogares, que se destruya todo para ver si de esas selvas húmedas germinan nuevas esperanzas y seres humanos más humanos y con mejores perspectivas de futuro. Que nos maten a todos, guerrilleros y secuestrados, y mudos o comprometidos ciudadanos, a todos y punto final, de cero, desde el dolor y la derrota empezaremos un nuevo libro y para ellos dejaremos un espacio en la nutrida memoria de los mártires, quizás un monumento de mármol podría ser, un poema, un abrazo solidario y una frase de consolación; era el precio a pagar por un nuevo país.
Cierto es y lo comprendo bien, que nuestra degradación no sólo se expresa en el alucine cruel de las FARC, en el accionar psicópata y ambicioso de esas fuerzas irregulares que al amparo del establecimiento conforman cuadrillas de terror, asesinan sin piedad, y se les conoce como narcoparamilitares. Tampoco se expresa exclusivamente en una deformada democracia, que dista mucho de ser lo que debiera ser o en la voz de mando de un presidente ciego de odio y de poder con un pasado tenebroso y el comportamiento de un peligroso enfermo mental, o a una clase dominante desde siempre adoctrinada para reprimir y traicionar sostenida a costa de la marginación de las amplias mayorías. Nuestra degradación también se refiere justamente esas mayorías sudorosas y cansadas, pensantes y no pensantes, a esa masa de dolores y agonías sin resolver que anhela un nuevo mundo, uno más justo y generoso pero que aún así, no quiere ponerse la camiseta ni dar la pelea porque prefiere cerrar los ojos, empujar el dolor pa´ dentro y hacer de cuenta que aquí no pasa nada; no hemos superado ni vencido – ni hay porque hacerlo- aquel estado zoológico donde todo se reduce a la más elemental supervivencia humana. La enfermedad es generalizada.
El video de Ingrid me recuerda a doña Blanquita en la Guajira con su pequeña hija mutilada, me recuerda a Blanca Nieves del Putumayo que lleva años caminando el país, ahora de fosa en fosa, buscando la vida que le fuera arrebatada cuando paramilitares se llevaron a sus cuatro hijas diciendo que era sólo para interrogarlas, me recuerda a Yury llorando la muerte de su único hijo de quince años, y me devuelve a las masacres que enseñaron los noticieros, a esos cuerpos fríos tendidos en la plaza mayor con su gente oculta tras sus derruidas paredes y su pena, muda y muerta, incapaz de exclamar, reclamar o pedir explicaciones que nunca bastaran; me devuelve al país del terror que no quiero vivir ni heredar a mis hijos si es que algún día me decido por la aventura valiente de ser mamá. Esas fotos, esas palabras, esos rostros y esos ojos palpitantes que niegan la mirada, y se refunden en el dolor propio de un país que no asume el reto de ser ante su propia historia, menos el de ser humano, me hacen pensar que la espalda y la huída no son salidas con decoro capaces de garantizar la paz en el corazón, que la lucha es hasta el final y que después de esto, de esta guerra, de esta agonía sin final feliz, quizás se escriban capítulos más amables y se recuerde aquello que nunca, nunca más puede volver a ocurrir. Eso podría suceder si lo quisiéramos de verdad, tanto, tanto como para atrevernos a disentir y a actuar con resolución.
No hay palabras posibles capaces de dar consuelo a las familias, tampoco a las víctimas directas de esta bárbara guerra, menos para una guerrilla que se autoaniquila en su incapacidad de leer el país y confunde revolución con anarquía y brutalidad; tampoco hay palabras para un gobierno infame y manipulador que en su odio enfermo arrasa con la vida y sueños de sus ciudadanos, y en nombre de la democracia y el afianzamiento de un plan de seguridad desangra la nación. Las únicas palabras que merecen ser escuchadas entonces y pronunciadas también, son aquellas que nos señalan el camino de la reconciliación a través de la justicia, la libertad, el diálogo constructivo, la fraternidad y dónde siempre prime el valor de la vida humana sobre cualquier otra consideración.
Allá están ellos, los guerreros y los tiranos con sus odios y sus mezquindades, la minoría nacional capaz de poner en jaque a todo un país. Pero aquí estamos nosotros, las grandes mayorías que clamamos por la vida, por el deber ético y humano que nos corresponde asumir en defensa de la vida humana. Nosotros, los que no queremos seguir mirando al suelo con Ingrid y Luis Eladio por odio o rebeldía, por dignidad o por vergüenza, para que no nos pregunten por aquello que debimos hacer pero que la cobardía nos impidió realizar. Y algo tremendamente claro a mi entender; si no actuamos como debemos hacerlo ahora, olvidando ideologías, pequeñas rivalidades, frases de cajón o lecciones aprendidas, ya no podremos seguir siendo colombianos, ni hablar con ejemplo y decencia a nuestros hijos, ni siquiera vestirnos de orgullo nacional, ni sonreír con placidez y convicción. Si no somos capaces de asumir el compromiso de luchar contra todo aquello que lacera nuestra conciencia humana, ni siquiera seremos dignos de llamarnos simplemente humanos.
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