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NUESTRA EXTRAÑA MANERA DE CASTIGAR
por William Ospina Tuesday, Mar. 18, 2008 at 8:51 AM

En España, el Partido Socialista fue derrotado en las elecciones de 1996 por la revelación escandalosa de que había utilizado métodos ilegales para combatir a los terroristas de Eta.

Todo demócrata verdadero rechaza esos métodos, que amenazan con volver criminal la defensa del orden social. Pertenece a la más sana tradición liberal entender que los crímenes cometidos a favor del Estado, o peor aún, en nombre del Estado, son mucho más graves que los que se cometen contra la sociedad y contra el Estado. ¿Cuál es la explicación de esa paradoja? Hay quien piensa que si alguien delinque defendiendo las instituciones, la ley y el orden, al menos está defendiendo valores nobles, al menos no está manchando sus manos por defender la maldad, la crueldad o la sordidez; según esa manera de pensar, delinquir por salvar los valores más altos de la civilización parece menos malo que delinquir por cosas bajas y mezquinas.

¡Qué fácil se engaña el corazón humano! En ese pequeño equívoco reposa la peligrosidad, la verdadera grieta por donde muchos valores y principios pueden hundirse. Porque todo delito viola la ley. No hay delitos malos que la violan porque están contra ella y delitos buenos que la violan porque están a su favor. Esas son telarañas del caos moral. El delito es delito y la sociedad necesita ser reparada por toda ofensa que se comete contra ella.

Pero el delito que se hace con la supuesta intención de defender la ley finge no ser delito, finge ser un acto de altruismo, finge ser algo noble, y enmascara así su condición criminal. Quiere convertir al delito en algo aceptable, quiere convertir a la sociedad en su cómplice. Parece decir: “Hay que respetar la ley: pero si llegan a presentarse condiciones en que la ley se ve amenazada, o en que nos parece que está amenazada, se justifica transgredir la ley para impedir su transgresión”. Dibuja así en la mente y en el corazón la idea de que puede haber delitos buenos, delitos preferibles, que lo malo no es violar la ley sino violarla para ciertas cosas.

Chesterton decía que el papel de los delincuentes es delinquir, y el papel de la justicia es castigarlos. No es desconcertante que los delincuentes cometan delitos, porque afortunadamente existen la justicia y el Estado, para castigar esos delitos y mantener la majestad de la ley. Pero sí es desconcertante que quienes deben respetar la ley la profanen, que quienes deben defenderla la vulneren, porque ya no tendremos paradigma, la fuente de la legitimidad va siendo envenenada, y la existencia misma de la ley se pervierte. ¿Cómo puede alguien exigir que respetemos una ley que él mismo no respeta?

Si los delincuentes violan la ley, no son nuestros representantes, no lo hacen en nuestro nombre, no los hemos encargado de nuestra protección ni de la protección de la sociedad. Pero cuando el que viola la ley declara hacerlo en nuestro nombre, por salvarnos, pretende hacernos cómplices, exhibe su crimen como un instrumento de la justicia. Y así terminamos convirtiendo en paradigmas de la defensa de la sociedad hechos repudiables, y hasta convirtiendo en héroes ejemplares a todos aquellos que por azar o por cálculo le añaden a sus delitos contra la sociedad alguna atrocidad supuestamente en su favor. El crimen no puede ser instrumento de la justicia, el crimen es injusto por definición.

Donde la ley ordena que no exista la pena de muerte, todo aquel que asesine ofende la ley, aunque haya matado al peor de los criminales. “Buscado vivo o muerto” es la lógica de la barbarie. Al que delinque por maldad hay que castigarlo, y al que delinque por bondad hay que repudiarlo, porque quiere poner al crimen la máscara de la virtud. Se dice que en Colombia, en los años cuarenta, la autoridad recurrió al crimen para perseguir a un sector de la sociedad; que la policía fue politizada y surgieron los temibles “chulavitas”. Cuando el Estado pierde su confianza en la ley y se resigna al delito o lo aprueba con cualquier pretexto, socava su propia legitimidad.

Los que deciden que para salvar a la sociedad hay que matar a sangre fría a los vendedores de drogas, a los ladrones y a los secuestradores, no sólo no nos salvan de los vendedores de drogas, de los ladrones y de los secuestradores, sino que nos dejan degradados en manos de los asesinos. Si vender bazuco es malo, si robar es malo, si secuestrar es malo, ¿en qué cabeza cabe que matar es bueno, y que los que prodigan la muerte y surten de cadáveres los basureros y los ríos son bienhechores de la sociedad?

Se trata menos de rechazar a unos y a otros que de afirmar los valores de la sociedad laboriosa y pacífica, que tiene el deber de conjurar la tentación de todas las violencias, y no puede establecer diferencias entre crímenes malos y crímenes buenos. No podemos autorizar los delitos sólo porque alguien afirme cometerlos en nuestro nombre. Es cuestión de supervivencia de la civilización rechazar esas prácticas. Tal vez podamos perdonarlas pero no podemos aprobarlas. Y tiene que ser evidente nuestro rechazo, como un mecanismo elemental de salud moral. Es fundamental que Colombia no vuelva a caer en la tentación de violar la ley para proteger la ley, es fundamental que rechace todas las atrocidades, incluso las que supuestamente se cometen en defensa de la sociedad.

Los defensores de la pena de muerte sostienen que los criminales la merecen, que hay muchos casos de conductas antisociales irremediables, que es un mecanismo de protección de la sociedad y, por supuesto, de protección de los ciudadanos de bien. Pero, aun en el caso de que sea consagrada por la ley y aplicada después de un juicio con garantías, la pena de muerte no ha sido un ejercicio mejorador de la condición humana. Por fortuna para la civilización, una pena que en 1899 sólo había sido abolida por Costa Rica, San Marino y Venezuela, hoy está abolida en más de la mitad de los países del mundo. Cada vez se tiene más en cuenta la imperfección de los sistemas judiciales, el poder de la corrupción, los alcances previsibles de la injusticia, y el hecho de que muy a menudo, sobre todo en nuestros países, depende de la riqueza de los acusados el tipo de defensa que logran tener. Se diría que es más fácil que pase un genocida millonario a través de las rejas hacia la libertad, que un pobre merezca el favor de la justicia.

En los países donde se la aplica, la pena de muerte no ha demostrado su eficacia para moderar el delito ni se ha mostrado edificante para la moral de la sociedad. ¿Qué decir de la pena de muerte ya ni siquiera establecida por la ley y sujeta a sus límites, sino la pena de muerte aplicada por cualquiera con cualquier pretexto? La verdad es que tanto las ejecuciones como las condenas a trabajos forzados y a prisión tienden a formar parte más de un mecanismo de venganza que de un mecanismo de corrección de los males de la sociedad. Todavía estamos lejos de encontrar un camino para prevenir las conductas antisociales, y para construir una justicia eficiente y humana. A fines del siglo XIX el filósofo Friedrich Nietzsche escribía: “Qué extraña es nuestra manera de castigar: no redime al criminal, al contrario, envilece más que el crimen mismo”.

CUANDO EL QUE VIOLA LA LEY DECLARA HACERLO EN NUESTRO NOMBRE, POR SALVARNOS, PRETENDE HACERNOS CÓMPLICES.

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