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El efecto Reyes
por Alfredo Molano Friday, May. 29, 2009 at 7:23 PM

Un año después de la muerte de ‘Raúl Reyes’, vuelve a hablarse del futuro de las relaciones limítrofes con Ecuador. El Espectador recorrió la compleja frontera selvática.

A Lago Agrio los colombianos solemos llegar por La Hormiga y atravesar el río San Miguel o el río Putumayo por pasaderos y trochas ilegales para los dos gobiernos. Por carretera desde Quito se gastan ocho horas. Lento el bus sube la cordillera, atraviesa un páramo seco y helado, para luego descolgarse hacia la Amazonia, haciendo gala de sus frenos y su pito de aire. Se puede llegar también en avión. Simple: alza vuelo en Quito, roza el nevado y cae a la Amazonia, sin más.

La frontera amazónica de Ecuador con Colombia ha sido colonizada, trochando selva y corriendo indígenas, por compatriotas. Es una frontera agrícola que comenzó a ser trabajado y ocupado desde mediados de los años 60, cuando se descubrió la bolsa binacional de petróleo.

La colonización campesina fue jalada hacia Orito y La Hormiga por la explotación de los pozos perforados por la Texas y por la construcción del oleoducto Transandino, que remata en Tumaco. La ola, nacida en Nariño, Cauca, Huila y Tolima, vendría por aquellos días, para llegar al Putumayo. En buena parte eran gentes expulsadas por la violencia del 48 y por su heredera, la de los años 60. Venían descuajando montaña, sembrando maíz y arroz y vendiendo abiertos. La coca y la motosierra llegarían una década después.

Las comunidades indígenas –Cofanes, Huitotos, Ingas– se recuperaban con dificultad de las masacres hechas por los caucheros y de la evangelización salvaje de los capuchinos catalanes. Los colonos blancos o mestizos interrumpieron esa recuperación y los corrieron de sus territorios. Milagrosamente, para estos campesinos que buscaban quemar en las rastrojeras los rezagos de las violencias vividas, saltó el petróleo en los pozos de Orito y Lago Agrio, y al mismo tiempo se oyó hablar de la coca.

Migraciones, coca y petróleo

El oro negro, el oro blanco llegaron pisándose los talones y prometiendo mundos fabulosos a lo que los colonos reclamaban como un derecho adquirido. El petróleo no atrajo sólo a los colombianos hacia el sur del río Guamuez, sino a los ecuatorianos al norte del río Aguarico.

Las puntas de las colonizaciones se toparon, río Putumayo de por medio. La diferencia entre las dos fue grande. Mientras la ecuatoriana carecía de vocación agrícola, la nuestra andaba con ella y la coca la afianzó.

El poblamiento petrolero de Lago Agrio dependía de la agricultura colombiana. Pero la coca se detuvo al borde de los ríos San Miguel y Putumayo, que marcan la frontera. ¿Por qué la coca no prospera en Ecuador? Un campesino colombiano de Puerto Nuevo me respondió: Lo que pasa, señor, es que los ecuatorianos son leales a la autoridad.

Si la coca no ha pasado, los colonos sí. Aunque en honor de la verdad, algunos ecuatorianos cosechan coca en Colombia, pero muy leales, duermen en su patria. En cambio nuestros campesinos no sólo colonizan, sino colombianizan territorio ecuatoriano. No sólo tumban selva, cultivan cacao y coca, sino se posesionan, organizan, empujan, obligan, imponen y se brincan cuanta norma se les atraviese. Llevan no sólo mujer, críos y rula, sino un lenguaje particular –colabóreme, hágame un favorcito, regáleme–, mientras cogen ventaja y levantan casa y cerca.

Es un éxodo sostenido, nacido y criado por la violencia. Se encuentran, en la provincia de Sucumbíos, nietos de los compañeros de luchas agrarias de Juan de la Cruz Varela, que atravesaron la cordillera, abrieron Mesetas o Lejanías; sobrinos del Mayor Lister, Isauro Yosa, que de El Davis se refugió en Marquetalia y fue a templar en Puerto Rico o en El Doncello; hijos, ya viejos, de Roncesvalles, de Río Blanco y que terminaron echando familia en La Macarena; y uno que otro opita salido de Campoalegre, que descumbró montaña en el Caquetá, en el Orteguaza, en el Cumbí, antes de venir a reventar en Puerto Nuevo.

El camino que todos ellos –y los 20.000 o 30.000 colombianos que viven en la frontera de Ecuador con Colombia– han recorrido está trazado con cruces.

Las oleadas son varias y uno podría decir que la primera la trajo el general Reyes cuando manoseaba la posibilidad de vender Putumayo a los peruanos, o mejor a la Casa Arana. Como vemos hoy, entre negociantes no hay pudores. Más tarde llegaron los soldados al mando de un asesino, el general Amadeo Rodríguez, que abrieron las trochas del sur a los campesinos liberales expropiados por la policía chulavita para que sus patronos, los hacendados conservadores, ampliaran sus predios.

Hubo un momento en que esta gran corriente de víctimas pareció detenerse: la coca prometía, por fin, hacer rentable su trabajo. Las evidencias eran palpables: con un kilo de merca podían pagarse las deudas, callar a los acreedores, comprar un novillo, un carro viejo y comer carne que no fuera de monte.

Poco después una nueva promesa de paz atravesó fugazmente calles, ríos y veredas: era factible que en vez de armas, los campesinos fueran reconocidos como ciudadanos con voz y voto. Pero todo fracasó y todo fue traicionado. Cada parte trató de sacar de su cace la mejor parte. La paz se hizo imposible no sólo por los beneficios que la guerra reporta, sino porque todo quería ser mantenido igual. Los cultivos de coca y de amapola fueron fumigados y, con ellos, todo lo que a su lado estuviera.

La fumigación fue otra palanca, brutal, para empujar, desterrar y robarle a la gente mejoras, casa y, sobre todo, esperanza. El camino hacia el sur, de tanto caminar, se fue haciendo más profundo. Y para donde va la gente, va la guerrilla, van los paramilitares, va la fuerza pública, van los noticieros, van los jueces, va el país, aunque el país lo ignore. O más bien, le falsifiquen todo el viacrucis del destierro.

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