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Horror en la región del río Guayabero
por Camilo Raigozo
Thursday, Dec. 04, 2008 at 7:26 AM
«Así como avanzaba el
Ejército, iba sembrand
o
el horror y el miedo en
los campesinos residentes en la
región del río Guayabero, entre
los departamentos de Meta
y Guaviare. Por donde pasaban,
los militares iban golpeando,
agrediendo, torturando, quemando
las viviendas, asesinando
selectivamente a los labriegos
y desplazando a familias
enteras. Robaban animales, alimentos,
enseres y dinero.
«Lo que no podían llevarse
lo destruían, como guadañas,
motores, herramientas, etcétera.
El objetivo del Gobierno con
esos demenciales actos, es que
la gente abandone la zona para
repoblar las veredas con sujetos
afines a su régimen, tales
como terratenientes, palmicultores,
narco-paramilitares, ganaderos
y multinacionales, entre
otros. Para acelerar el criminal
proceso, fumiga los cultivos
de pancoger, abocando al
hambre y a la ruina al campesinado
», le relataron a VOZ
miembros de una delegación de
la región.
Una de las
5000 historias
«El 25 de febrero de 2006,
llegó a mi vivienda en la vereda
La Tigra, municipio de San
José del Guaviare, una patrulla
del Ejército. Nos encontrábamos
en esos momentos, mis tres
hijos, mi esposo, un cuñado y
dos trabajadores. Luego de golpearlos
y torturarlos, el Ejército
se llevó a los cuatro hombres
con destino desconocido, acusándolos
de ser guerrilleros. De
nada valieron las súplicas mías
y de los niños para que no cometieran
esos abusos.
«Con la esperanza de encontrarlos
con vida, salí en su búsqueda
a las seis de la mañana
del día siguiente. Les llevaba un
termito de café caliente. Después
de caminar media hora me
encontré a unos policías, quienes
me amarraron de pies y
manos, me vendaron los ojos,
me pusieron unas capuchas y
me golpearon con brutalidad.
«Guerrillera hijueputa, ¿por
qué no llora», fueron las palabras
más cordiales que les oí
decir.
«Durante todo el día mantuvieron
golpeándome con
saña. Me pateaban y se paraban
encima de de mi cuerpo, que
casi se revienta por la herida de
una operación reciente en mi
vientre. El brazo izquierdo también
estuvo a punto de fracturárseme
nuevamente por las torceduras
y los golpes a los que
me sometieron. En la interminable
sesión de tormento, al
menos uno de los policías quiso
violarme sexualmente y al
menos otro se opuso rotundamente.
El dolor no tenía límite,
pero no me impedía pensar
en la suerte de mis hijitos, de
mi esposo y de los que estaban
en poder del Ejército, unos y
otros en lugares desconocidos.
«Me hicieron caminar
como gallina ciega»
«Tal vez al finalizar el día
me levantaron y me hicieron
caminar como gallina ciega
durante un buen rato. Me tumbaron
en un hueco, me pusieron
los fusiles en la cabeza y
quien los comandaba dijo,
«Guerrillera hijueputa, tiene
cinco minutos para que nos diga
que usted y los malparidos que
agarramos ayer en su casa son
guerrilleros o si no se muere
ya». Le contesté que ninguno
éramos guerrilleros, y resignada
esperé la muerte sin dejar de
pensar en la suerte de los míos.
«En vez de los disparos en
mi cabeza, oí la voz de un informante
que anda con el Ejército
acusando a los campesinos
de ser guerrilleros y condenándolos
a muerte. «Sí, esa h.p. es
Susana, la guerrillera costeña»,
dijo el hombre. Otro agregó al
instante, «matemos ya esa h.p.
y dejémosla ahí mismo». Sin
embargo me sacaron del hueco
y caminamos hasta un sitio donde
había harto Ejército. Allí me
desamarraron y un comandante
castrense ordenó quitarme las
capuchas y la venda. «Esta mujer
se está muriendo», dijo
como para sí mismo al ver mi
rostro.
«Ordenó venir a un médico,
quien llegó inmediatamente. Al
examinarme dijo entre dientes:
«Esos desgraciados no tienen
alma». Me aplicó una inyección
y me suministró pastas para el
dolor. Mientras tanto, el interrogatorio
del comandante continuó,
razón por la cual le narré
todo lo que había sucedido.
48 horas
de «seguridad
democrática»
«Prepárese para la sorpresa
que le vamos a dar», dijo de
repente. Cundo miré a donde
me indicó, no pude contener el
llanto que me produjo la felicidad
de ver a mi esposo con vida.
Tanto a él como a sus acompañantes,
el Ejército los había
golpeado y torturado igual o
peor que a mí. Luego de esos
escasos momentos de felicidad
un helicóptero se los llevó acusados
de rebelión.
«Ahí supe que a un muchacho
que había sido detenido por
las tropas regulares en la zona,
cuyo nombre omitimos por el
respeto a su dignidad, fue sometido
a violaciones sexuales
y a otras demenciales torturas
físicas y sicológicas por parte
de los militares, hasta que quedó
sumido en el más profundo
abismo de locura.
«Finalmente el comandante
ordenó mi libertad y yo salí para
mi casa. Cuando llegué al lugar
donde estaba ubicada, de
esta solo quedaban las cenizas
y los últimos vestigios del fuego
que la había consumido por
completo, con todo lo que contenía
en su interior. Hasta las
gallinitas que teníamos se las
había llevado el Ejército. No
podía creer que del trabajo de
toda la vida, solo nos quedara
la ropa que teníamos puesta. En
menos de 48 horas la «seguridad
democrática» había dejado
a mi familia en la más completa
ruina, y lo peor es que la misma
suerte la habían corrido por
lo menos otras 70 familias de
la zona del río Guayabero». Ese
fue el epílogo de la breve historia
de Esther Gracia, narrada
por ella misma a VOZ.
www.geocities.com/vozxcol/voz.pdf
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