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Masacre de las bananeras
por Reinaldo Spitaletta - EL ESPECTADOR
Thursday, Dec. 11, 2008 at 3:25 PM
Es ya una perversa tradición en Colombia catalogar de parte del poder, a los que se atreven a soliviantarse por sus derechos, como aliados el
terrorismo, o infiltrados por la subversión, tal como hace poco sucedió, por ejemplo, con los corteros de caña del Valle del Cauca, o con la minga indígena. O como pasó hace ochenta años, en Ciénaga, Magdalena, con los trabajadores de la multinacional United Fruit
Company. Los huelguistas fueron declarados cuadrilla de malhechores”.
Esa
misma tradición indica que, desde hace décadas, en Colombia se persigue
con saña a los trabajadores. Y que si están muy exigentes, entonces
algún banquero pide al Gobierno que se declare la conmoción interior. Y
listo. O, como sucedió en 1963, a los obreros de Cementos El Cairo, en
Santa Bárbara, Antioquia, se les dispara y asesina. Y parte sin
novedad. Aquí no ha pasado nada. Así como no pasa nada si se matan
sindicalistas. O como viene acaeciendo en el país: se desaparecen
muchachos pobres y luego el Ejército los presenta como dados de baja en
combate. Sin embargo, los gobernantes pasan de agache.
Claro que
lo de los disparos contra los obreros viene de más atrás. Precisamente,
de los tiempos de la United Fruit, cuya historia ha sido de
arrasamientos y está escrita con sangre. Las trasnacionales han
atropellado al país, con la complacencia servil del Estado colombiano.
Su sucesora, la Chiquita Brands, patrocinó entre 1997 y 2004 a grupos
paramilitares en Urabá, a los que les pagó 1.7 millones de dólares, con
la aquiescencia de sus altas jerarquías en Estados Unidos.
Y no
sólo financió a esos grupos de asesinos en la zona bananera antioqueña,
sino que transportó para tales bandas criminales, en 2001, tres mil
fusiles AK 47 y cinco millones de proyectiles. Y que se sepa, no hay en
Colombia ningún proceso contra la compañía gringa. La impunidad también
cobijó, hace ochenta años, a la United Fruit en la masacre de las
bananeras, en Ciénaga, ocurrida el 6 de diciembre de 1928. Y, ayer como
hoy, los gobiernos antipatrióticos siguen caracterizándose por su
actitud de cipayos.
Mientras el presidente de entonces, Miguel
Abadía Méndez, se dedicaba a cazar patos, el ejército colombiano
prestaba sus armas para defender a una empresa extranjera que explotaba
a sus trabajadores. La inconformidad de éstos se fundaba en la
insalubridad de las viviendas, la iniquidad de las condiciones
laborales, el mal tratamiento médico en los dispensarios, el pago
mediante vales que sólo servían “para comprar jamón de Virginia” en los
comisariatos de la United.
Para el Gobierno colombiano, la
compañía extranjera no cometía atropellos. Eran los trabajadores, “los
huelguistas amotinados” los que los perpetraban, según el decreto
firmado por el general Carlos Cortés Vargas, de ingrata recordación.
Así que aquel seis de diciembre los nidos de ametralladoras del
Ejército abrieron fuego contra los obreros, a los que el Gobierno ya
calificaba de “comunistas y anarquistas”. Murieron unos tres mil.
Aunque el jefe militar declaró que habían sido nueve. Más tarde, el
Departamento de Estado dijo que eran cerca de mil. Los trenes llevaban
los muertos al mar.
Los líderes sindicales Raúl Eduardo Mahecha y
Alberto Castrillón denunciaron la matanza, al tiempo que Jorge Eliécer
Gaitán, en la Cámara de Representantes, blandía su verbo contra el
brutal atropello, en el cual también murieron muchos niños: “¡El
Ejército colombiano tiene la rodilla hincada ante el oro yanqui y la
altivez para dispararles a los hijos de Colombia!”, dijo Gaitán.
Colombia,
país de masacres. La de las bananeras, borrada de la historia oficial,
sigue siendo un baldón. Como tantas otras. Es tiempo de honrar a los
trabajadores caídos y de recordar la epopeya de los obreros de las
plantaciones de Ciénaga.
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